The last act of kindness

He gave up rowing, and the boat was being rocked by the river, driving him without direction. His eyes looked at the dark waters while he wondered why he had to give up for fighting for his life. His mother’s smiles started to invade his memories, his father’s laughs started to be listened over the sound of the water… why had he done that? He tried to look for an answer, but he was not able to find it.

He raised his sight, hopeless, looking at the empty edge. He remembered when he opened his eyes for the first time and found himself in a place like that. He remembered the doubts and the fear… how long it had been since he was there? A suddenly he felt an impulse, and he started to row in order to arrive at the edge. He needed to walk on land. He needed to be in a place that was not that cave guarded by Cerberus. He could not help but feel relief when he was out of the boat.

the_river

He started to walk, leaving behind the boat, wanting to forget the work that he was obligated to accept. Was peace really hard to find? That meant to be dead, right? He sighed, knowing that all those questions did not have answers. So, he kept walking on the edge, with the sound of the water surrounding him. Nevertheless, a big rock called his attention. He got close to it, realizing the thousands of lines that were on it. He touched it, noticing the rugosity.

«Are you interested in the meaning of the lines?»

He startled at the sound of that voice behind him. He turned back, finding a young man out who smiled and was taller than him. The boy got closer, took a stone and drew another line on the rock.

«Each line represents a day. I do this in order to count the days since I arrive here».

«Caronte has not come yet?»

«You are in Cocytus, the people that you find in this river are those who do not have the amount of money in order to pay Caronte».

Suddenly, he understood the situation. He looked at him again, realizing how his face looked like it was dead. The young man smiled again, squeezing the stone in his hand.

«Wandering for eternity is not as bad as it sounds».

However, he did not believe him. His voice sounded sad. Too sad. His smile did not show any kind of happiness, in fact, it was full bitterness. The young man sat, putting his back on the rock, hugging his long legs, staring Cocytus’ river.

«I do not care if I have to wander eternally… There are worse punishments than this, like forgetting who you are, isn’t it? At least, I know who I am and who I was. I have my own memories that are by my side, no matter what… There are a lot of people who are condemned to star at Lethe’s river, do you know what it means? Oblivion. If you drink of its waters, you forget who you are… No. It is not so bad to stay here».

Why had people to stay here, wandering, just because they did noy have a coin? That was something that he could not understand. Perhaps death did not turn people into equals.

«I can help you. I can take you there so you can put an end to everything».

Suddenly, he was again on the boat, rowing with that guy who looked at the edge while his hands squeezing the stone. And, for the first time since he came to the Underground, he smiled. Finally, he felt that he was doing something good. What could be wrong with that?

Image by nighty

Anuncios

La venganza del cuervo blanco

Las vacaciones de verano habían llegado y Margaret había decidido llevar a sus dos hijos al pueblo donde vivía su suegra, a pesar de que esta le había dicho que no quería verlos ese año. Había hecho oídos sordos, pues “son tus nietos, quieren verte, están en su derecho.” La anciana tan solo le había dicho: “tú no lo entiendes”.

A Margaret le sorprendió no ver a casi nadie por las calles del pueblo: ¿y los niños jugando en la calle? Eran las ocho de la tarde, ¿por qué los parques estaban desiertos?

—Mamá, ¿por qué no hay nadie? –preguntó Eric, su hijo mayor de siete años.

—Supongo que se habrán ido de vacaciones.

Aparcó el coche al final de calle. La madre sacó las mochilas cargadas de ropa del maletero mientras sus hijos miraban a su alrededor. Nunca habían estado en el pueblo de su abuela, esta nunca había querido que fueran. Su madre, harta por la situación, había decidido ponerle punto y final a las tonterías de esa anciana.

—Mamá, ¿por qué esa casa es negra? –preguntó Henry, el pequeño.

Margaret miró hacia donde su hijo señalaba con su pequeño dedo. Una casa oscura, con un tejado roto y dos árboles grandes, levantándose a ambos lados, cuyas ramas estaban llenas de cuervos, que los miraban fijamente.Un escalofrío recorrió su espalda. Un coche paró justo delante de ellos, bajando la ventanilla, dejando ver a un señor con el rostro pintado de preocupación.

—Señora, ¡usted no es de aquí! ¿Qué hace? ¿Por qué los ha traído? ¡Hoy es luna llena! ¡Váyase! ¡Lléveselos! ¡Póngalos a salvo!

Margaret no entendió nada. Empezaba a comprender por qué su marido había huido de ese lugar y no había querido hablar nunca más de él. Tocó varias veces a la puerta ya que no recibía respuesta alguna. Tras varios minutos de insistir, la anciana la abrió. Su rostro marcado por los estragos de la edad y sus ojos vacíos hicieron que le volviera a dar un escalofrío. Carla, la abuela, no pudo más que dejarles pasar, mirando a cada uno de sus nietos, preguntándose qué iba a ser de ellos. ¿Los dejaría en paz? Sonrió. Conocía la respuesta.

