Flor y espina

Se miró en el reflejo que le mostraban esas aguas bañadas por la luz de la luna. Allí estaba ella; con su tez pálida, sus ojos azules, su pelo blanco y sus labios de color rojo. Colocó la yema de su dedo encima de la superficie, provocando una onda que se propagó por todo el lugar. Sonrió de manera triunfante. Lo había conseguido.

¿Acaso no lo sabes?

Por supuesto que lo sabía. Sabía que las flores tienen espinas, y ella se había deshecho de todas, ya que siempre le habían dicho que era una flor. Aún recordaba la mirada de un pobre ratón que le pedía piedad o que simplemente acabase con su vida, pero ella había decidido jugar un poco más con él. Recordó cómo después lloró desconsoladamente porque había muerto y yacía en sus manos.

Lo sabes, ¿entonces?

Era lo mejor. No quería vivir con más espinas.

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Sangre. Muerte.

Sonrió ante el eco de esas palabras en su mente. Ya todo había terminado. Lo supo en cuanto esa mañana vio aquel cuchillo encima de la encimera. Tenía que deshacerse de todas las espinas que tenía, ¿por qué no empezar por su propio corazón corrompido?

Y así, desde donde estaba pudo ver cómo su cuerpo se hundía en las aguas del lago, engullido más y más por la oscuridad. Lo último que vio fue el destello del cuchillo clavado en su pecho.

¿Paraíso o Infierno?

Se dio la vuelta, dándose cuenta de que estaba el mismo ratón que había matado hacía unos meses. Lo siguió, adentrándose en el bosque, dejando atrás su gran espina.

 

Fuente: Google Imágenes

 

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The end

He knew that they were close to the Underworld because the mist started to disappear. He realized that the boy was trembling. Was it the right decision? Those traces on the stone told him that it was. The only thing that he had to do was that Radamantis jugded the boy. A chill went thorugh his back when he feels Cerberus’s eyes on him, also, it was showing his sharp teeth. The boy startled and looked at him, worried. He tried to smile, he wanted to let him know that everything was alright… or that was what he wanted to think.

Cerberus’s roars and barks can be listened to the entire Underworld’s entrance. He helped the boy to leave the boat. He couldn’t help but remember the first time that Caronte had left him there all alone and confused. He put his hand on the shoulder’s boy, calling in that way his attention. He smiled again and pointed out the door.

—I’m scared, I shouldn’t have accepted it. I don’t have money. Caronte comes back after many time to take with him the people who do not have money, maybe I should have waited a little longer.

—I’ll go with you if you feel more confident.

The boy doubted for a moment but finally he nodded, with a weak smile. There was something that worried him, maybe it was Cerberus’s agressive attitude, or it could be the boy’s fear itself. He tried to clear his mind while his hands opened the door.

Anything had changed since the last time that he was there: the big courtyard, the rivers, the palace at the background and the thrones. His eyes was on Radamantis, who sat up and came closer. He looked at the boy, who took a step back. It was clear that he wanted to run away.

—I bring another soul, you can judge him.

Radamantis looked at both of them, frowing. He didn’t remember that serious face and neither the tense atmosphere when he was judged.

—Oh, I see. Let’s judge.

He looked at the boy; he was pale and his body started trembling. He realised the tears that starting to fall on his cheeks. His legs faltered and fell on the floor, and at the same time, he asked for help. He looked at Radamantis, which face did not show any emotion. In that moment, the boy took a breath, coming back to Earth. He tried to get up, but his legs did not respond him. Radamantis knelt in order to help him, putting his hands on the boy’s shoulders.

—You have a kind heart… Come on, drink a bit of water.

Radamantis gave him a glass of water. The boy took it with his flickering hands and drank.

—Such a pity that you cannot pay your trip –the glass fell on the floor, breaking into pieces. The boy put his hands on his head-. I condemn you to spend the rest of your days wandering around Lethe’s river, without knowing who you are.

—No!! Wait! Caronte had brung souls that didn’t have money.

—Exactly. Caronte can do it, but who do you think you are to do the same thing? You’re nobody here, you just fullfil a work in order to clean your soul and now your soul is dirty because you have disobeyed the rules… I condemn you to the Tartarus.

The last thing that he saw was that miserable boy looking at him, his  only mistake was to trust him. He didn’t know who he was, neither where he was and what he was thinking of. And, suddenly, he was no longer in that courtyard, but at home, surrounding by his family, whose dead bodies were on the floor, spotted with blood. He saw his hand. He was holding a knife spotted also with that scarlet liquid, and he can watch that boy wandering the Lethe’s edges, without knowing who he was.

