Equilibrium

You jump into the void.

That is what you have done your whole life, but you are tired.

You are tired that everything goes wrong while you are walking in zigzag on a thin spider web. If you take a step too soon, everything falls. If the thin thread breaks, everything falls. . Still, you cling to it, believing that it is more a memory than a reality, wondering what your destination is.

Then, you stop and look around. You do not see anything. You are alone. Because, while you were trying to keep your direction, everything has been destabilized. And it leaps into the void before you, like pieces of broken ice becoming into a downpour.

You walk further, but your legs tremble. In that huge void surrounded by silence and darkness, you wonder when you listened to your last heartbeat. And what about the first one? You never realized it when you were alive. You never thought that it could stop. You just keep your way without thinking in nothing else.

Now, it rains. It rains everywhere. But you do not know how to remember the sound of the water. And it falls, with everything that you are, with everything that you were and with what you will never be.

You immerse yourself in the gold rain, you look up and two swords pierce your eyes: the reality. It wakes you up, scratches your face and burns you. You stand there, bleeding and in silence. You are burning; the water burns you and drowns you. The smoke fills your lunges, you breath the dust that is in the air.

You lose yourself within it. It buries you. And you finish even when you have not yet started.

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Tictac, tictac

El sonido del ascensor rompió el silencio, indicando que por fin alguien la iba a visitar. No pudo evitar reír un poco, sintiendo un cosquilleo en su interior. Miró hacia la puerta, que se abría en ese momento, dejando ver a un hombre algo desorientado.

—Bienvenido. Por favor, pasa y siéntate.

¿Qué sería esta vez? Sonrió ampliamente, dejando ver sus dientes blancos, provocando que un escalofrío recorriera el cuerpo de ese hombre. Sabía que quería huir, podía oler su miedo, algo que solo le divertía más.

—¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy? –la voz del hombre tembló, haciendo que se echase a reír.

—Tictac, tictac –respondió en su lugar, llevándose las manos a las mejillas, clavándose las uñas, arrancándose la piel.

El hombre gritó al ver a aquella niña, vestida entera de blanco, desgarrándose la cara. Se dio la vuelta, dispuesto a volver por donde había venido, aunque no supiera exactamente cómo había llegado a ese lugar. Él estaba en un centro comercial con su mujer, había tomado el ascensor para bajar al parking… ¿qué hacía allí? ¿Qué era ese lugar?

Por más que le daba al botón del ascensor, este no funcionaba. Se volvió, temblando, dispuesto a encontrar otra salida. La niña seguía allí, sentada encima de lo que parecía la barra de un bar, mirándolo con los ojos desorbitados, la sangre cayendo por sus mejillas, mostrando aquella sonrisa siniestra. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que  no había ninguna puerta más, salvo la del ascensor. Estaba atrapado.

—Tictac, tictac –volvió a decir la niña.

—¿Quién eres?

—¿Juegas? Tictac, tictac –la niña volvió a echarse a reír, alzando su brazo, señalando una ruleta que había a su lado.

El hombre, aterrorizado, negó con la cabeza. La niña ladeó la cabeza, sin borrar la sonrisa. Con su pequeño dedo, indicó que mirase hacia el techo. Y así lo hizo. Miró hacia arriba y entonces gritó. No había techo, tan solo oscuridad de la cual caía un péndulo que acababa en una cuchilla demasiado oxidada y manchada de algo seco, con color escarlata. El péndulo bajó un poco, haciendo que el hombre se pegase a la pared, queriendo huir, pero este parecía que sabía todos sus movimientos y solo apuntaba hacia él.

—Si te niegas, el péndulo cae, tictac, tictac.

La niña se echó a reír y puso sus brazos en cruz, enseñando en ese momento lo que había tras de ella: cientos de cadáveres cortados.

—Déjame ir, por favor –suplicó el hombre, haciendo que la risa de la niña se intensificara.

—¿Juegas? El péndulo sigue bajando a cada segundo que pasa, el tiempo es oro, tictac, tictac.