La noche llegó: la luna llena iluminaba todo el pueblo, sin dejar ver ningún rastro de estrellas. Margaret había acostado a los niños y se dispuso a dormir. Le dio las buenas noches a Carla, quien había decidido quedarse levantada viendo la televisión.

—Margaret, ¿te has despedido de ellos?

—Les he dado las buenas noches.

—Bueno, supongo que viene a ser más de lo mismo –no vio el rostro de Carla, pero volvió a sentir un escalofrío recorriendo toda su columna. Ya iban tres en el mismo día.

Eric y Henry dormían mientras que la luz de la luna los bañaba a través de la ventana. Todo parecía tranquilo hasta que un sonido en la ventana despertó al más pequeño. Se incorporó y observó lo que había al otro lado. Sonrió, sintiendo la emoción recorrer cada fibra de su cuerpo. No tardó en levantarse y salir de ese cuarto y de esa casa, sin ser visto por nadie… o eso pensaba.

Margaret, ajena a lo que su hijo había hecho, dormía plácidamente, hasta que sintió que la sacudían. Abrió los ojos, encontrándose con Eric, quien la miraba con preocupación. Le dijo que Henry había desaparecido. Alarmada, salió de la cama, sintiendo que el corazón le latía con mucha rapidez, haciendo que su pecho doliera. Al salir al pasillo, vio la puerta abierta y se temió lo peor.

—¡Carla! ¡Ayúdame a buscar a Henry! –gritó, mirando a su suegra que seguía meciéndose, con los ojos cerrados.

—Ya es tarde.

—¿A qué te refieres?

—Te despediste de él, ¿no? Si no me crees, solo ve a la casa oscura.

Sabía a lo que se refería, la había visto esa tarde.

Salió corriendo, seguida por Eric, que le pedía que lo esperase. Le había pedido que se quedase en casa pero le había dicho que tenía miedo, así que no tuvo más remedio que llevarlo con él. La verja de la casa estaba abierta. Margaret entró sin dudar, llamando a Henry, sin importarle despertar a nadie… aunque parecía que a nadie le importaba los gritos desesperados de una madre por su hijo. Fue entonces cuando la luna iluminó el suelo, dejando ver el pijama de Henry al pie de unos de los árboles.

—¿Henry? ¡¡¿¿Dónde estás??!!

—Mamá, yo también quiero jugar con ellos –dijo Eric, sonriendo, sintiendo la emoción de un nuevo juego recorrer todo su cuerpo.

Margaret no entendía lo que decía su hijo. Tan solo vio que señalaba la copa del árbol que estaba llena de cuervos que los miraban atentamente.

arbol_cuervos_y_luna_muralesyvinilos_3070523

—¿Qué dices?

—Mamá, Henry está ahí. –Eric señaló una rama, concretamente a un cuervo.

—Eric, ¿qué estás diciendo? ¡Tenemos que seguir buscando a tu hermano!

Donde Margaret solo veía cuervos, Eric veía a pequeños niños sobre los árboles, riendo. Fue entonces cuando el pequeño Henry lo miró, con los ojos en blanco y una sonrisa torcida.

—Eric, mañana iré a por ti.

La adrenalina llenaba cada fibra de su ser, haciendo que sonriera.

—¡Sí! ¡Juguemos mañana!

Mientras tanto, los vecinos que vivían en esa calle, miraban aliviados la escena: sus hijos no habían sido las víctimas esa noche.

Carla, desde la ventana del salón, dejó que las lágrimas salieran de sus ojos. No importaba la distancia, podía ver la figura que se erguía detrás de una de las ventanas de esa casa negra: una mujer joven, con el pelo blanco y los ojos rojos, observaba a los dos intrusos que habían entrado en su propiedad. Se llevó una de las manos llenas de sangre a los labios, lamiendo uno de sus dedos y sonriendo…

Cuenta la leyenda que una bruja consiguió escapar de la caza en un pueblo cerca de Salem y juró vengarse, maldiciendo así a todos los habitantes para que no puedan escapar. Una noche, los niños empezaron a desaparecer después de que un cuervo blanco se posase en su ventana, llamando su atención.  La cantidad de cuervos aumentaba en el pueblo y los niños desaparecían. Los vecinos se dieron cuenta de que ocurría las noches de luna llena, a las que llamaron “la noche de la venganza del cuervo blanco.”

