«Existencia lujosa», Jorge Riechmann

Puesto que –se ha corrido la voz– la poesía

ya no importa nada,

vamos a permitirnos ser tábanos.

Vamos a permitirnos ser raíces destempladas

de las que a veces estallan roncamente en el cerebro.

Vamos a permitirnos ser honestos

(sin renunciar por ello al honesto placer

de disfrazarnos de vez en cuando).

Vamos a darnos el gustazo

de no ser para todos los gustos.

Vamos a permitirnos riesgos inauditos:

contra-decir

y hasta contradecirnos.

Vamos a permitirnos querer ser

esa palabra que mancha:

con toda la modestia y todo el duelo del mundo

revolucionarios.

Puesto que somos –hay consenso– superfluos,

vamos a permitirnos el lujo de ser

acaso necesarios.

 

Anochecer

En una playa desierta y aislada, nuestros pies se clavan en una arena formada de recuerdos inventados. El viento silba con tus reproches de lo que nunca hice y arrastra mis lamentos de lo que nunca perdoné.

Cuando la primera ola rompe lentamente en la orilla, das un paso hacia adelante, vacilante y temeroso de tener que replegarte cuando el agua vuelva a su lugar. Entonces abres la boca y tus insultos atraviesan mis oídos, enredándose en las nubes. Mis manos se mueven en el aire, destruyéndote.

Me desgarras la piel con tu fuerza, me envenenas con tus labios, me clavas rosas en el pecho. Pero yo no puedo callarme, porque tú no quieres que siga haciéndolo. Quieres una respuesta, quieres algo más que indiferencia. Así que te arranco los ojos con palabras.

Eres tú o yo. Nunca fuimos los dos.

Lo intentamos, ¿recuerdas? ¿O es también algo inventado? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que quisimos que pasara? Tú no lo sabes distinguir; yo nunca quise descubrirlo.

Mis labios se sellan, y tú te escondes en el silencio. Tu aliento se mezcla en un aire ausente; mis pestañas se humedecen. De repente, te calmas, y mi respiración se aleja. Tu alma flota en el interior de un pozo de agua salada mientras mi corazón descansa, inmóvil, sobre tu espalda.

Y otro día llega más a su fin. Como el anterior, como el siguiente.

Tú y yo descansamos en la orilla, observando la puesta de sol frente a un mar enrojecido por tu sangre y la mía entremezcladas.

puesta de sol

Y descansar: morir

Avanzamos con la cabeza alta, decididos, sin miedos ni prejuicios que nos detengan.

Las princesas rasgan sus vestidos, pierden sus coronas y caminan descalzas sobre fragmentos de cristales rotos. Quienes se encerraban en sí mismos liberan sus cadenas, no se esconden en mentiras, sonríen bajo el brillante cielo azul. Los niños corren desnudos, gritan, ríen y lloran, sin que una voz autoritaria los detenga. Ellos dejan de ser ellos; ellas dejan de ser ellas. Solo son personas en un mundo donde los hombres sí pueden llorar y las mujeres no son juzgadas por un simple suspiro. No existe lo correcto o incorrecto; no existe lo normal o lo raro. Todos nos unimos en un mismo camino sin mirar quién se encuentra a nuestro lado. Aquellos llamados locos son los que nos guían.

Pero nuestros pies se arrastran en el suelo, deteniéndose sin previo aviso.

Hay cientos de pares de ojos que forman una línea recta frente a nosotros; una barrera. Nos observan con reproche, con el irrefrenable poder de echarnos para atrás. Durante un eterno segundo nuestras miradas se encuentran en una tensa quietud que oscurece el cielo, pero ellos ganan. Ganan porque nos odian. Nos odian porque nos temen. Tienen miedo de lo desconocido, de lo que ellos no pudieron hacer, de lo que siempre prohibieron, de lo que sus intensos ojos abiertos nunca vieron.

Les damos la espalda porque no nos comprenden. Y estamos cansados del largo camino, de superar nuestros propios obstáculos, de desgarrarnos la piel para integrarnos en ellos. No podemos ser quienes esperan que seamos. No queremos serlo. Pero ya no nos quedan fuerzas para escalar una última muralla. Ellos la crean, con sus ojos, con sus cuerpos, con cada poro de su piel nos detienen, nos empujan sin tocarnos y vuelven a limitarnos una vez más.

Volvemos a su mundo, del que queríamos escapar. Los dejamos atrás. Y, con ellos, la libertad.

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Inspirado en Biografía, de Gabriel Celaya.

«Biografía», Gabriel Celaya

No cojas la cuchara con la mano izquierda.

No pongas los codos en la mesa.

Dobla bien la servilleta.

Eso, para empezar.

.

Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trecientos trece.

¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?

Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.

Eso, para seguir.

.

¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?

La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.

Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.

Eso, para vivir.

.

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.

No bebas. No fumes. No tosas. No respires.

¡Ay, sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.

Y descansar: morir.

Espesura de anémonas

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No hay tiempo.

¿Lo escuchas? Tu corazón late acelerado, furioso, frenético, mucho más rápido que el tictac del reloj. Ahogas un segundo en su boca, y otro más. Las horas se esparcen como una lluvia de pétalos de rosa. Se deshacen a tu alrededor, caen al suelo y se marchitan. Tus manos dibujan un caótico cuerpo, se funden en una piel que no es la tuya. Pero el tiempo no se detiene cuando tus ojos se toman un segundo para mirar el amor, que lleva su nombre.

El reloj grita como una alarma de incendios.

Quémale la ropa, funde su piel, envuélvela con el fuego de tus brazos. No escuches los pasos de esos minutos perdidos en la torpeza de tus dedos. Céntrate en ella, que se ríe joven y preciosa, esperando que le digas todo lo que quiere escuchar. No te calles, no te refugies en el silencio. ¡Grita más fuerte que el tiempo! Deja salir esa llama que te abrasa la piel antes de que te incendie el alma. No esperes a mañana…

Quizás ya no hay un mañana.

Todo se apaga. En la penumbra refulgen sus ojos como dos luces. Tus manos la siguen acariciando, cada día, cada noche, cada año. Su piel ya no es lisa, su risa no es ansiosa, su cuerpo no tiembla ante el roce desconocido. Ya no hay prisa, y te preguntas cuánto tiempo te has detenido en besar sus labios. ¿Cuándo ha nevado sobre sus cabellos? No importa, tus manos la siguen amando, tus ojos siguen susurrando las palabras que tú no liberas y se cierran, porque reconocen cada rincón que recorren a ciegas tus dedos.

Y tu corazón sigue latiendo por ella.

Hasta el último latido lleva su nombre.

bloom-1846200_1920Inspirado en Soneto de la Guirnalda de rosas, de Federico García Lorca.

«Soneto de la Guirnalda de rosas», Federico García Lorca

¡Esa guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!

¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!

que la sombra me enturbia la garganta

y otra vez y mil la luz de enero.

.

Entre lo que me quieres y te quiero,

aire de estrellas y temblor de planta,

espesura de anémonas levanta

con oscuro gemir un año entero.

.

Goza el fresco paisaje de mi herida,

quiebra juncos y arroyos delicados.

Bebe en muslo de miel sangre vertida.

.

Pero ¡pronto! Que unidos, enlazados,

boca rota de amor y alma mordida,

el tiempo nos encuentre destrozados.

Ella

Ella quería volar; extender los brazos, sentir el cabello balanceando a su espalda y dejarse caer desde la nube más alta. Viajar por el cielo, atravesar las estrellas, tocar la luna con la punta de los dedos. Dejarse la garganta con gritos de júbilo y risas dulcificadas que encendieran pequeñas luces estelares en la noche penumbrosa. Y no caer nunca. Volar sin destino, ni tiempo, ni límites. Simplemente sentir.

Pero ellos querían atarla, hacerle agachar la cabeza y escuchar sus voces rebotando en las cuatro paredes de su cárcel. Querían enjaularla en un uniforme, entre llamas que nunca se extinguían y quemaban cada vez más. Querían apagar todas sus luces para que no pudiera ver nada y gritar tan fuerte que su voz no se escuchara. Querían empequeñecerla, enterrarla en el subsuelo y romper sus huesos para que nunca volviera a levantarse.

Ellos querían destruirla. Apuntaban armas contra ella e intentaban romperle el corazón. Borraban sus sueños con un paño sucio y pintaban lágrimas en sus mejillas sonrosadas. Machacaban sus ilusiones delante de sus ojos. Y se reían de ella si caía, porque ellos nunca habían sabido cómo levantarse.

Ellos querían conquistarla. Apresarla entre sus brazos y arañarla con sus dientes. Marcar un nuevo territorio en su piel. Proclamar una nueva victoria que llevara su nombre. Ellos querían vestirla y pintarla como a una muñeca, hacerse dueños de su tiempo y de su vida, que los quisiera como si lo merecieran porque sus ojos se habían posado en sus piernas.

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Pero ella era algo más que un corazón roto y un puñado de sueños incumplidos. Era mucho más que unas piernas largas y esbeltas, o un cuerpo escondido en un precioso vestido rojo. Ella tenía los pies en la Tierra mientras pensaba en cómo volar por encima de las nubes. Y antes de que ellos se dieran cuenta, ella bailaba y cantaba, alegre y risueña, sobre sus cabezas.