Y así lo hizo. El hombre acabó sentándose en un taburete, intentando no mirar a todos aquellos muertos que había detrás de la niña, queriendo retener las lágrimas, temblando de arriba abajo. Se fijó en la ruleta que tenía delante, pues no era normal. No tenía números ni había colores, tan solo había dibujos de partes del cuerpo o simplemente partes en blanco.

La niña le dio una pequeña bola de color blanco para que la tirase.

Sus ojos se posaron por unos instantes en las botellas de licor que había detrás de la niña, de repente se dio cuenta del contenido en los interiores: órganos humanos. El hombre cogió la bola, asqueado por la visión, la observó durante un segundo, el tiempo suficiente para darse cuenta de que se trataba de un ojo humano. Inmediatamente, la soltó, cayendo sobre la ruleta.

—¿De qué se trata todo esto? –preguntó, limpiándose la mano en sus pantalones mientras la niña seguía con sus ojos cada movimiento de la ruleta.

El ojo acabó posándose en algo que parecía un estómago. La niña lo miró durante unos segundos. Se acercó a él, quien intentó escapar pero su cuerpo no le respondía.

—Así que le eres infiel a tu esposa. De hecho, nunca la quisiste, solo fue un matrimonio de conveniencia. No puedes dejarla porque trabajas para su padre.

El hombre estaba demasiado sorprendido cómo para darse cuenta del cuchillo que tenía la niña en la mano, hasta que este se clavó en su estómago. Una, dos y hasta tres veces, mientras la niña no paraba de reír. Gritó, pidió ayuda, pero allí solo estaban él, la niña y el péndulo, que estaba cada vez más cerca.

—Esta vez, tiraré la bola por ti –dijo la niña, levantándose y dejando al hombre en el suelo, que se arrastraba dejando un rastro de sangre a su paso.

Volvió a escuchar el sonido de la ruleta. Tenía que salir de allí, el ascensor tenía que funcionar, no quería morir ahí.

—¡Un corazón! ¡Ha salido el corazón! –gritaba la niña emocionada. El hombre la miró, llevándose una mano a la herida de su estómago. La niña sonreía, cogiendo el cuchillo de nuevo, clavando sus ojos negros en él. – Lo añadiré a mi colección.

El hombre volvió a gritar.

Abrió los ojos, sintiendo su cuerpo bañado en sudor. Se incorporó en la cama del hotel donde yacía su amante también. Había sido una pesadilla. Se llevó las manos a la cabeza, sintiendo su corazón latir con fuerza en su pecho. Respiró varias veces, intentando tranquilizarse. Fue entonces cuando se dio cuenta de un dolor punzante en su estómago. Miró y la sangre llamó su atención.

—Tictac, tictac.

Allí, sentada en una silla, había una niña pequeña vestida de blanco, con un cuchillo manchado de sangre en la mano, mirándolo con los ojos a punto de salirse de sus órbitas y sin perder la sonrisa. El hombre no tuvo tiempo de reaccionar, pues antes de que pudiera gritar, el péndulo cayó del techo, poniendo un punto y final a su vida.

La niña observó aquel corazón que ya no latía y que se había unido a su nueva colección. Movía sus piernas en el aire mientras tatareaba una canción. El sonido del ascensor le avisó de que tenía un nuevo cliente.

Sonrió, ansiosa por jugar de nuevo a su juego favorito.

 

** Este relato está inspirado en el anime Death Parade.

The last act of kindness

He gave up rowing, and the boat was being rocked by the river, driving him without direction. His eyes looked at the dark waters while he wondered why he had to give up for fighting for his life. His mother’s smile started to invade his memories, his father’s laughs started to be listened over the sound of the water… why had he done that? He tried to look for an answer, but he was not able to find it.

He raised his sight, hopeless, looking at the empty edge. He remembered when he opened his eyes for the first time and found himself in a place like that. He remembered the doubts and the fear… how long it had been since he was there? A suddenly he felt an impulse, and he started to row in order to arrive at the edge. He needed to walk on land. He needed to be in a place that was not that cave guarded by Cerberus. He could not help but feel relief when he was out of the boat.

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He started to walk, leaving behind the boat, wanting to forget the work that he was obligated to accept. Was peace really hard to find? That meant to be dead, right? He sighed, knowing that all those questions did not have answers. So, he kept walking on the edge, with the sound of the water surrounding him. Nevertheless, a big rock called his attention. He got close to it, realizing the thousands of lines that were on it. He touched it, noticing the rugosity.