 

 Fuente: Google Imágenes

** Este relato está inspirado en el episodio 3 de la 5º temporada del anime Yami Shibai.

 

 

Lilith

La lluvia caía sin cesar y aquella niña seguía esperando a que alguien la recogiera del colegio. No era la primera vez que se olvidaban de ella y, aún así, no podía evitar el hecho de sentirse triste. Siempre disimulaba no importarle con una sonrisa radiante, aunque por dentro lo único que hiciese fuese llorar. Al cabo de un rato, su madre apareció, recién salida de una reunión, excusa que ya había escuchado muchas veces. La niña tan solo asintió al mismo tiempo que sonreía, sentándose en el asiento de atrás. Durante todo el trayecto mantuvo la mirada fija en el paisaje, sin querer pensar en nada.

Algo llamó su atención en el contenedor de la esquina de su casa. Se bajó del coche cuando la madre fue a encerrarlo, escuchando sus quejas y preguntas… pero la niña corrió sin detenerse, expectante ante lo que había visto. Por fin una sonrisa sincera dibujó su rostro al ver la muñeca más bonita que jamás había visto. La cogió sin dudar, llevándosela al pecho, abrazándola con fuerza. La madre, reticente al principio, denominando a la muñeca como “basura”, dejó que se la quedase, consiguiendo el perdón de su hija por su retraso.

La niña limpió la muñeca, lavó su ropa y cepilló su pelo negro. No se había equivocado: aquella era la muñeca más bonita que había visto en su vida, incluso su madre le dio la razón.

il_570xN.433773487_t03c

—A partir de ahora estaremos siempre juntas. Te llamarás Lilith.

Y así, la niña y Lilith se hicieron inseparables: dormían juntas, le leía libros, veían películas, se la llevaba al colegio haciendo que los retrasos de su madre no le importasen. Y es que, después de todo, Lilith se había convertido en su mejor amiga.

Pero no todo fue color de rosa en esta amistad, pues cuando la niña cumplió doce años, empezó a olvidarse poco a poco de Lilith, hasta que, tres años después acabó metiéndola en una caja, junto con más juguetes, y la llevó al húmedo y frío desván, olvidándose así de la que había sido su mejor amiga durante años, pues ya era toda una adolescente, había hecho amigas de carne y hueso y alegaba que “ya no necesitaba muñecas”.

El tiempo pasaba y apenas quedaban recuerdos de Lilith en la memoria de esta chica. Poco a poco, el miedo inundaba su mente por las noches, pues se escuchaban sonidos sordos procedentes del desván, incluso a veces llegaba a escuchar que susurraban su nombre, acompañado de llantos. Se lo había comentado a su madre y esta solo le había dicho que eran imaginaciones suyas. Había intentado convencerse de que así era, pero los ruidos no cesaban y los llantos tampoco.

Una noche se armó de valor, cogió su móvil y un paraguas para defenderse, y subió al desván, conteniendo el aliento con cada paso que daba. Su mano, temblorosa, se apoyó en el marco de la puerta que cedió de inmediato. Gracias a la luz del móvil, alumbró el lugar… pero allí no había nada, solo cajas y cajas con mucho polvo encima.

De pronto, Lilith vino a su mente. Dejó el paraguas en el suelo y se acercó a las cajas, observando cada una de ellas, buscando a su preciada muñeca… hasta que la puerta del desván se cerró de golpe, haciendo que un grito se escapase de sus labios. Empezó a temblar, sintiendo mucho frío. Cogió su móvil, dispuesta a irse de allí. Pero alguien bloqueaba la entrada. Sus ojos se abrieron, anegados de lágrimas por el terror que empezó a sentir en su interior. Empezó a caminar hacia atrás, chocando con cajas, cayendo al suelo. Delante de la puerta, estaba Lilith, pero era de carne y hueso, con la tez pálida, el pelo negro largo cayendo por su espalda como una cascada, su vestido arrugado y sus ojos sin vida. La muñeca sonrió, mostrando unos dientes blancos, y empezó a caminar hacia la pobre chica que seguía tirada en el suelo, sin poder reaccionar.

—Por fin has venido a verme. ¿Me has escuchado llorar? ¿Has escuchado mis súplicas para que vinieras a por mí? –la chica intentó retroceder, buscando algo que tuviera cerca para poder defenderse al ver que las manos de Lilith se habían convertido en garras-. No te preocupes, nunca más estaré sola, nunca más nadie me abandonará – Lilith se acuclilló delante de ella, sin dejar de sonreír en ningún momento, riéndose al ver las lágrimas de la pobre niña-.Tú lo dijiste, ¿recuerdas? A partir de ahora estaremos siempre juntas.

Un grito se escuchó por toda la casa.

Los padres se despertaron asustados. Al llegar al cuarto de su hija vieron que había desaparecido. Su madre se dio cuenta de que la puerta del desván estaba abierta. Cuando llegaron allí, lo único que vieron fue el paraguas de su hija olvidado en el suelo y, un poco más adelante, dos muñecas tiradas en el suelo, una sujetando de la mano a la otra. La madre reconoció en seguida a Lilith, cuyo rostro mostraba una sonrisa, mientras que la otra muñeca reflejaba miedo y su cara estaba bañada de lágrimas. Ambos se dieron cuenta de un pequeño detalle: esta llevaba el mismo pijama que su hija.

