Lilith

La lluvia caía sin cesar y aquella niña seguía esperando a que alguien la recogiera del colegio. No era la primera vez que se olvidaban de ella y, aún así, no podía evitar el hecho de sentirse triste. Siempre disimulaba no importarle con una sonrisa radiante, aunque por dentro lo único que hiciese fuese llorar. Al cabo de un rato, su madre apareció, recién salida de una reunión, excusa que ya había escuchado muchas veces. La niña tan solo asintió al mismo tiempo que sonreía, sentándose en el asiento de atrás. Durante todo el trayecto mantuvo la mirada fija en el paisaje, sin querer pensar en nada.

Algo llamó su atención en el contenedor de la esquina de su casa. Se bajó del coche cuando la madre fue a encerrarlo, escuchando sus quejas y preguntas… pero la niña corrió sin detenerse, expectante ante lo que había visto. Por fin una sonrisa sincera dibujó su rostro al ver la muñeca más bonita que jamás había visto. La cogió sin dudar, llevándosela al pecho, abrazándola con fuerza. La madre, reticente al principio, denominando a la muñeca como “basura”, dejó que se la quedase, consiguiendo el perdón de su hija por su retraso.

La niña limpió la muñeca, lavó su ropa y cepilló su pelo negro. No se había equivocado: aquella era la muñeca más bonita que había visto en su vida, incluso su madre le dio la razón.

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—A partir de ahora estaremos siempre juntas. Te llamarás Lilith.

Y así, la niña y Lilith se hicieron inseparables: dormían juntas, le leía libros, veían películas, se la llevaba al colegio haciendo que los retrasos de su madre no le importasen. Y es que, después de todo, Lilith se había convertido en su mejor amiga.

Pero no todo fue color de rosa en esta amistad, pues cuando la niña cumplió doce años, empezó a olvidarse poco a poco de Lilith, hasta que, tres años después acabó metiéndola en una caja, junto con más juguetes, y la llevó al húmedo y frío desván, olvidándose así de la que había sido su mejor amiga durante años, pues ya era toda una adolescente, había hecho amigas de carne y hueso y alegaba que “ya no necesitaba muñecas”.

El tiempo pasaba y apenas quedaban recuerdos de Lilith en la memoria de esta chica. Poco a poco, el miedo inundaba su mente por las noches, pues se escuchaban sonidos sordos procedentes del desván, incluso a veces llegaba a escuchar que susurraban su nombre, acompañado de llantos. Se lo había comentado a su madre y esta solo le había dicho que eran imaginaciones suyas. Había intentado convencerse de que así era, pero los ruidos no cesaban y los llantos tampoco.

Una noche se armó de valor, cogió su móvil y un paraguas para defenderse, y subió al desván, conteniendo el aliento con cada paso que daba. Su mano, temblorosa, se apoyó en el marco de la puerta que cedió de inmediato. Gracias a la luz del móvil, alumbró el lugar… pero allí no había nada, solo cajas y cajas con mucho polvo encima.

De pronto, Lilith vino a su mente. Dejó el paraguas en el suelo y se acercó a las cajas, observando cada una de ellas, buscando a su preciada muñeca… hasta que la puerta del desván se cerró de golpe, haciendo que un grito se escapase de sus labios. Empezó a temblar, sintiendo mucho frío. Cogió su móvil, dispuesta a irse de allí. Pero alguien bloqueaba la entrada. Sus ojos se abrieron, anegados de lágrimas por el terror que empezó a sentir en su interior. Empezó a caminar hacia atrás, chocando con cajas, cayendo al suelo. Delante de la puerta, estaba Lilith, pero era de carne y hueso, con la tez pálida, el pelo negro largo cayendo por su espalda como una cascada, su vestido arrugado y sus ojos sin vida. La muñeca sonrió, mostrando unos dientes blancos, y empezó a caminar hacia la pobre chica que seguía tirada en el suelo, sin poder reaccionar.

—Por fin has venido a verme. ¿Me has escuchado llorar? ¿Has escuchado mis súplicas para que vinieras a por mí? –la chica intentó retroceder, buscando algo que tuviera cerca para poder defenderse al ver que las manos de Lilith se habían convertido en garras-. No te preocupes, nunca más estaré sola, nunca más nadie me abandonará – Lilith se acuclilló delante de ella, sin dejar de sonreír en ningún momento, riéndose al ver las lágrimas de la pobre niña-.Tú lo dijiste, ¿recuerdas? A partir de ahora estaremos siempre juntas.

Un grito se escuchó por toda la casa.

Los padres se despertaron asustados. Al llegar al cuarto de su hija vieron que había desaparecido. Su madre se dio cuenta de que la puerta del desván estaba abierta. Cuando llegaron allí, lo único que vieron fue el paraguas de su hija olvidado en el suelo y, un poco más adelante, dos muñecas tiradas en el suelo, una sujetando de la mano a la otra. La madre reconoció en seguida a Lilith, cuyo rostro mostraba una sonrisa, mientras que la otra muñeca reflejaba miedo y su cara estaba bañada de lágrimas. Ambos se dieron cuenta de un pequeño detalle: esta llevaba el mismo pijama que su hija.