«Are you interested in the meaning of the lines?»

He startled at the sound of that voice behind him. He turned back, finding a young man out who smiled and was taller than him. The boy got closer, took a stone and drew another line on the rock.

«Each line represents a day. I do this in order to count the days since I arrive here».

«Caronte has not come yet?»

«You are in Cocytus, the people that you find in this river are those who do not have the amount of money in order to pay Caronte».

Suddenly, he understood the situation. He looked at him again, realizing how his face looked like it was dead. The young man smiled again, squeezing the stone in his hand.

«Wandering for eternity is not as bad as it sounds».

However, he did not believe him. His voice sounded sad. Too sad. His smile did not show any kind of happiness, in fact, it was full bitterness. The young man sat, putting his back on the rock, hugging his long legs, staring Cocytus’ river.

«I do not care if I have to wander eternally… There are worse punishments than this, like forgetting who you are, isn’t it? At least, I know who I am and who I was. I have my own memories that are by my side, no matter what… There are a lot of people who are condemned to star at Lethe’s river, do you know what it means? Oblivion. If you drink of its waters, you forget who you are… No. It is not so bad to stay here».

Why had people to stay here, wandering, just because they did noy have a coin? That was something that he could not understand. Perhaps death did not turn people into equals.

«I can help you. I can take you there so you can put an end to everything».

Suddenly, he was again on the boat, rowing with that guy who looked at the edge while his hands squeezing the stone. And, for the first time since he came to the Underground, he smiled. Finally, he felt that he was doing something good. What could be wrong with that?

Image by nighty

One more light

 

Para Chester Bennington

Eras el hombre invisible

tras una voz desgarradora

que rozaba el cielo con su garganta.

Una grieta en el castillo de cristal, ensangrentado y envenenado, que se agranda y se expande en una pesadilla laberíntica, que nunca termina. Viajas entre acordes y notas perfectas lanzadas al cielo, y rompes esquemas, dibujas las paredes con sueños y escondes lamentos en un grito infinito que nadie escucha.

Mares enteros de frío cristal

te acompañaban

en tus largas horas de insomnio

y oscura soledad.

Luchaste contra viento y marea

para ganar tu libertad,

peleando con las uñas agrias

por gritar en silencio.

Por liberarte.

Querías ser tú y no ese demonio que te carcomía por dentro. Esperabas una oportunidad para volver a sentirte vivo, para volver a ser libre, para cumplir las promesas que una vez hiciste, para olvidar todo el dolor que has sentido, pero al final la luz se apaga, el dolor perdura y no eres capaz de encontrar el lugar al que perteneces.

Si en tus versos pudiese flotar

iría a rescatarte.

Te salvaría por última vez

de la verdad de cientos de mentiras.

Y te enjugaría la sal de tus lágrimas.

Alejaría tus tinieblas

para que no existiesen motivos para sangrar.

Extirparía tu miedo a respirar.

Te traería de vuelta a casa.

Asciendes en un parpadeo infinito, de una luz tintineante que brilla entre la inmensidad de estrellas y penumbra. Allí, entre ellas, brillas más que ninguna, cegadora como una puesta de sol, que se esconde por ti. Y entre los susurros del aire, tu voz sigue vibrando, estremeciendo pieles y corazones con los sentimientos de un alma rota y eterna.

Millones de luces te buscan en la oscuridad,

eres un ángel disfrazado de humano.

La memoria del mundo

te rememorará para siempre

en tu trono de estrellas.

Tú estás aquí, imposiblemente solo.

 

 

La venganza del cuervo blanco

Las vacaciones de verano habían llegado y Margaret había decidido llevar a sus dos hijos al pueblo donde vivía su suegra, a pesar de que esta le había dicho que no quería verlos ese año. Había hecho oídos sordos, pues “son tus nietos, quieren verte, están en su derecho.” La anciana tan solo le había dicho: “tú no lo entiendes”.

A Margaret le sorprendió no ver a casi nadie por las calles del pueblo: ¿y los niños jugando en la calle? Eran las ocho de la tarde, ¿por qué los parques estaban desiertos?