—Your sentence is going to be reviving your first trial but, this time, you are going to kill your family, and each time that you look at your knife, you’ll see that poor boy who trusted you, who has been condemned  to the forgotten hell by you.

And he knew it. He would never be in peace. He was condemned to live in that hell forever and ever.

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Image by OlliSiponkoski

If you want to read the rest of the short story:

  1. The beginning of the end
  2. The trial of the end
  3. The last act of kindness

Dolor

Sabía que estaba cerca. Se tumbó en la cama, encogiéndose sobre sí misma, abrazándose. Cerró los ojos, esperando que todo fuese mentira y que aquel círculo  rojo que había visto en el almanaque fuese solo un producto de su imaginación. Un escalofrío le confirmó que no, que era su triste realidad.

Intentó evadirse de la realidad, centrándose en el sonido de la lluvia, los crujidos de la madera o en su propia respiración, algo alterada. Cerró los ojos con tanta fuerza que empezó a ver motas de distintos colores. Suspiró, llevándose las manos a la cara, deseando que el tiempo se hubiese parado hacía años. Aún recordaba aquellos días en los que tenía una sonrisa infantil en su rostro, una mirada limpia y muchas ganas de vivir. Sin embargo, todo eso quedó en un pasado que parecía muy lejano. Y, sin saber cómo, acabó quedándose dormida navegando en esos recuerdos.

Cuando despertó, lo supo. Había llegado. Estaba allí. Se escondió entre las sábanas, conteniendo el aliento. Cerró los ojos, volviendo a desear que todo fuese una pesadilla, pero el dolor en su interior le decía que no. Escuchó pasos acercándose, más y más cerca. Quería llorar, quería gritar, quería huir de allí, quería volver a esos recuerdos que la habían atormentado, pero era incapaz de hacer nada, pues el dolor en su interior iba a más. Sintió cómo la cama se hundía a los pies y algo se arrastraba, llegando a la altura de su oído derecho.

—He vuelto –le susurró una voz fría sin emoción al oído.

Y esta vez, gritó, aunque no pudo zafarse de las garras de aquella figura totalmente de rojo que la acabó engullendo una vez más.

Jingle Bells

Por fin había llegado la gran noche en la que ese señor de pelo blanco surcaba el cielo en su trineo y se metía en las casas de la gente por la chimenea, dejando los regalos bajo un pino decorado. La calle estaba iluminada por las luces de las farolas que proyectaban grandes sombras en el suelo bajo el silencio de la noche, y también dejaron ver las gotas de sangre que dejaba un hombre mientras arrastraba un pequeño saco por el asfalto.

Jingle bells, jingle bells, jingle all the way –cantaba con voz grave y de una forma entrecortada, entrando en el porche de la casa.

Se asomó por la ventana, observando el árbol en el salón, sin ningún rastro aún de regalos bajo sus ramas. Durante unos instantes se quedó quieto, pensando si debería entrar o no. Su parte racional le decía que se largase de allí y volviera a encerrarse en su casa, allá donde la nieve limpiara sus huellas y su acto de locura.

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—Pero es Navidad –susurró, enfocándose en su propio reflejo que proyectaba la ventana: su tez pálida contrastaba con los arañazos llenos del líquido carmesí que le caían por su rostro, manchando la barba postiza de color blanco que se había puesto–. Tengo que cumplir con mi misión, sí, eso es.

Con mucho cuidado de no hacer ruido, abrió la ventana y se coló sigilosamente en el interior. Miró aterrado a su alrededor, esperando que la familia hubiese notado la intrusión en su morada… pero solo recibió por respuesta el silencio. Llevó su mano derecha al bolsillo de su abrigo rojo, volviendo a leer aquella simple frase que la niña que vivía en esa casa había escrito:

Querido Papá Noel, este año me he portado bien, por lo que quiero un hermanito.

Volvió a guardar la carta en el bolsillo y se acercó al árbol de Navidad. Abrió la bolsa y depositó el tan ansiado regalo de esa niña en el suelo. Sonrió, estaba satisfecho por el gran trabajo que había hecho, sin importar aquel rastro de líquido escarlata que manchaba ahora el suelo.

Por la mañana, la niña, emocionada, entró en el cuarto de sus padres, anunciando que Papá Noel le había traído su regalo. Ambos se miraron, sin entender muy bien a qué se refería, a la vez que se llevaron las manos a la cabeza, pues se les había olvidado por completo poner los regalos bajo el árbol.

—¿A qué te refieres con lo del regalo? –preguntó el padre, poniéndose las gafas.

—Venid, vamos al salón.