Fuente: Google Imágenes

Monstruos

¿Alguna vez has pensado si los monstruos existen? Yo nunca lo había hecho. Aunque es cierto que nunca me gustó dormir con las puertas del armario abiertas y que, alguna que otra vez, he mirado debajo de la cama antes de tumbarme sobre ella y decirle hola a Morfeo. Aún así, mi parte racional siempre se preguntaba cómo iban a existir esas criaturas. Y, sin embargo, siempre que la luz se apagaba, me imaginaba un cuerpo demacrado, arrastrándose por el suelo de mi habitación, viniendo hacia mí, deseando mi muerte. Una vez me pregunté por qué mirábamos bajo la cama, ¿acaso no cabría la posibilidad de que algo cayera del techo cuando todo estuviera en penumbra? Y, desde ese momento, siempre que estoy postrada en la cama, con los ojos abiertos, envuelta en la oscuridad de mi habitación, no puedo dejar de imaginarme que hay una boca enorme encima, acercándose poco a poco, queriendo hincar sus dientes en mí.

A pesar de todos esos pensamientos, nunca he creído que los monstruos existieran… hasta hace poco. ¿Por qué cuando pensamos en esa palabra lo primero que se nos viene a la cabeza son ese tipo de imágenes? ¿Por qué buscamos lo sobrenatural? No lo sé, pero ahora sí sé que existen. No, no busquéis ninguna criatura que se arrastre deseando acabar con vuestra vida. No, tampoco busquéis ninguna boca gigante deseando comeros. Tan solo hay que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que estamos rodeados de ellos, pues somos los mismos humanos los principales monstruos de este mundo: recuerda todas las guerras que hemos pasado y estamos viviendo, el afán de hacer daño a los más débiles, a los que no pueden defenderse, la gloria que supone el destruir todo lo que tenemos a nuestro alrededor, los vítores que recibe el más fuerte tras causarle la muerte a otro ser vivo.

Los humanos se caracterizan por su parte racional. Déjame decirte que eso es mentira, pues la oscuridad vive en cada uno de nosotros, convirtiéndonos en monstruos. Podemos querer huir de esa oscuridad, podemos sucumbir, podemos vivir con ella… pero nunca desaparecerá porque siempre estará ahí, paciente, acechando para apoderarse de nosotros.

Ahora dime, ¿qué harás con la oscuridad que hay en el interior de tu corazón? ¿Sucumbirás? ¿Huirás? No importa, solo déjame decirte una última cosa más: bienvenido al mundo de los monstruos.

The trial of the end

He had lost track of time. He did not know how long had passed since he was in that boat, rowing, looking at Caronte, who scrutinized him, smiling from time to time, while a dense fog surrounded them.

After a while, his mind went white when he saw the Underworld’s entrance, where the fog started to clear. The boat entered in that cave which was flanked with two statues, whose faces were already decayed due to the pass of time. Barely, he could assimilate what it was happening when he saw a big dog, with three heads, showing all his fangs, looking at him with his six yellow eyes and revealing his tail, which shushed because it was a snake. His body trembled and, yet he forced himself to keep rowing.

Caronte made him get off the boat, leaving him alone while he came back to his job. He looked at the place; he could see the different rivers that existed in the Underworld. He could feel how Cerbero’s eyes were on him.

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He observed the stone stair that was in front of him. It led to a large door. He supposed that this was his destiny, so he decided to put an end to everything. What was beyond that door?

He closed his eyes while his hands pushed the door, opening it. An icy breeze hit him so he held his breath for a moment. However, nothing happened. Little by little, he opened his eyes. He was surprised because he found a big patio, surrounded by the different rivers and, in the background; there was a dark, large palace. In the center of the patio, there were three thrones in which three old men, dressing white tunics, were sitting. The one, who was sitting at the right, stand up, without taking his eyes off him.

“Welcome to the Hades. I am Radamantis and I will judge your soul.”

Suddenly, his life’s memories started to invade his mind. He threw his hands up in horror, feeling how the pain started to punch his body. He fell down to the flood, resisting the urge to scream. He looked at him, ready for begging to stop, but he was no longer in that patio. Instead, he was at home, surrounded by his family. He could not help but smile until he realized that every one of them were covered by the blood. He started to feel the lack of oxygen. He tried to reach his mother, touching her hand, feeling that it was cold.

I have killed them.

Radamantis was there, in front of him, looking at him with his inexpressive face. Again, the images began to appear in his retinas, the sounds began to penetrate in his ears. He could see how that man had killed every member of his family. He could hear their hopeless screams, their requests.

Everything stopped and the only thing that he was able to see was the knife that was in front of him.

“Will you kill me?”

His body did not answer, he could only look at Radamantis with his eyes filled with tears while he felt heartbroken, he felt the anger and the hated mixing with his blood, going across his body. He focused on the knife that was in front of him. He looked at it for a moment without understanding anything. He could kill him. He could be carried long and got revenge. He took the handle… But he was not able to lift it.