—Mamá, ¿por qué no hay nadie? –preguntó Eric, su hijo mayor de siete años.

—Supongo que se habrán ido de vacaciones.

Aparcó el coche al final de calle. La madre sacó las mochilas cargadas de ropa del maletero mientras sus hijos miraban a su alrededor. Nunca habían estado en el pueblo de su abuela, esta nunca había querido que fueran. Su madre, harta por la situación, había decidido ponerle punto y final a las tonterías de esa anciana.

—Mamá, ¿por qué esa casa es negra? –preguntó Henry, el pequeño.

Margaret miró hacia donde su hijo señalaba con su pequeño dedo. Una casa oscura, con un tejado roto y dos árboles grandes, levantándose a ambos lados, cuyas ramas estaban llenas de cuervos, que los miraban fijamente.Un escalofrío recorrió su espalda. Un coche paró justo delante de ellos, bajando la ventanilla, dejando ver a un señor con el rostro pintado de preocupación.

—Señora, ¡usted no es de aquí! ¿Qué hace? ¿Por qué los ha traído? ¡Hoy es luna llena! ¡Váyase! ¡Lléveselos! ¡Póngalos a salvo!

Margaret no entendió nada. Empezaba a comprender por qué su marido había huido de ese lugar y no había querido hablar nunca más de él. Tocó varias veces a la puerta ya que no recibía respuesta alguna. Tras varios minutos de insistir, la anciana la abrió. Su rostro marcado por los estragos de la edad y sus ojos vacíos hicieron que le volviera a dar un escalofrío. Carla, la abuela, no pudo más que dejarles pasar, mirando a cada uno de sus nietos, preguntándose qué iba a ser de ellos. ¿Los dejaría en paz? Sonrió. Conocía la respuesta.

La noche llegó: la luna llena iluminaba todo el pueblo, sin dejar ver ningún rastro de estrellas. Margaret había acostado a los niños y se dispuso a dormir. Le dio las buenas noches a Carla, quien había decidido quedarse levantada viendo la televisión.

—Margaret, ¿te has despedido de ellos?

—Les he dado las buenas noches.

—Bueno, supongo que viene a ser más de lo mismo –no vio el rostro de Carla, pero volvió a sentir un escalofrío recorriendo toda su columna. Ya iban tres en el mismo día.

Eric y Henry dormían mientras que la luz de la luna los bañaba a través de la ventana. Todo parecía tranquilo hasta que un sonido en la ventana despertó al más pequeño. Se incorporó y observó lo que había al otro lado. Sonrió, sintiendo la emoción recorrer cada fibra de su cuerpo. No tardó en levantarse y salir de ese cuarto y de esa casa, sin ser visto por nadie… o eso pensaba.

Margaret, ajena a lo que su hijo había hecho, dormía plácidamente, hasta que sintió que la sacudían. Abrió los ojos, encontrándose con Eric, quien la miraba con preocupación. Le dijo que Henry había desaparecido. Alarmada, salió de la cama, sintiendo que el corazón le latía con mucha rapidez, haciendo que su pecho doliera. Al salir al pasillo, vio la puerta abierta y se temió lo peor.

—¡Carla! ¡Ayúdame a buscar a Henry! –gritó, mirando a su suegra que seguía meciéndose, con los ojos cerrados.

—Ya es tarde.

—¿A qué te refieres?

—Te despediste de él, ¿no? Si no me crees, solo ve a la casa oscura.

Sabía a lo que se refería, la había visto esa tarde.

Salió corriendo, seguida por Eric, que le pedía que lo esperase. Le había pedido que se quedase en casa pero le había dicho que tenía miedo, así que no tuvo más remedio que llevarlo con él. La verja de la casa estaba abierta. Margaret entró sin dudar, llamando a Henry, sin importarle despertar a nadie… aunque parecía que a nadie le importaba los gritos desesperados de una madre por su hijo. Fue entonces cuando la luna iluminó el suelo, dejando ver el pijama de Henry al pie de unos de los árboles.

—¿Henry? ¡¡¿¿Dónde estás??!!

