Uno para todos y todos para uno

¡Os traemos un juego muy especial de escritura creativa! Os proponemos crear un poema conjunto, un poema por y para todos donde plasmemos sentimientos y emociones. Las instrucciones son las siguientes:

  • Solo se puede participar con un verso, es decir, no puede extenderse más de una frase.
  • La frase se pondrá en los comentarios de esta entrada y se ordenarán en función de la aparición del comentario.
  • En cuanto a la métrica y la rima podéis usar lo que más os guste.
  • La poesía es libre, pero si el poema sigue una unidad poética y persigue un sentido tendrá más cuerpo y más significado.

También podéis ver el resultado por nuestras otras redes sociales, donde podréis seguir todas nuestras novedades: 533022-circle-facebook_icon-icons.com_66834 twitter_icon-icons.com_62765

Muchas gracias a Marina López Fernández, lasmultisápidasMaximilian Sinn y a meatovmearov por participar en este experimento poético. El resultado en esta plataforma es este precioso poema:

La noche fría

ardía en mi interior

tu reflejo me helaba el cuerpo

el alma y los pensamientos

rivalizaba con la oscuridad de su mirada

mientras abrigaba  mi piel desnuda. 

¡En Facebook también habéis participado! Muchas gracias a María Rodríguez, Estrella García Muñoz y Cristina Ruiz Sánchez por participar. Este es el bello poema:

La noche fría 
de estrellas dormidas
un cuervo cantó
bajo una lluvia de luciérnagas azules
trayendo el fantasma de nuestro primer encuentro.

¡Os animamos a los participantes a elegir el título de su respectiva creación! ¡Travesura realizada! 😉

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Tinta invisible

Llegas desafiante, arrogante y prepotente, con una media sonrisa en los labios, saboreando una victoria que aún no es tuya. Sin embargo, cuando mis ojos te buscan, no eres capaz de acudir a su encuentro. Y tu sonrisa se diluye. Es mi turno ahora. Me esperabas cabizbaja, asustada y temblorosa, quizás pensabas que saldría corriendo o que derramaría las lágrimas que una vez arrancaste de mis ojos. Pero mis labios se curvan hacia arriba, mi mirada te estremece y mis pies se quedan clavados en el suelo, esperando por ti.

Hay una grieta entre los dos. La misma que hubo aquella última vez, ¿recuerdas? La saltaste entonces, traspasando las barreras construidas contra ti. Cuando no escuchabas mis gritos, ni atendías a mis súplicas, ni entendías un rotundo no. Pero ahora no la saltas, ahora no te mueves, como si estuvieras paralizado en un hielo a punto de resquebrajarse. Porque no me esperabas en pie, no me imaginabas esperándote, no me creías dispuesta a todo.

¿Por qué no?

Siempre ha habido tornados que arrasan con pueblos y huellas, que destruyen esperanzas y detienen los sueños. Pero los tornados también pasan, se alejan, y nosotros nos quedamos, desolados y sin aliento, mientras buscamos las fuerzas para recuperar las riendas de nuestras vidas extrañas.

Siempre ha habido fuegos inalcanzables con sus humos que asfixian las gargantas. Relucientes, parpadeantes e imponentes que devoran con sus llamas los anhelos, dibujando miedos y lágrimas incontenibles. Y la impotencia de perderlo todo en una luz anaranjada que recuerda a un nuevo amanecer. Pero sobre las cenizas nos arrastramos con lo que queda de nosotros, con las manos ensangrentadas y el corazón sostenido en la boca.

Siempre ha habido noches. Oscuras, terribles y solitarias que nos hacen cobijarnos bajo las sábanas, taparnos la cabeza y esconder el rostro en la almohada. Cuando los ruidos se incrementan y los oídos se agudizan crecen unas pesadillas incomprensibles, eternas y repetitivas que martillean las cabezas y agujerean las ganas de volver a levantarse. Pero el sol llega de nuevo, en otro día más, en otra oportunidad para despertar.

¿Por qué no esperabas que yo hiciera lo mismo?

Si tú eres quien me cortas las piernas, me sacas la sangre y me apuñalas el alma, ¿por qué soy yo la culpable por volver a caminar? Hay casas que no volverán a construirse, hay bosques ennegrecidos para siempre, hay lunas ocultas tras las nubes y hay heridas tatuadas con tu tinta invisible que no pueden ser borradas.

Pero no es suficiente para acabar con nosotros, no es suficiente para acabar conmigo.

tinta invisible

Blanco y negro

Una diminuta luz azul flotó en el aire.

Los ojos del rey la siguieron embelesados hasta que se perdió en la densa e infinita penumbra que lo envolvía. En un segundo, el resplandor azul había aparecido. En otro, se había esfumado. Y, en el siguiente, el rey volvió la mirada a aquel niño desafiante que amenazaba con matarlo.

Se deslizó por las baldosas blancas y negras, pero solo pudo avanzar un paso. El niño dibujó una amenazante sonrisa mientras avanzaba otro paso más. Su túnica blanca estaba hecha de la sangre y los huesos de su frágil cuerpo, que apenas se alzaba medio metro del suelo. Pero sus ojos estaban hechos de fuego y furia, quemando su alma y despertando sus miedos.

El rey avanzó, tembloroso. El niño lo imitó, triunfante.

El suelo blanco y negro era punzante. Las baldosas se rompían en dardos puntiagudos que atravesaban sus pies. Con cada paso, las agujas crecían y la sonrisa del niño se hacía más grande. La túnica negra del rey empezó a rasgarse también; los jirones de ropa ondeaban a su alrededor, como pequeñas banderas que anunciaban la victoria del pequeño.