Fuente: Google Imágenes

Monstruos

¿Alguna vez has pensado si los monstruos existen? Yo nunca lo había hecho. Aunque es cierto que nunca me gustó dormir con las puertas del armario abiertas y que, alguna que otra vez, he mirado debajo de la cama antes de tumbarme sobre ella y decirle hola a Morfeo. Aún así, mi parte racional siempre se preguntaba cómo iban a existir esas criaturas. Y, sin embargo, siempre que la luz se apagaba, me imaginaba un cuerpo demacrado, arrastrándose por el suelo de mi habitación, viniendo hacia mí, deseando mi muerte. Una vez me pregunté por qué mirábamos bajo la cama, ¿acaso no cabría la posibilidad de que algo cayera del techo cuando todo estuviera en penumbra? Y, desde ese momento, siempre que estoy postrada en la cama, con los ojos abiertos, envuelta en la oscuridad de mi habitación, no puedo dejar de imaginarme que hay una boca enorme encima, acercándose poco a poco, queriendo hincar sus dientes en mí.

A pesar de todos esos pensamientos, nunca he creído que los monstruos existieran… hasta hace poco. ¿Por qué cuando pensamos en esa palabra lo primero que se nos viene a la cabeza son ese tipo de imágenes? ¿Por qué buscamos lo sobrenatural? No lo sé, pero ahora sí sé que existen. No, no busquéis ninguna criatura que se arrastre deseando acabar con vuestra vida. No, tampoco busquéis ninguna boca gigante deseando comeros. Tan solo hay que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que estamos rodeados de ellos, pues somos los mismos humanos los principales monstruos de este mundo: recuerda todas las guerras que hemos pasado y estamos viviendo, el afán de hacer daño a los más débiles, a los que no pueden defenderse, la gloria que supone el destruir todo lo que tenemos a nuestro alrededor, los vítores que recibe el más fuerte tras causarle la muerte a otro ser vivo.

Los humanos se caracterizan por su parte racional. Déjame decirte que eso es mentira, pues la oscuridad vive en cada uno de nosotros, convirtiéndonos en monstruos. Podemos querer huir de esa oscuridad, podemos sucumbir, podemos vivir con ella… pero nunca desaparecerá porque siempre estará ahí, paciente, acechando para apoderarse de nosotros.

Ahora dime, ¿qué harás con la oscuridad que hay en el interior de tu corazón? ¿Sucumbirás? ¿Huirás? No importa, solo déjame decirte una última cosa más: bienvenido al mundo de los monstruos.

The trial of the end

He had lost track of time. He did not know how long had passed since he was in that boat, rowing, looking at Caronte, who scrutinized him, smiling from time to time, while a dense fog surrounded them.

After a while, his mind went white when he saw the Underworld’s entrance, where the fog started to clear. The boat entered in that cave which was flanked with two statues, whose faces were already decayed due to the pass of time. Barely, he could assimilate what it was happening when he saw a big dog, with three heads, showing all his fangs, looking at him with his six yellow eyes and revealing his tail, which shushed because it was a snake. His body trembled and, yet he forced himself to keep rowing.

Caronte made him get off the boat, leaving him alone while he came back to his job. He looked at the place; he could see the different rivers that existed in the Underworld. He could feel how Cerbero’s eyes were on him.

underworld_by_jbrown67-d894efp

He observed the stone stair that was in front of him. It led to a large door. He supposed that this was his destiny, so he decided to put an end to everything. What was beyond that door?

He closed his eyes while his hands pushed the door, opening it. An icy breeze hit him so he held his breath for a moment. However, nothing happened. Little by little, he opened his eyes. He was surprised because he found a big patio, surrounded by the different rivers and, in the background; there was a dark, large palace. In the center of the patio, there were three thrones in which three old men, dressing white tunics, were sitting. The one, who was sitting at the right, stand up, without taking his eyes off him.

“Welcome to the Hades. I am Radamantis and I will judge your soul.”

Suddenly, his life’s memories started to invade his mind. He threw his hands up in horror, feeling how the pain started to punch his body. He fell down to the flood, resisting the urge to scream. He looked at him, ready for begging to stop, but he was no longer in that patio. Instead, he was at home, surrounded by his family. He could not help but smile until he realized that every one of them were covered by the blood. He started to feel the lack of oxygen. He tried to reach his mother, touching her hand, feeling that it was cold.

I have killed them.

Radamantis was there, in front of him, looking at him with his inexpressive face. Again, the images began to appear in his retinas, the sounds began to penetrate in his ears. He could see how that man had killed every member of his family. He could hear their hopeless screams, their requests.