No. You are not able to do it.

He heard a snap and came back to reality. He was again on the patio. There was no longer a knife in front of him, only Radamantis was there.

“Interesting. Let me explain. This was a test in order to judge your soul through your actions. Your family is ok. I think that you do not deserve to come back to the Asphodel Meadows so soon. You do not deserve to go to the Tartarus… Oh, I see. You will do a job in order to clean your soul and then… I will decide.”

This was how, after that trial, he was again in that boat, rowing, going out from the Underworld, under Cerbero’s look, which showed him his fangs. His work? Taking souls to the Underworld. What would it be his upcoming trial? Would he be able to rest?

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El fin

Sabía que estaban cerca del Inframundo, ya que la niebla empezaba a dispersarse. Se dio cuenta del temblor que sacudía el cuerpo del muchacho. ¿Había hecho bien? El recuerdo de todos aquellos trazos en la piedra le decía que sí. Lo único que tenía que hacer era que Radamantis lo juzgase. Un escalofrío recorrió su espalda al sentir la mirada de Cerbero, quien acto seguido no dudó en mostrar sus afilados dientes. El chico se sobresaltó al verlo y lo miró con preocupación. Intentó sonreír, queriendo así hacerle saber que todo iba bien… o eso deseaba pensar.

Los rugidos y ladridos de Cerbero se hacían eco por toda la entrada del Inframundo. Salió de la barca, ayudando al chico después. No pudo evitar recordar la primera vez que Caronte lo había dejado allí, solo, confuso. Colocó una mano sobre su hombro, llamando así su atención. Volvió a sonreír y le indicó con la mano la gran puerta que estaba delante.

—Tengo miedo, no debería haber aceptado. No tengo con qué pagarte. Caronte vuelve después de mucho tiempo a recoger a la gente que no tiene dinero, quizás debería haber esperado un poco más.

—Iré contigo si así te sientes más seguro.

El chico dudó durante unos momentos antes de asentir, con una sonrisa débil. Ambos empezaron a subir las grandes escaleras, quedando en frente de la puerta. Había algo que le preocupaba, quizás fuese la actitud agresiva de Cerbero, o quizás fuese el miedo del chico. Intentó despejar la mente mientras sus manos se apoyaban en la puerta y la abrían.

Todo seguía igual, tal y como lo recordaba: el patio enorme, los ríos, el palacio a lo lejos y los tronos. Sus ojos se posaron en Radamantis, quien se levantó y se acercó a ellos. Miró al chico, que dio un paso hacia atrás, queriendo huir de todo esto.

—Te traigo un alma para que la juzgues.

Radamantis los miraba a ambos, con el ceño fruncido. No recordaba aquella expresión seria en su rostro. No recordaba que el ambiente estuviese tan tenso cuando él fue juzgado.

—Oh, ya veo. Juzguemos, pues.

Miró al chico; se había quedado pálido y su cuerpo temblaba. Se dio cuenta de las lágrimas que empezaron a caer por sus mejillas. Sus piernas flaquearon y cayó al suelo a la vez que de sus labios se escapaban susurros pidiendo ayuda. Miró a Radamantis, cuyo rostro no mostraba ninguna expresión. En ese momento, el muchacho tomó una gran bocanada de aire, volviendo a la realidad. Intentó levantarse, pero sus piernas seguían sin responderle bien. Se arrodilló para ayudarlo, poniendo ambas manos sobre sus hombros.

—Eres un muchacho de buen corazón… Anda, toma un poco de agua.

Radamantis le ofreció un vaso de agua. El chico lo tomó con manos temblorosas; se lo llevó a la boca, bebiendo.

—Una pena que no hayas podido pagar tu viaje –el vaso cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos cuando el chico se llevó las manos a la cabeza–. Te condeno a pasar el resto de tus días vagando alrededor del río Lete, sin saber quién eres.

—¡¡No!! ¡¡Espera!! Caronte ha traído almas que no tenían dinero.

—Exacto. Caronte puede hacerlo, pero ¿quién te da derecho a ti a hacerlo? No eres nadie aquí, tan solo cumplías un pequeño trabajo para purgar tu alma y la has manchado aún más al desobedecer las normas… A ti te condeno al Tártaro.

Lo último que vio fue a ese pobre chico, cuyo único error había sido confiar en él, mirándolo sin saber quién era, ni dónde estaba, ni qué estaba pasando. Y, de pronto, ya no estaba en ese patio, sino en su casa, rodeado de su familia, cuyos cuerpos yacían inertes en el suelo, manchados de sangre. Miró su mano, donde sostenía un cuchillo manchado también de aquel líquido escarlata, donde se reflejaba el muchacho vagar por las orillas del río Lete, sin saber quién era.

—Tu condena va a ser revivir la prueba de tu primer juicio pero, esta vez, tú matarás a tu familia, y cada vez que mires el cuchillo, verás al pobre muchacho al que has condenado al infierno del olvido.