Los padres siguieron a la pequeña que corría escaleras hacia abajo, entrando sin perder ni un segundo en el salón. Cuando los padres llegaron, ahogaron un grito. Allí, delante del pie del árbol de Navidad, estaba su hija abrazando a un niño pequeño manchado de sangre y sin vida.

—¿A qué es genial? –preguntó la pequeña, manchándose de sangre –. Papá Noel me ha traído un hermanito, tal y como se lo pedí.

Los padres miraron horrorizados la escena mientras de fondo, en la calle, se escuchaba aún el eco de una canción tatareada: Jingle bells, jingle bells, jingle all the way.

 

Fuente: Google Imágenes

Tictac, tictac

El sonido del ascensor rompió el silencio, indicando que por fin alguien la iba a visitar. No pudo evitar reír un poco, sintiendo un cosquilleo en su interior. Miró hacia la puerta, que se abría en ese momento, dejando ver a un hombre algo desorientado.

—Bienvenido. Por favor, pasa y siéntate.

¿Qué sería esta vez? Sonrió ampliamente, dejando ver sus dientes blancos, provocando que un escalofrío recorriera el cuerpo de ese hombre. Sabía que quería huir, podía oler su miedo, algo que solo le divertía más.

—¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy? –la voz del hombre tembló, haciendo que se echase a reír.

—Tictac, tictac –respondió en su lugar, llevándose las manos a las mejillas, clavándose las uñas, arrancándose la piel.

El hombre gritó al ver a aquella niña, vestida entera de blanco, desgarrándose la cara. Se dio la vuelta, dispuesto a volver por donde había venido, aunque no supiera exactamente cómo había llegado a ese lugar. Él estaba en un centro comercial con su mujer, había tomado el ascensor para bajar al parking… ¿qué hacía allí? ¿Qué era ese lugar?

Por más que le daba al botón del ascensor, este no funcionaba. Se volvió, temblando, dispuesto a encontrar otra salida. La niña seguía allí, sentada encima de lo que parecía la barra de un bar, mirándolo con los ojos desorbitados, la sangre cayendo por sus mejillas, mostrando aquella sonrisa siniestra. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que  no había ninguna puerta más, salvo la del ascensor. Estaba atrapado.

—Tictac, tictac –volvió a decir la niña.

—¿Quién eres?

—¿Juegas? Tictac, tictac –la niña volvió a echarse a reír, alzando su brazo, señalando una ruleta que había a su lado.

El hombre, aterrorizado, negó con la cabeza. La niña ladeó la cabeza, sin borrar la sonrisa. Con su pequeño dedo, indicó que mirase hacia el techo. Y así lo hizo. Miró hacia arriba y entonces gritó. No había techo, tan solo oscuridad de la cual caía un péndulo que acababa en una cuchilla demasiado oxidada y manchada de algo seco, con color escarlata. El péndulo bajó un poco, haciendo que el hombre se pegase a la pared, queriendo huir, pero este parecía que sabía todos sus movimientos y solo apuntaba hacia él.

—Si te niegas, el péndulo cae, tictac, tictac.

La niña se echó a reír y puso sus brazos en cruz, enseñando en ese momento lo que había tras de ella: cientos de cadáveres cortados.

—Déjame ir, por favor –suplicó el hombre, haciendo que la risa de la niña se intensificara.

—¿Juegas? El péndulo sigue bajando a cada segundo que pasa, el tiempo es oro, tictac, tictac.

Y así lo hizo. El hombre acabó sentándose en un taburete, intentando no mirar a todos aquellos muertos que había detrás de la niña, queriendo retener las lágrimas, temblando de arriba abajo. Se fijó en la ruleta que tenía delante, pues no era normal. No tenía números ni había colores, tan solo había dibujos de partes del cuerpo o simplemente partes en blanco.

La niña le dio una pequeña bola de color blanco para que la tirase.

Sus ojos se posaron por unos instantes en las botellas de licor que había detrás de la niña, de repente se dio cuenta del contenido en los interiores: órganos humanos. El hombre cogió la bola, asqueado por la visión, la observó durante un segundo, el tiempo suficiente para darse cuenta de que se trataba de un ojo humano. Inmediatamente, la soltó, cayendo sobre la ruleta.

—¿De qué se trata todo esto? –preguntó, limpiándose la mano en sus pantalones mientras la niña seguía con sus ojos cada movimiento de la ruleta.

El ojo acabó posándose en algo que parecía un estómago. La niña lo miró durante unos segundos. Se acercó a él, quien intentó escapar pero su cuerpo no le respondía.

—Así que le eres infiel a tu esposa. De hecho, nunca la quisiste, solo fue un matrimonio de conveniencia. No puedes dejarla porque trabajas para su padre.