Everything stopped and the only thing that he was able to see was the knife that was in front of him.

“Will you kill me?”

His body did not answer, he could only look at Radamantis with his eyes filled with tears while he felt heartbroken, he felt the anger and the hated mixing with his blood, going across his body. He focused on the knife that was in front of him. He looked at it for a moment without understanding anything. He could kill him. He could be carried long and got revenge. He took the handle… But he was not able to lift it.

No. You are not able to do it.

He heard a snap and came back to reality. He was again on the patio. There was no longer a knife in front of him, only Radamantis was there.

“Interesting. Let me explain. This was a test in order to judge your soul through your actions. Your family is ok. I think that you do not deserve to come back to the Asphodel Meadows so soon. You do not deserve to go to the Tartarus… Oh, I see. You will do a job in order to clean your soul and then… I will decide.”

This was how, after that trial, he was again in that boat, rowing, going out from the Underworld, under Cerbero’s look, which showed him his fangs. His work? Taking souls to the Underworld. What would it be his upcoming trial? Would he be able to rest?

Image by jbrown67

El fin

Sabía que estaban cerca del Inframundo, ya que la niebla empezaba a dispersarse. Se dio cuenta del temblor que sacudía el cuerpo del muchacho. ¿Había hecho bien? El recuerdo de todos aquellos trazos en la piedra le decía que sí. Lo único que tenía que hacer era que Radamantis lo juzgase. Un escalofrío recorrió su espalda al sentir la mirada de Cerbero, quien acto seguido no dudó en mostrar sus afilados dientes. El chico se sobresaltó al verlo y lo miró con preocupación. Intentó sonreír, queriendo así hacerle saber que todo iba bien… o eso deseaba pensar.

Los rugidos y ladridos de Cerbero se hacían eco por toda la entrada del Inframundo. Salió de la barca, ayudando al chico después. No pudo evitar recordar la primera vez que Caronte lo había dejado allí, solo, confuso. Colocó una mano sobre su hombro, llamando así su atención. Volvió a sonreír y le indicó con la mano la gran puerta que estaba delante.

—Tengo miedo, no debería haber aceptado. No tengo con qué pagarte. Caronte vuelve después de mucho tiempo a recoger a la gente que no tiene dinero, quizás debería haber esperado un poco más.

—Iré contigo si así te sientes más seguro.

El chico dudó durante unos momentos antes de asentir, con una sonrisa débil. Ambos empezaron a subir las grandes escaleras, quedando en frente de la puerta. Había algo que le preocupaba, quizás fuese la actitud agresiva de Cerbero, o quizás fuese el miedo del chico. Intentó despejar la mente mientras sus manos se apoyaban en la puerta y la abrían.

Todo seguía igual, tal y como lo recordaba: el patio enorme, los ríos, el palacio a lo lejos y los tronos. Sus ojos se posaron en Radamantis, quien se levantó y se acercó a ellos. Miró al chico, que dio un paso hacia atrás, queriendo huir de todo esto.

—Te traigo un alma para que la juzgues.

Radamantis los miraba a ambos, con el ceño fruncido. No recordaba aquella expresión seria en su rostro. No recordaba que el ambiente estuviese tan tenso cuando él fue juzgado.

—Oh, ya veo. Juzguemos, pues.

Miró al chico; se había quedado pálido y su cuerpo temblaba. Se dio cuenta de las lágrimas que empezaron a caer por sus mejillas. Sus piernas flaquearon y cayó al suelo a la vez que de sus labios se escapaban susurros pidiendo ayuda. Miró a Radamantis, cuyo rostro no mostraba ninguna expresión. En ese momento, el muchacho tomó una gran bocanada de aire, volviendo a la realidad. Intentó levantarse, pero sus piernas seguían sin responderle bien. Se arrodilló para ayudarlo, poniendo ambas manos sobre sus hombros.

—Eres un muchacho de buen corazón… Anda, toma un poco de agua.

Radamantis le ofreció un vaso de agua. El chico lo tomó con manos temblorosas; se lo llevó a la boca, bebiendo.

—Una pena que no hayas podido pagar tu viaje –el vaso cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos cuando el chico se llevó las manos a la cabeza–. Te condeno a pasar el resto de tus días vagando alrededor del río Lete, sin saber quién eres.

—¡¡No!! ¡¡Espera!! Caronte ha traído almas que no tenían dinero.

—Exacto. Caronte puede hacerlo, pero ¿quién te da derecho a ti a hacerlo? No eres nadie aquí, tan solo cumplías un pequeño trabajo para purgar tu alma y la has manchado aún más al desobedecer las normas… A ti te condeno al Tártaro.