Y lo supo. Nunca descansaría en paz. Estaba condenado a vivir ese infierno para siempre jamás.

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Imagen por OlliSiponkoski


Para leer el resto de la historia:

  1. El principio del fin
  2. El juicio del fin
  3. El último acto de bondad

The beginning of the end

He heard the voices from the members of his family, begging for his fight, begging that he had to resist a little more, but he felt tired in order to prolong that flame in his deep inside that kept him alive. The last thing that he knew before falling into the death’s arms was that his mother took his hands, leaving something there.

He opened his eyes, discovering a sky full of dark clouds, without stars, without moon; he felt that his lungs burned, like if he had not been able to have oxygen for a long time. He breathed with clenched fists, noticing that something was being thrust into his skin. He opened his hands and watched that golden coin that his mother gave him.

He sat up, realizing that he was not alone. There were more people sat in the sand, close to the shore of what it looked like a lake. What happened? He knew that he was dead. He knew it. So, what was that place?

«He’s coming».

People started to gather on the shore. He tried to stare beyond people, realizing the presence of a small boat in which rose above an old man. People cried for his return, they pushed between them in order to reach that boat. He did not understand that behavior. He did not understand why that old man looked at them, scrutinizing for those who were suitable for the next voyage. He averted his gaze when he listened to the screams of a man who was being hit by that old man.

«You, the boy who is over there».

Suddenly, he felt that hundreds of eyes were looking at him. Little by little, he looked at people again, understanding that he was the target of all that looks full of mistrust, hatred. He looked at that man that made a hand gesture, indicating him to get closer. His mind shouted him that he did not accomplish the order, but his body started to move without its own volition, obeying the imposed order.

He felt the cold water when he entered into the lake. He felt shivers in all his body just by finding himself looking at that man, in a short distance. He could see each bone of his skeleton that his broken clothes showed. He could see his white hair caused by aging, the wrinkles in his gaunt face that looked like a skull. His entire body trembled because of fear.

«Do you have the money for your travel to the Underworld?»

Something started to burn in his hand. He opened it, watching the coin that his mother had given him. He heard a laugh that made him to shrink. He closed his eyes, maybe waiting for some kind of blow. However, nothing happened. He opened his eyes, finding the bony hand of that human being.

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«We expect a long journey».

The next thing that he knew was that he was travelling with Caronte, that was how he called himself, rowing in that boat on the Styx lake to arrive to the Underworld. Then, what could it happen to him?

El último acto de bondad

Había dejado de remar, dejando que la barca fuese mecida por el río, conduciéndole sin rumbo fijo. Sus ojos miraban las aguas oscuras mientras se preguntaba una y otra vez por qué había tenido que dejar de luchar por su vida. Las sonrisas de su madre empezaron a invadir sus recuerdos, las risas de su padre se escucharon por encima del agua… ¿Por qué lo había hecho? Intentaba buscar una respuesta, pero era incapaz de encontrarla.

Alzó la mirada, desesperado, observando la orilla desierta. Recordó cuando abrió los ojos y se encontró en un lugar muy parecido. Recordó la incertidumbre y el miedo… ¿Cuánto tiempo había pasado? En un impulso, volvió a coger los remos, dirigiéndose a esa orilla. Necesitaba pisar tierra firme. Necesitaba estar en un lugar que no fuese aquella caverna vigilada por Cerbero. No pudo evitar sentir una oleada de alivio cuando por fin salió de la barca.

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Comenzó a andar, dejando atrás el bote, queriendo así olvidar aquel trabajo que se había visto obligado a aceptar. ¿Era mucho pedir tranquilidad y paz? Eso significaba la muerte, ¿no? Suspiró, sabiendo que todas esas preguntas no tenían respuestas. Por eso, siguió caminando por la orilla, dejando que el sonido del agua lo envolviera. Sin embargo, una roca grande llamó su atención. Se acercó a ella, observando que habían sido trazados cientos de líneas. Pasó las yemas de los dedos por ellas, notando la rugosidad.

«¿Te interesa saber qué son?»

Se sobresaltó al escuchar una voz detrás. Se dio la vuelta, encontrándose a un muchacho más alto que le sonreía. Vio cómo se acercaba, cogía una pequeña piedra que había en el suelo y trazaba otra línea.

«Cada línea representa un día. Lo hago para no perder la cuenta del tiempo que llevo aquí».

«¿No ha venido Caronte a por ti?»

«Estás en el Cocito, la gente que hay aquí son todos aquellos que no tienen dinero para pagar a Caronte».

De pronto, entendió su situación. Lo miró de nuevo, observando cómo su rostro parecía estar sin vida. El muchacho volvió a sonreír, apretando la piedra entre sus manos.

«Vagar por toda la eternidad tampoco está tan mal».

Pero, por supuesto, no le creyó. Su voz sonaba triste. Demasiado triste. Su sonrisa no mostraba felicidad, al contrario, estaba llena de amargura. El chico se sentó, apontocando su espalda sobre la piedra y llevando las piernas al pecho, abrazándolas, clavando la mirada en el río Cocito.