Ella volaba cada día por encima de su nombre. Caminaba de puntillas sobre las ramas de los árboles. Y fingía que las nubes se deshacían entre sus manos. Miraba hacia arriba, siempre hacia arriba, para no ver que sus pies se posaban en el suelo. Vivía y sentía como si flotara en el aire. Los obstáculos eran los cuerpos celestes que se cruzaban en su camino.

Y ellos… ellos solo eran minúsculos puntos sin rostro que nunca podrían alcanzarla.

Equilibrio

Saltas al vacío.

Es lo que has hecho toda la vida, pero ya estás cansado.

Estás cansado de que todo salga mal mientras caminas en zigzag en una fina tela de araña. Si das un paso antes de tiempo, todo cae. Si el fino hilo se rompe, todo cae. Y tú te aferras aún, en una esperanza más añorada que real, preguntándote hacia dónde te diriges.

Entonces te detienes y miras a tu alrededor. Y no ves nada. Te ves solo. Porque mientras intentabas mantener el rumbo, todo se ha desequilibrado. Y cae al vacío antes que tú, como pedazos de hielo roto convertido en una fría lluvia torrencial.

Caminas hacia adelante, pero te tiemblan las piernas. Y te preguntas, en aquel vacío abismal, rodeado de silencio y oscuridad, cuándo escuchaste el último latido de tu corazón. ¿Y el primero? Nunca te diste cuenta de que estabas vivo. Nunca pensaste que podía detenerse. Solo continuaste tu camino sin reparar en nada más.

Ahora llueve. Llueve por todas partes. Pero no sabes evocar el sonido del agua. Y cae, con todo lo que eres, lo que fuiste y lo que ya no serás.

Te sumerges en una lluvia de oro, miras hacia arriba y dos espadas te atraviesan los ojos: la realidad. Te despierta, te araña en la cara y te abrasa. Y te quedas allí, sangrando lentamente y en silencio. Te quemas; el agua te quema y te ahoga. El humo llena tus pulmones, respiras el polvo suspendido en el aire.

Te pierdes en él. Te entierra. Y acabas cuando aún no has empezado.

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Parpadeo

Todo cambia en un parpadeo.

Al principio, somos valientes. Nos sumergimos en los océanos que deja la lluvia en el suelo, incendiamos las calles para enfrentarnos al fuego. No tenemos miedo de llorar si nos caemos, porque enseguida nos levantamos, a pesar de que creemos tener un tiempo infinito en nuestras manos. Manos cubiertas de heridas de guerra; no son importantes, siempre tenemos un ángel de la guarda que nos las cura.

Nuestras batallas se libran con bombas y pistolas de agua, y los conflictos se resuelven con besos y abrazos. Solo duran unas horas, tal vez un día. Pero preferimos reírnos. No levantamos murallas para separarnos ni para destruirnos; las paredes son lienzos en blanco para pintar nuestros sueños.

Porque no soñamos al dormir, nunca queremos irnos a la cama, nunca estamos cansados… queremos seguir viviendo un poco más, aprovechar aquellos momentos efímeros incluso sin saber que se acabarán en un parpadeo.

Pero debemos cerrar los ojos en algún instante. Y, al abrirlos, todo ha cambiado.

Nuestro ángel de la guarda nos ha abandonado y ya nadie cura nuestras heridas, que ya no son de barro, ni se curan en un día. El suelo es asfalto, el lugar donde acaba el mundo y que nos mantiene los pies atados.

Ya no volamos, ya no conquistamos volcanes ni universos, caminamos con pies de plomo, asustados por lo que podamos encontrar a la vuelta de la esquina. El tiempo se acaba, se nos escurre entre los dedos y nunca es suficiente.

Se nos acumulan las batallas y no ganamos ninguna, porque no queremos luchar y nos dejamos vencer. Así que nos detenemos de repente, sin avanzar ni un paso más, sin querer saber qué hay al otro lado.

Porque al otro lado solo hay una pared blanca con nuestros sueños pintados, ahora irreconocibles para los ojos que los miran.

Soñamos, siempre soñamos. Pero, al abrir los ojos, todo ha cambiado.

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Inspirado en 1910, de Federico García Lorca

 

«1910», Federico García Lorca

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos,
ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,
azón que tiembla arrinconado como un caballito de mar.
Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,
el hocico del toro, la seta venenosa
y una luna incomprensible que iluminaba por los rincones
los pedazos de limón seco bajo el negro duro de las botellas.
Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,
en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,
en los tejados del amor, con gemidos y frescas manos,
en un jardín donde los gatos se comían a las ranas.
Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y musgos,
cajas que guardan silencio de cangrejos devorados
en el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad.
Allí mis pequeños ojos.
No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!