Lo último que vio fue a ese pobre chico, cuyo único error había sido confiar en él, mirándolo sin saber quién era, ni dónde estaba, ni qué estaba pasando. Y, de pronto, ya no estaba en ese patio, sino en su casa, rodeado de su familia, cuyos cuerpos yacían inertes en el suelo, manchados de sangre. Miró su mano, donde sostenía un cuchillo manchado también de aquel líquido escarlata, donde se reflejaba el muchacho vagar por las orillas del río Lete, sin saber quién era.

—Tu condena va a ser revivir la prueba de tu primer juicio pero, esta vez, tú matarás a tu familia, y cada vez que mires el cuchillo, verás al pobre muchacho al que has condenado al infierno del olvido.

Y lo supo. Nunca descansaría en paz. Estaba condenado a vivir ese infierno para siempre jamás.

hell_by_ollisiponkoski-d3kddzb

Imagen por OlliSiponkoski


Para leer el resto de la historia:

  1. El principio del fin
  2. El juicio del fin
  3. El último acto de bondad

The beginning of the end

He heard the voices from the members of his family, begging for his fight, begging that he had to resist a little more, but he felt tired in order to prolong that flame in his deep inside that kept him alive. The last thing that he knew before falling into the death’s arms was that his mother took his hands, leaving something there.

He opened his eyes, discovering a sky full of dark clouds, without stars, without moon; he felt that his lungs burned, like if he had not been able to have oxygen for a long time. He breathed with clenched fists, noticing that something was being thrust into his skin. He opened his hands and watched that golden coin that his mother gave him.

He sat up, realizing that he was not alone. There were more people sat in the sand, close to the shore of what it looked like a lake. What happened? He knew that he was dead. He knew it. So, what was that place?

«He’s coming».

People started to gather on the shore. He tried to stare beyond people, realizing the presence of a small boat in which rose above an old man. People cried for his return, they pushed between them in order to reach that boat. He did not understand that behavior. He did not understand why that old man looked at them, scrutinizing for those who were suitable for the next voyage. He averted his gaze when he listened to the screams of a man who was being hit by that old man.

«You, the boy who is over there».

Suddenly, he felt that hundreds of eyes were looking at him. Little by little, he looked at people again, understanding that he was the target of all that looks full of mistrust, hatred. He looked at that man that made a hand gesture, indicating him to get closer. His mind shouted him that he did not accomplish the order, but his body started to move without its own volition, obeying the imposed order.

He felt the cold water when he entered into the lake. He felt shivers in all his body just by finding himself looking at that man, in a short distance. He could see each bone of his skeleton that his broken clothes showed. He could see his white hair caused by aging, the wrinkles in his gaunt face that looked like a skull. His entire body trembled because of fear.

«Do you have the money for your travel to the Underworld?»

Something started to burn in his hand. He opened it, watching the coin that his mother had given him. He heard a laugh that made him to shrink. He closed his eyes, maybe waiting for some kind of blow. However, nothing happened. He opened his eyes, finding the bony hand of that human being.

unnamed

«We expect a long journey».

The next thing that he knew was that he was travelling with Caronte, that was how he called himself, rowing in that boat on the Styx lake to arrive to the Underworld. Then, what could it happen to him?

El último acto de bondad

Había dejado de remar, dejando que la barca fuese mecida por el río, conduciéndole sin rumbo fijo. Sus ojos miraban las aguas oscuras mientras se preguntaba una y otra vez por qué había tenido que dejar de luchar por su vida. Las sonrisas de su madre empezaron a invadir sus recuerdos, las risas de su padre se escucharon por encima del agua… ¿Por qué lo había hecho? Intentaba buscar una respuesta, pero era incapaz de encontrarla.

Alzó la mirada, desesperado, observando la orilla desierta. Recordó cuando abrió los ojos y se encontró en un lugar muy parecido. Recordó la incertidumbre y el miedo… ¿Cuánto tiempo había pasado? En un impulso, volvió a coger los remos, dirigiéndose a esa orilla. Necesitaba pisar tierra firme. Necesitaba estar en un lugar que no fuese aquella caverna vigilada por Cerbero. No pudo evitar sentir una oleada de alivio cuando por fin salió de la barca.

the_river

Comenzó a andar, dejando atrás el bote, queriendo así olvidar aquel trabajo que se había visto obligado a aceptar. ¿Era mucho pedir tranquilidad y paz? Eso significaba la muerte, ¿no? Suspiró, sabiendo que todas esas preguntas no tenían respuestas. Por eso, siguió caminando por la orilla, dejando que el sonido del agua lo envolviera. Sin embargo, una roca grande llamó su atención. Se acercó a ella, observando que habían sido trazados cientos de líneas. Pasó las yemas de los dedos por ellas, notando la rugosidad.

«¿Te interesa saber qué son?»