«No me importa vagar eternamente… Hay castigos mucho peores, como olvidar quién eres, ¿no crees? Al menos yo sé quién soy y quién fui. Tengo mis recuerdos que me acompañan siempre… Hay muchos que son condenados a estar en el río Lete, ¿sabes lo que significa eso? Olvido. Si bebes de sus aguas, olvidas quien eres… No. No se está tan mal aquí».

¿Por qué tenía una persona que quedarse vagando aquí solo por no tener una mísera moneda? Era algo que no conseguía entender. ¿Acaso la muerte no los convertía a todos en iguales?

«Yo puedo ayudarte. Puedo llevarte y que pongas fin a todo esto».

De pronto, se vio de nuevo montado en la barca, remando junto con ese muchacho que miraba la orilla mientras sus manos agarraban con fuerza la piedra. Y, por primera vez desde que llegó al Inframundo, sonrió. Por fin sintió que estaba haciendo algo bien. ¿Qué podría haber de malo en eso?

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El juicio del fin

Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto había pasado desde que se había subido a esa barca y había empezado a remar, observando a Caronte, quien lo escrutaba con la mirada, sonriendo de vez en cuando, mientras que una espesa niebla los rodeaba.

Al cabo de unos instantes, su mente se quedó en blanco al ver la entrada al Inframundo, donde la niebla empezaba a disiparse. La barca entró en aquella caverna flanqueada a ambos lados por dos estatuas cuyos rostros estaban ya corrompidos debido al paso del tiempo. Apenas pudo asimilar lo que estaba pasando cuando vio a un gran perro, con  tres cabezas, mostrando todos los dientes, mirándolo con sus seis ojos amarillos y dejando ver su cola que siseaba, pues era una serpiente. Su cuerpo temblaba y, aún así, se obligó a seguir remando.

En algún momento, Caronte le había hecho bajar de la barca, dejándolo solo mientras él seguía con su trabajo. Paseó la mirada por el lugar. Pudo ver los distintos ríos que había en el Inframundo. Pudo sentir cómo los ojos de Cerbero estaban puestos en él.

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Observó la escalera de piedra que estaba justo en frente y que conducía a una puerta enorme. Suponía que ese era su destino, así que decidió acabar con todo de una vez. ¿Qué habría detrás?

Cerró los ojos mientras sus manos empujaban con fuerza, abriéndola. Una brisa gélida lo golpeó, haciendo que contuviese la respiración por unos momentos. Pero no pasó nada más. Poco a poco, fue abriéndolos. Le sorprendió ver un patio enorme, rodeado por los distintos ríos y, justo detrás, un enorme palacio de color oscuro. En el centro del patio, habían tres tronos donde se encontraban sentados tres hombres mayores vestidos con túnicas blancas. El que estaba sentado a la derecha se levantó, sin apartar la mirada.

«Bienvenido al Hades. Me llamo Radamantis y juzgaré tu alma».

De pronto, recuerdos de su vida empezaron a inundar su mente. Se llevó las manos a la cabeza, notando cómo el dolor empezaba a golpear su cuerpo. Se dejó caer al suelo, ahogando un grito. Alzó la mirada, dispuesto a suplicar que parase pero ya no estaba en ese patio. Al contrario, estaba en su casa, rodeado de su familia. No pudo evitar sonreír hasta que se dio cuenta de que todos ellos estaban cubiertos de sangre. Empezaba a sentir que le faltaba el aire. Alargó su mano, tocando la de su madre mano, notando que estaba fría.

«Los he matado».

Y allí estaba Radamantis, justo en frente, mirándolo con su rostro marcado por la edad, sin expresión alguna. De nuevo, las imágenes empezaron a aparecer en sus retinas, los sonidos empezaron a penetrar en sus oídos. Podía ver cómo aquel hombre había matado uno a uno a cada miembro de su familia. Podía escuchar sus gritos desesperados, sus súplicas.

Todo cesó en unos segundos y lo único que vio fue un cuchillo tendido ante él.

 «¿Me matarás?»

Su cuerpo no respondía, tan solo miraba con los ojos llenos de lágrimas a Radamantis,  mientras que un dolor en el pecho empezaba a consumirlo, y la rabia y el odio se mezclaban con su sangre, recorriendo todo su cuerpo. Se fijó en el cuchillo que cayó al suelo, justo delante. Se quedó mirándolo por unos instantes sin entender nada. Podía matarlo. Podría dejarse llevar y vengar a su familia. Cogió el mango y lo apretó con fuerza… Pero fue incapaz de levantarlo.

No. No eres capaz.

Escuchó un chasquido y volvió a la realidad. Volvió a estar en ese patio. Ya no había ningún cuchillo delante, solo Radamantis.