El rey continuó. El niño no retrocedió.

Una diminuta luz roja cayó al suelo.

Se extendió en un rápido escalofrío y desapareció en un lento parpadeo. Un baño de sangre gélida cayó sobre su cabeza anunciando lo inevitable y lo imposible. Una baldosa negra, una baldosa blanca. Sabía lo que ocurriría al siguiente paso. Y también sabía que debía darlo.

El rey cayó de rodillas. El niño rió complacido.

Los últimos restos de la túnica negra se desprendieron de su cuerpo adhiriéndose al largo camino que había dejado atrás. Ya no ondeaban. Ya no anunciaban la victoria del niño. Ahora conmemoraban su derrota, inmóviles y desterrados en el suelo. Era él quien vestía huesos, sangre y una batalla perdida.

Los ojos del niño se incendiaron mientras los suyos se sumergían en un mar ardiente. Las baldosas se convirtieron en cristales, aún blancos y negros, que atravesaron sus brazos, sus piernas, su cuello y su lengua. Pero no pudo moverse. No podía avanzar, ni retroceder.

El niño tocó su rostro. El rey se estremeció.

Una diminuta luz blanca se interpuso entre ellos.

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El ángel

Cuando el mundo se redujo a cenizas, los últimos alientos buscaron un refugio. Los humanos flotaban suspendidos sobre una densa capa de polvo, víctimas de una violenta lluvia de estrellas. El cielo se sumió en una penumbra infinita. Y el silencio reinó durante tantos años que las palabras se olvidaron. Balbuceos, alaridos y llantos. Y manos a tientas buscando una salida.

Con los ojos fuera de sus cuencas, las venas abiertas y los labios carcomidos, alguien (un niño, dijeron después) vio una luz. Una figura vestida de blanco y reluciente se alzaba de pie entre los escombros. No tenía las piernas amputadas, ni llevaba sangre de siglos pasados en su ropa. Dibujaba una sonrisa. ¡Una sonrisa!, cuando ninguno recordaba sus dientes.

El niño aprendió a hablar. O lo recordó. Porque el tiempo se había extinguido y el mundo se había paralizado en el miedo y el pánico. Era mejor dejar de vivir que morir, dijeron. Así que se enterraron con vida bajo los restos del sol. Pero el niño volvió a hablar. Gritó alegre, con una exclamación de júbilo que erizó las pieles desgarradas y perdidas en el suelo.

¡Un ángel!, escucharon algunos.

¡Es Dios!, repitieron otros.

Y las ruinas se movieron. Mientras el rumor de las voces se extendía a través del subsuelo, los cuerpos se elevaban de sus tumbas improvisadas. El tiempo volvió a transcurrir y la oscuridad ya no era un problema para encaminar sus pasos. Buscaban el aire desesperados, rescatando sus últimos alientos. Los convirtieron en los primeros y dijeron: vamos a vivir de nuevo.

Nadie supo quién era el niño, no volvió a escucharse su voz, ni su risa. Nadie más vio esa figura luminosa, pero todos hablaban de él. A veces iba de blanco, a veces tenía alas desplegadas, a veces sonreía, a veces lloraba de pena.

Pero siempre repetían una misma historia, un mismo detalle: el niño tenía los ojos arrancados.

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«Existencia lujosa», Jorge Riechmann

Puesto que –se ha corrido la voz– la poesía

ya no importa nada,

vamos a permitirnos ser tábanos.

Vamos a permitirnos ser raíces destempladas

de las que a veces estallan roncamente en el cerebro.

Vamos a permitirnos ser honestos

(sin renunciar por ello al honesto placer

de disfrazarnos de vez en cuando).

Vamos a darnos el gustazo

de no ser para todos los gustos.

Vamos a permitirnos riesgos inauditos:

contra-decir

y hasta contradecirnos.

Vamos a permitirnos querer ser

esa palabra que mancha:

con toda la modestia y todo el duelo del mundo

revolucionarios.

Puesto que somos –hay consenso– superfluos,

vamos a permitirnos el lujo de ser

acaso necesarios.

 

Anochecer

En una playa desierta y aislada, nuestros pies se clavan en una arena formada de recuerdos inventados. El viento silba con tus reproches de lo que nunca hice y arrastra mis lamentos de lo que nunca perdoné.

Cuando la primera ola rompe lentamente en la orilla, das un paso hacia adelante, vacilante y temeroso de tener que replegarte cuando el agua vuelva a su lugar. Entonces abres la boca y tus insultos atraviesan mis oídos, enredándose en las nubes. Mis manos se mueven en el aire, destruyéndote.

Me desgarras la piel con tu fuerza, me envenenas con tus labios, me clavas rosas en el pecho. Pero yo no puedo callarme, porque tú no quieres que siga haciéndolo. Quieres una respuesta, quieres algo más que indiferencia. Así que te arranco los ojos con palabras.

Eres tú o yo. Nunca fuimos los dos.

Lo intentamos, ¿recuerdas? ¿O es también algo inventado? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que quisimos que pasara? Tú no lo sabes distinguir; yo nunca quise descubrirlo.

Mis labios se sellan, y tú te escondes en el silencio. Tu aliento se mezcla en un aire ausente; mis pestañas se humedecen. De repente, te calmas, y mi respiración se aleja. Tu alma flota en el interior de un pozo de agua salada mientras mi corazón descansa, inmóvil, sobre tu espalda.

Y otro día llega más a su fin. Como el anterior, como el siguiente.

Tú y yo descansamos en la orilla, observando la puesta de sol frente a un mar enrojecido por tu sangre y la mía entremezcladas.

puesta de sol