—Mamá, yo también quiero jugar con ellos –dijo Eric, sonriendo, sintiendo la emoción de un nuevo juego recorrer todo su cuerpo.

Margaret no entendía lo que decía su hijo. Tan solo vio que señalaba la copa del árbol que estaba llena de cuervos que los miraban atentamente.

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—¿Qué dices?

—Mamá, Henry está ahí. –Eric señaló una rama, concretamente a un cuervo.

—Eric, ¿qué estás diciendo? ¡Tenemos que seguir buscando a tu hermano!

Donde Margaret solo veía cuervos, Eric veía a pequeños niños sobre los árboles, riendo. Fue entonces cuando el pequeño Henry lo miró, con los ojos en blanco y una sonrisa torcida.

—Eric, mañana iré a por ti.

La adrenalina llenaba cada fibra de su ser, haciendo que sonriera.

—¡Sí! ¡Juguemos mañana!

Mientras tanto, los vecinos que vivían en esa calle, miraban aliviados la escena: sus hijos no habían sido las víctimas esa noche.

Carla, desde la ventana del salón, dejó que las lágrimas salieran de sus ojos. No importaba la distancia, podía ver la figura que se erguía detrás de una de las ventanas de esa casa negra: una mujer joven, con el pelo blanco y los ojos rojos, observaba a los dos intrusos que habían entrado en su propiedad. Se llevó una de las manos llenas de sangre a los labios, lamiendo uno de sus dedos y sonriendo…

Cuenta la leyenda que una bruja consiguió escapar de la caza en un pueblo cerca de Salem y juró vengarse, maldiciendo así a todos los habitantes para que no puedan escapar. Una noche, los niños empezaron a desaparecer después de que un cuervo blanco se posase en su ventana, llamando su atención.  La cantidad de cuervos aumentaba en el pueblo y los niños desaparecían. Los vecinos se dieron cuenta de que ocurría las noches de luna llena, a las que llamaron “la noche de la venganza del cuervo blanco.”

 

 Fuente: Google Imágenes

** Este relato está inspirado en el episodio 3 de la 5º temporada del anime Yami Shibai.

 

 

«Merodeadoras noctámbulas»: ¡entrevista exclusiva!

Nombre y departamento que dirige en el Ministerio:

Mavichan, Mil y una noches, un espacio de relatos breves para amenizar la espera del autobús o la impuntualidad de un amigo.

¿De dónde viene Merodeadoras noctámbulas?

El nombre Merodeadoras noctámbulas llega de un viaje infinito hacia un mundo donde la fantasía y la magia se hacen realidad, donde los hechizos solucionan los pequeños problemas de la vida y los buenos siempre ganan. En resumen, viene de unir a cinco frikis apasionadas de Harry Potter.

Nombre y departamento que dirige en el Ministerio:

Celeste, Bibliosía, el rincón dedicado a reseñar y recomendar algunos libros de la gran biblioteca mundial.

¿Escribir es seducir?

Introduciendo nuestro blog, hemos tomado una cita especial de Luis García Montero, de su novela Alguien dice tu nombre. Resume el sentido de nuestro blog y otra de las grandes pasiones de sus colaboradoras: la literatura.

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Rivaëlen, El Rincón del Cuervo, una sección dedicada al relato corto basado en paranoias mentales que dicha servidora tiene antes de dormir.

¿Quiénes hay detrás del blog?

Somos cinco chicas unidas por la filología, hispánica o inglés, el idioma no importa, que se juntaron para crear un nuevo torneo de magos basado en la literatura. ¿Cómo nos conocimos? Tan simple como tres palabras: amigas de amigas. Si quieres saber más sobre nosotras pásate por el apartado de Revelio.

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Lunella, Inexperiencias lunáticas, una sección que ofrece una mirada hipotética del camino que siguen (o podrían seguir) los protagonistas de algunas películas.

¿Cómo se trabaja?

Un grupo de enanos de las Montañas Grises nos chivan las ideas. ¿No se refiere a eso la pegunta? Bueno, cada semana se publica una nueva entrada (a no ser que nos pille una Guerra Mágica o Errol se retrase con el correo…), procurando siempre que no salgan seguidas dos secciones iguales.

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