«Interesante. Déjame explicarte. Esto ha sido una prueba para juzgar tu alma a través de tus acciones. Tu familia está bien. Creo que no mereces ser devuelto a los Campos de Asfódelos tan pronto. Tampoco mereces que te envíe al Tártaro… Ya sé. Harás un pequeño trabajo para purgar tu alma y luego… decidiré».

Y así fue cómo, después de ese juicio, se vio a sí mismo montado en una barca, remando, saliendo del Inframundo bajo la atenta mirada de Cerbero, quién le mostró sus fauces cuando pasó a su lado. ¿Su trabajo? Llevar almas al Inframundo. ¿Qué le depararía su próximo juicio? ¿Llegaría a descansar alguna vez?

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El principio del fin

Escuchaba las voces de su familia, suplicando que luchase, que resistiera un poco más, pero se sentía demasiado cansado para prolongar aquella llama en su interior que lo mantenía con vida. Lo último que supo antes de abalanzarse a los brazos de la muerte fue que su madre le cogía con fuerza las manos, dejando algo entre ellas.

Abrió los ojos, descubriendo un cielo lleno de nubes oscuras, sin ninguna estrella, ni rastro de luna; sentía que sus pulmones ardían, como si hubiese sido privado de oxígeno durante mucho tiempo. Respiró con dificultad mientras sus manos se cerraban en puños, notando que algo se clavaba en su piel. Las abrió y vio aquella moneda de oro que su madre le había dado.

Se incorporó, dándose cuenta de que no estaba solo. Había más gente sentada en la arena, cerca de la orilla de lo que parecía una laguna. ¿Qué había pasado? Sabía que había muerto. Lo sabía. Y, sin embargo, ¿en qué lugar estaba?

«Ya viene».

La gente empezó a acumularse en la orilla de la laguna. Fijó la mirada más allá de todas esas personas, dándose cuenta de la presencia de una pequeña barca en la cual se alzaba lo que parecía ser un hombre mayor. La gente clamaba por su vuelta, se empujaban entre ellos queriendo alcanzar aquella barca. No entendía esa actitud. No entendía por qué aquel señor los observaba a cada uno de ellos, escrudiñando tal vez quienes eran los aptos para el próximo viaje. Desvió la mirada al escuchar los gritos de un hombre siendo golpeado por ese ser.

«Tú, el chico de atrás».

De pronto, se sintió observado por cientos de ojos. Poco a poco, volvió a clavar sus ojos en esas personas, comprendiendo que era el objetivo de todas esas miradas llenas de recelo, odio. Vio a aquel señor hacer un gesto con la mano, indicando que se acercase. Su mente le gritaba que no lo hiciera pero su cuerpo empezó a moverse sin voluntad propia, obedeciendo la orden impuesta.

Sintió el agua fría en sus piernas al entrar en la laguna. Sintió escalofríos en todo su cuerpo al encontrarse mirando a aquel señor desde abajo, a tan poca distancia. Pudo ver cada hueso del esqueleto que su ropa rota dejaba entrever. Pudo ver los estragos de la edad en el pelo blanco que tenía, en las arrugas de su rostro demacrado, que parecía más una calavera. Su cuerpo entero temblaba de miedo.

«¿Tienes el dinero para tu viaje hacia el Inframundo?»

Fue entonces cuando sintió que algo quemaba la palma de su mano. La abrió, observando la moneda que su madre le había dado. Escuchó una risa que hizo que se encogiera sobre sí mismo. Cerró los ojos, quizás esperando algún golpe. Pero nada pasó. Los abrió, encontrándose con la mano huesuda de aquel ser.

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«Nos espera un largo viaje».

Lo siguiente que supo fue que estaba viajando con Caronte, así se había llamado, remando en aquella barca por las aguas de la laguna Estigia para llegar al Inframundo. Y después, ¿qué sería de él?

Never More

The sky was dark grey. From time to time, some deafening noises could be heard, followed by a sudden blinding light provoked by the lightnings. Heavy rain battered against his body, so his clothes weighted more, making his purpose of fleeing more difficult. The path was bordered by trees, whose branches were naked, whose roots came from the floor and invaded it. His heartbeats echoed in his ears. He could even feel his pulse.

«You promised».

His feet were numb and he fell on the floor. A moan let out his lips. He could not help starting to cry, mixing his tears with the rain. He could feel how the rain soaked his clothes, how mud stuck to his body, how the wet soil penetrated into his nostrils. He felt his throat burning due to the lack of air. He put his hand on his chest, feeling the pounding of his heart out of control due to hear that voice again. He wanted to get up while he looked around, trying to focus beyond the rain, trying to look for the person who had talked.

The sound of something metallic being dragged on the ground sending shivers down his spine. He felt cold. And he knew that it was not because of the rain. Little by little, he turned back. At the beginning, he did not see anything until, after a lightning, he could distinguish a figure in the distance that was dressed with a black tunic and his face was hidden.

It was in that moment when he heard a caw. He looked ahead again, looking that raven that was just in front of him, looking at him with its black eyes. He was paralyzed and his throat was dry. For some moments, he felt like if those black eyes had hypnotized him, until the sound of that metal being dragged could be heard closer. The raven cawed again and then, flew, leaving him all alone while the sound of death could be heard over the sound of the rain.