Se sobresaltó al escuchar una voz detrás. Se dio la vuelta, encontrándose a un muchacho más alto que le sonreía. Vio cómo se acercaba, cogía una pequeña piedra que había en el suelo y trazaba otra línea.

«Cada línea representa un día. Lo hago para no perder la cuenta del tiempo que llevo aquí».

«¿No ha venido Caronte a por ti?»

«Estás en el Cocito, la gente que hay aquí son todos aquellos que no tienen dinero para pagar a Caronte».

De pronto, entendió su situación. Lo miró de nuevo, observando cómo su rostro parecía estar sin vida. El muchacho volvió a sonreír, apretando la piedra entre sus manos.

«Vagar por toda la eternidad tampoco está tan mal».

Pero, por supuesto, no le creyó. Su voz sonaba triste. Demasiado triste. Su sonrisa no mostraba felicidad, al contrario, estaba llena de amargura. El chico se sentó, apontocando su espalda sobre la piedra y llevando las piernas al pecho, abrazándolas, clavando la mirada en el río Cocito.

«No me importa vagar eternamente… Hay castigos mucho peores, como olvidar quién eres, ¿no crees? Al menos yo sé quién soy y quién fui. Tengo mis recuerdos que me acompañan siempre… Hay muchos que son condenados a estar en el río Lete, ¿sabes lo que significa eso? Olvido. Si bebes de sus aguas, olvidas quien eres… No. No se está tan mal aquí».

¿Por qué tenía una persona que quedarse vagando aquí solo por no tener una mísera moneda? Era algo que no conseguía entender. ¿Acaso la muerte no los convertía a todos en iguales?

«Yo puedo ayudarte. Puedo llevarte y que pongas fin a todo esto».

De pronto, se vio de nuevo montado en la barca, remando junto con ese muchacho que miraba la orilla mientras sus manos agarraban con fuerza la piedra. Y, por primera vez desde que llegó al Inframundo, sonrió. Por fin sintió que estaba haciendo algo bien. ¿Qué podría haber de malo en eso?

Imagen por nighty

El juicio del fin

Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto había pasado desde que se había subido a esa barca y había empezado a remar, observando a Caronte, quien lo escrutaba con la mirada, sonriendo de vez en cuando, mientras que una espesa niebla los rodeaba.

Al cabo de unos instantes, su mente se quedó en blanco al ver la entrada al Inframundo, donde la niebla empezaba a disiparse. La barca entró en aquella caverna flanqueada a ambos lados por dos estatuas cuyos rostros estaban ya corrompidos debido al paso del tiempo. Apenas pudo asimilar lo que estaba pasando cuando vio a un gran perro, con  tres cabezas, mostrando todos los dientes, mirándolo con sus seis ojos amarillos y dejando ver su cola que siseaba, pues era una serpiente. Su cuerpo temblaba y, aún así, se obligó a seguir remando.

En algún momento, Caronte le había hecho bajar de la barca, dejándolo solo mientras él seguía con su trabajo. Paseó la mirada por el lugar. Pudo ver los distintos ríos que había en el Inframundo. Pudo sentir cómo los ojos de Cerbero estaban puestos en él.

underworld_by_jbrown67-d894efp

Observó la escalera de piedra que estaba justo en frente y que conducía a una puerta enorme. Suponía que ese era su destino, así que decidió acabar con todo de una vez. ¿Qué habría detrás?

Cerró los ojos mientras sus manos empujaban con fuerza, abriéndola. Una brisa gélida lo golpeó, haciendo que contuviese la respiración por unos momentos. Pero no pasó nada más. Poco a poco, fue abriéndolos. Le sorprendió ver un patio enorme, rodeado por los distintos ríos y, justo detrás, un enorme palacio de color oscuro. En el centro del patio, habían tres tronos donde se encontraban sentados tres hombres mayores vestidos con túnicas blancas. El que estaba sentado a la derecha se levantó, sin apartar la mirada.

«Bienvenido al Hades. Me llamo Radamantis y juzgaré tu alma».

De pronto, recuerdos de su vida empezaron a inundar su mente. Se llevó las manos a la cabeza, notando cómo el dolor empezaba a golpear su cuerpo. Se dejó caer al suelo, ahogando un grito. Alzó la mirada, dispuesto a suplicar que parase pero ya no estaba en ese patio. Al contrario, estaba en su casa, rodeado de su familia. No pudo evitar sonreír hasta que se dio cuenta de que todos ellos estaban cubiertos de sangre. Empezaba a sentir que le faltaba el aire. Alargó su mano, tocando la de su madre mano, notando que estaba fría.

«Los he matado».

Y allí estaba Radamantis, justo en frente, mirándolo con su rostro marcado por la edad, sin expresión alguna. De nuevo, las imágenes empezaron a aparecer en sus retinas, los sonidos empezaron a penetrar en sus oídos. Podía ver cómo aquel hombre había matado uno a uno a cada miembro de su familia. Podía escuchar sus gritos desesperados, sus súplicas.