El hombre estaba demasiado sorprendido cómo para darse cuenta del cuchillo que tenía la niña en la mano, hasta que este se clavó en su estómago. Una, dos y hasta tres veces, mientras la niña no paraba de reír. Gritó, pidió ayuda, pero allí solo estaban él, la niña y el péndulo, que estaba cada vez más cerca.

—Esta vez, tiraré la bola por ti –dijo la niña, levantándose y dejando al hombre en el suelo, que se arrastraba dejando un rastro de sangre a su paso.

Volvió a escuchar el sonido de la ruleta. Tenía que salir de allí, el ascensor tenía que funcionar, no quería morir ahí.

—¡Un corazón! ¡Ha salido el corazón! –gritaba la niña emocionada. El hombre la miró, llevándose una mano a la herida de su estómago. La niña sonreía, cogiendo el cuchillo de nuevo, clavando sus ojos negros en él. – Lo añadiré a mi colección.

El hombre volvió a gritar.

Abrió los ojos, sintiendo su cuerpo bañado en sudor. Se incorporó en la cama del hotel donde yacía su amante también. Había sido una pesadilla. Se llevó las manos a la cabeza, sintiendo su corazón latir con fuerza en su pecho. Respiró varias veces, intentando tranquilizarse. Fue entonces cuando se dio cuenta de un dolor punzante en su estómago. Miró y la sangre llamó su atención.

—Tictac, tictac.

Allí, sentada en una silla, había una niña pequeña vestida de blanco, con un cuchillo manchado de sangre en la mano, mirándolo con los ojos a punto de salirse de sus órbitas y sin perder la sonrisa. El hombre no tuvo tiempo de reaccionar, pues antes de que pudiera gritar, el péndulo cayó del techo, poniendo un punto y final a su vida.

La niña observó aquel corazón que ya no latía y que se había unido a su nueva colección. Movía sus piernas en el aire mientras tatareaba una canción. El sonido del ascensor le avisó de que tenía un nuevo cliente.

Sonrió, ansiosa por jugar de nuevo a su juego favorito.

 

** Este relato está inspirado en el anime Death Parade.

The last act of kindness

He gave up rowing, and the boat was being rocked by the river, driving him without direction. His eyes looked at the dark waters while he wondered why he had to give up for fighting for his life. His mother’s smile started to invade his memories, his father’s laughs started to be listened over the sound of the water… why had he done that? He tried to look for an answer, but he was not able to find it.

He raised his sight, hopeless, looking at the empty edge. He remembered when he opened his eyes for the first time and found himself in a place like that. He remembered the doubts and the fear… how long had it been since he was there? A suddenly he felt an impulse, and he started to row in order to arrive at the edge. He needed to walk on land. He needed to be in a place that was not that cave guarded by Cerberus. He could not help but feel relief when he was out of the boat.

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He started to walk, leaving behind the boat, wanting to forget the work that he was obligated to accept. Was peace really hard to find? That meant to be dead, right? He sighed, knowing that all those questions did not have answers. So, he kept walking on the edge, with the sound of the water surrounding him. Nevertheless, a big rock called his attention. He got close to it, realizing the thousands of lines that were on it. He touched it, noticing the rugosity.

«Are you interested in the meaning of the lines?»

He startled at the sound of that voice behind him. He turned back, finding a young man out who smiled and was taller than him. The boy got closer, took a stone and drew another line on the rock.

«Each line represents a day. I do this in order to count the days since I arrive here».

«Caronte has not come yet?»

«You are in Cocytus, the people that you find in this river are those who do not have the amount of money in order to pay Caronte».

Suddenly, he understood the situation. He looked at him again, realizing how his face looked like it was dead. The young man smiled again, squeezing the stone in his hand.

«Wandering for eternity is not as bad as it sounds».

However, he did not believe him. His voice sounded sad. Too sad. His smile did not show any kind of happiness, in fact, it was full bitterness. The young man sat, putting his back on the rock, hugging his long legs, staring Cocytus’ river.

«I do not care if I have to wander eternally… There are worse punishments than this, like forgetting who you are, isn’t it? At least, I know who I am and who I was. I have my own memories that are by my side, no matter what… There are a lot of people who are condemned to star at Lethe’s river, do you know what it means? Oblivion. If you drink of its waters, you forget who you are… No. It is not so bad to stay here».

Why had people to stay here, wandering, just because they did noy have a coin? That was something that he could not understand. Perhaps death did not turn people into equals.

«I can help you. I can take you there so you can put an end to everything».

Suddenly, he was again on the boat, rowing with that guy who looked at the edge while his hands squeezing the stone. And, for the first time since he came to the Underground, he smiled. Finally, he felt that he was doing something good. What could be wrong with that?

Image by nighty