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«Why do you flee?»

The fear invaded his soul, so he stood up and started to run. He did not want to look back, he did not want to see what that thing, that followed him, was. He ran looking ahead, realizing that a fine mist started to appear, obscuring the horizon. He stopped and put his hands over his head, falling on the floor again, in front of the lake’s edge that put an end to the path. He could see how the water was dark grey.

For a moment, he retained his breathing, waiting to hear that sound, waiting to feel the same cold freezing his body. However, he just listened to the sound of the rain. He closed his eyes, crying in silence. What happened? What did that monster mean?

He opened his eyes, being aware of his own reflection in the lake. He moved closer, seeing his dry hair that was on his forehead, his gaunt face, the blood’s trail on his cheek, more blood in his mouth… Blood? He opened his eyes, his body started to tremble. He put his trembling fingers in the surface of water, to the exact point where his face was and, he realized that his hands were stained with blood. He gasped when he saw both hands stained of the scarlet liquid. His eyes looked around, looking for an answer, but he only saw darkness in that stormy day.

«Remember».

His entire body trembled. The tears fell from his cheeks while his heart beat faster. He tried to shout, but no sound left his mouth. He tried to run, but his legs did not respond. A lightning lighted up the place and, some images about a lifeless body, stained of blood, came to his mind. He saw something metallic stuck in that body, he could even smell the blood and the stench of death.

No!

He started to feel short of breath when he looked at the lake again, while his eyes focused on his reflection. A reflection that gave an image that he did not know: since when had he had those marks that looked like scratches under his eyes? Since when were his eyes so dark that looked like black? Since when did he smile, licking his lips for savouring the blood?

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He shouted. He let that the heartbreaking pain that he felt deep inside escaped through his throat. He let that the pain and the confusion took the control over him. He did not understand. Was it real? He listened to the raven’s caw again. He could see in the reflection how there was a cycle of ravens flying over his head. Then, he knew it. He knew that the only monster was him.

«Finally you realised».

He turned back, watching the figure with the black hood just in front of him. He could not see the face, but he could see indeed that his hands were pale and that, in one of his hands, took a rusted axe. As he could, he stepped back, trying to escape from that laugh so familiar, getting into the lake.

«You cannot run away from me».

And, that was the moment when something grabbed him, he slipped on his back in the lake and he was dragged inside the lake. He tried to escape, but he couldn’t. He could only see how the surface of the water was farer, how darkness devoured him deep inside and his lungs burned due to oxygen deficiency. He felt arms around him and, the last thing that he saw was that black hood, which mixed itself to the darkness that surrounded him.

«Remember that you said that we’ll always be together».

And he remembered. He remembered being cuddled by those same arms many times. He remembered happiness and laughs. He remembered his broken heart as well. He remembered an axe. He remembered seeing the body of the only person that he loved lying on the floor.

«I’ve come to take you with me».

He felt that his conscious abandoned him while the air escaped from his lungs turning into bubbles. Would he be able to be free from the torment that he felt deep inside when death used its scythe?

«Never more».

 

Nunca más

El cielo estaba pintado de gris oscuro. De vez en cuando, sonidos ensordecedores se escuchaban acompañados por una repentina luz cegadora provocada por los relámpagos. La lluvia caía con fuerza sobre su cuerpo, de tal modo que su ropa pesó aún más, dificultando así su propósito de huir por el camino que se extendía ante sus ojos, bordeado de árboles cuyas ramas estaban desnudas, cuyas raíces se salían del suelo e irrumpían en el sendero. Los latidos de su corazón resonaban en sus oídos con fuerza. Podía sentir incluso su pulso sanguíneo.

«Lo prometiste».

Le fallaron las piernas y cayó al suelo. Un quejido se escapó de entre sus labios. No pudo evitar empezar a llorar, mezclándose sus lágrimas con la lluvia. Podía sentir cómo la lluvia calaba su ropa, cómo el barro se pegaba a su cuerpo, cómo el olor a tierra mojada penetraba en sus fosas nasales. Sintió su garganta arder por la falta de aire. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el martilleo desbocado de su corazón por el hecho de volver a escuchar esa voz. Quiso incorporarse mientras miraba a su alrededor, intentando fijar la vista más allá de la lluvia, intentando buscar a la persona que le había hablado.

El sonido de algo metálico siendo arrastrado por el suelo provocó que un escalofrío le recorriera la columna vertebral. Sintió frío, mucho frío. Y sabía que no tenía nada que ver con el hecho de que se encontraba bajo la lluvia. Poco a poco, se dio la vuelta. Al principio no vio nada hasta que, tras un relámpago, pudo distinguir una figura a lo lejos que vestía una túnica negra ocultándole el rostro.