Todo cesó en unos segundos y lo único que vio fue un cuchillo tendido ante él.

 «¿Me matarás?»

Su cuerpo no respondía, tan solo miraba con los ojos llenos de lágrimas a Radamantis,  mientras que un dolor en el pecho empezaba a consumirlo, y la rabia y el odio se mezclaban con su sangre, recorriendo todo su cuerpo. Se fijó en el cuchillo que cayó al suelo, justo delante. Se quedó mirándolo por unos instantes sin entender nada. Podía matarlo. Podría dejarse llevar y vengar a su familia. Cogió el mango y lo apretó con fuerza… Pero fue incapaz de levantarlo.

No. No eres capaz.

Escuchó un chasquido y volvió a la realidad. Volvió a estar en ese patio. Ya no había ningún cuchillo delante, solo Radamantis.

«Interesante. Déjame explicarte. Esto ha sido una prueba para juzgar tu alma a través de tus acciones. Tu familia está bien. Creo que no mereces ser devuelto a los Campos de Asfódelos tan pronto. Tampoco mereces que te envíe al Tártaro… Ya sé. Harás un pequeño trabajo para purgar tu alma y luego… decidiré».

Y así fue cómo, después de ese juicio, se vio a sí mismo montado en una barca, remando, saliendo del Inframundo bajo la atenta mirada de Cerbero, quién le mostró sus fauces cuando pasó a su lado. ¿Su trabajo? Llevar almas al Inframundo. ¿Qué le depararía su próximo juicio? ¿Llegaría a descansar alguna vez?

Imagen por jbrown67

El principio del fin

Escuchaba las voces de su familia, suplicando que luchase, que resistiera un poco más, pero se sentía demasiado cansado para prolongar aquella llama en su interior que lo mantenía con vida. Lo último que supo antes de abalanzarse a los brazos de la muerte fue que su madre le cogía con fuerza las manos, dejando algo entre ellas.

Abrió los ojos, descubriendo un cielo lleno de nubes oscuras, sin ninguna estrella, ni rastro de luna; sentía que sus pulmones ardían, como si hubiese sido privado de oxígeno durante mucho tiempo. Respiró con dificultad mientras sus manos se cerraban en puños, notando que algo se clavaba en su piel. Las abrió y vio aquella moneda de oro que su madre le había dado.

Se incorporó, dándose cuenta de que no estaba solo. Había más gente sentada en la arena, cerca de la orilla de lo que parecía una laguna. ¿Qué había pasado? Sabía que había muerto. Lo sabía. Y, sin embargo, ¿en qué lugar estaba?

«Ya viene».

La gente empezó a acumularse en la orilla de la laguna. Fijó la mirada más allá de todas esas personas, dándose cuenta de la presencia de una pequeña barca en la cual se alzaba lo que parecía ser un hombre mayor. La gente clamaba por su vuelta, se empujaban entre ellos queriendo alcanzar aquella barca. No entendía esa actitud. No entendía por qué aquel señor los observaba a cada uno de ellos, escrudiñando tal vez quienes eran los aptos para el próximo viaje. Desvió la mirada al escuchar los gritos de un hombre siendo golpeado por ese ser.

«Tú, el chico de atrás».

De pronto, se sintió observado por cientos de ojos. Poco a poco, volvió a clavar sus ojos en esas personas, comprendiendo que era el objetivo de todas esas miradas llenas de recelo, odio. Vio a aquel señor hacer un gesto con la mano, indicando que se acercase. Su mente le gritaba que no lo hiciera pero su cuerpo empezó a moverse sin voluntad propia, obedeciendo la orden impuesta.

Sintió el agua fría en sus piernas al entrar en la laguna. Sintió escalofríos en todo su cuerpo al encontrarse mirando a aquel señor desde abajo, a tan poca distancia. Pudo ver cada hueso del esqueleto que su ropa rota dejaba entrever. Pudo ver los estragos de la edad en el pelo blanco que tenía, en las arrugas de su rostro demacrado, que parecía más una calavera. Su cuerpo entero temblaba de miedo.

«¿Tienes el dinero para tu viaje hacia el Inframundo?»

Fue entonces cuando sintió que algo quemaba la palma de su mano. La abrió, observando la moneda que su madre le había dado. Escuchó una risa que hizo que se encogiera sobre sí mismo. Cerró los ojos, quizás esperando algún golpe. Pero nada pasó. Los abrió, encontrándose con la mano huesuda de aquel ser.

unnamed

«Nos espera un largo viaje».

Lo siguiente que supo fue que estaba viajando con Caronte, así se había llamado, remando en aquella barca por las aguas de la laguna Estigia para llegar al Inframundo. Y después, ¿qué sería de él?