Fue en ese momento cuando escuchó un graznido. Volvió a mirar al frente, observando aquel cuervo que se había posado justo delante de él, mirándolo fijamente con sus ojos negros. Se quedó paralizado y la garganta se le iba secando poco a poco. Por unos instantes, se sintió hipnotizado ante aquellos ojos negros hasta que el sonido de aquel metal siendo arrastrado empezó a escucharse más y más cerca. El cuervo graznó de nuevo y voló, dejándolo allí tirado mientras el sonido de la muerte empezaba a oírse por encima de la lluvia.

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«¿Por qué huyes?»

El miedo inundó su alma, así que se puso en pie y empezó a correr. No quería mirar atrás, no quería ver qué era lo que lo perseguía. Tan solo corría mirando hacia delante, dándose cuenta de que una fina bruma empezaba a aparecer, nublando el horizonte. Dejó de correr y se llevó las manos a la cabeza, volviendo a caer al suelo, justo delante de la orilla de aquel estanque que marcaba el fin. Podía ver cómo las aguas se habían tornado de un color gris oscuro.

Por un momento, contuvo la respiración, esperando oír aquel sonido, esperando sentir el mismo frío helando cada fibra de su ser. Pero tan solo escuchó el sonido de la lluvia. Cerró los ojos con fuerza, llorando en silencio. ¿Qué había pasado? ¿Qué significaba aquel monstruo?

Abrió los ojos, dándose cuenta de su reflejo en el estanque. Se acercó poco a poco, el pelo húmedo que se pegaba sobre su frente, su rostro demacrado, aquel rastro de sangre en su mejilla, más sangre sobre su boca… ¿Sangre? Abrió los ojos, sintiendo temblar todo su cuerpo. Llevó sus dedos temblorosos a la superficie del agua, justo donde se encontraba su rostro y fue cuando se dio cuenta de que sus manos estaban manchadas de sangre. Ahogó un grito al descubrirse ambas manos cubiertas de aquel líquido escarlata. Sus ojos miraban a todos lados, buscando alguna respuesta escrita en algún lugar, pero solo vio la oscuridad de aquel día tormentoso.

«Recuerda».

Su cuerpo entero temblaba. Las lágrimas caían por sus mejillas mientras el corazón le latía con fuerza en el pecho. Intentó gritar pero ningún sonido salió de su boca. Intentó correr pero sus piernas no le respondían. Un relámpago iluminó aquel lugar, e imágenes de un cuerpo inerte, manchado de sangre, llegaron a sus retinas. Vio algo metálico clavado en el pecho de aquel cuerpo, pudo incluso oler la sangre y el hedor a muerte. Escuchó una risa. Una risa que conocía pues era la suya propia.

¡No!

Empezó a respirar con dificultad cuando volvió a ver aquel estanque, mientras fijaba los ojos en su reflejo. Un reflejo que le devolvió una imagen que no conocía: ¿desde cuándo tenía aquellas marcas parecidas a arañazos debajo de los ojos? ¿Desde cuándo sus ojos se habían vuelto de un color tan oscuro que parecían negros? ¿Desde cuándo sonreía, pasando la lengua por encima de sus labios para saborear la sangre?

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Gritó. Dejó que aquel dolor desgarrador que lo estaba carcomiendo por dentro saliese de su garganta. Dejó que el miedo y la confusión se adueñaran de su cuerpo. No entendía nada. ¿Eso era él? Volvió a escuchar los graznidos del cuervo de fondo. Pudo ver cómo justo encima de su reflejo, se formaba un círculo de varios cuervos que volaban por encima de su cabeza. Y entonces lo supo. Supo que el único monstruo era él.

«Al fin te das cuenta».

Se dio la vuelta, observando a aquella figura con la capucha negra justo delante. No podía verle la cara pero sí pudo ver que sus manos eran de una tez pálida y que, en una de ellas, llevaba un hacha oxidada. Como pudo, caminó hacia atrás, intentando huir de aquella risa que se le hacía tan familiar, metiéndose en el estanque.

«No puedes huir de mí».

Y fue en ese momento cuando algo tiró de su cuerpo, haciendo que cayera de espaldas al estanque y lo arrastrase. Intentó zafarse de aquel agarre pero no pudo. Tan solo pudo ver cómo la superficie del agua se iba alejando más y más, que la oscuridad lo engullía en su interior y sus pulmones ardían debido a la falta de oxígeno. Sintió unos brazos abrazándolo y lo último que vio fue aquella capucha negra que se mezclaba con la oscuridad que había a su alrededor.

«Recuerda que dijiste que siempre estaríamos juntos».

Y recordó. Recordó ser abrazado por esos mismos brazos muchas veces. Recordó felicidad y risas. Recordó también su corazón roto. Recordó un hacha. Recordó ver el cuerpo de la única persona que había amado yacer en el suelo.

«He venido a llevarte conmigo».

Sintió que poco a poco lo dejaba la consciencia mientras dejaba que el poco aire que le quedaba se escapase de su boca en forma de burbujas. ¿Conseguiría al menos librarse de ese tormento que había en su interior una vez que la muerte acabara usando su guadaña?

«Nunca más».