«Un gran poder lleva consigo una gran responsabilidad»

Kung Fu Sion

  • Título original: Kung Fu HustleMV5BYmY4YTYwMjgtYTRhZi00OTJhLTkxYzAtMWUwMTA4MTk2ZThhL2ltYWdlXkEyXkFqcGdeQXVyNTAyODkwOQ@@._V1_SY1000_CR0,0,689,1000_AL_
  • Año: 2004
  • Duración: 99 min.
  • País: Hong Kong, China
  • Dirección: Stephen Chow
  • Guion: Stephen Chow, Lola Huo, Chan Man Keung, Tsang Kan Cheung
  • Música: Raymong Wong
  • Reparto principal: Stephen Chow, Danny Chan, Yuen Qiu, Wah Yuen
  • Más información: IMDb, FilmAffinity, ALLMOVIE

Un joven con mala suerte intenta robar a unos vecinos de un barrio humilde, involucrando a la banda mafiosa del lugar y provocando una serie de batallas entre maestros del kung-fu.

Si estás buscando una película seria sobre artes marciales, esta obra puede que no sea lo que necesites, pero sin duda te hace disfrutar de todos sus momentos cómicos y parodiados del género con peleas que podrían estar sacadas de nuestros animes favoritos y situaciones de lo más extravagantes (especialmente causadas por la torpeza del protagonista), siendo abundantes los guiños a otras películas. Una historia de un (anti)héroe que consigue el reconocimiento que buscaba desde un principio gracias al kung-fu innato en él.

Mi puntuación: 13942261_1269687406409413_895346483_n13942261_1269687406409413_895346483_n13866573_1269687523076068_970961706_n

A partir de este momento puedes hacer una de estas acciones: preparar palomitas y ver la película o seguir leyendo a sabiendas de que podrías toparte con ciertos detalles que comúnmente llamamos spoilers.

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Era el mejor maestro de kung-fu de toda China. O lo habría sido si no fuera porque jamás lo había practicado, tan solo lo que algunos panfletos y tebeos podían haberle acercado a ese arte. Seguramente has escuchado que todo el mundo tiene algún don, pero solo uno entre un millón nace con este don en particular. Y él no parecía especial. Pobre, moribundo, sucio, cuya única batalla épica consistía en conseguir comer algo cada día; o que le aceptasen en algún trabajo, algo que también era una lucha casi perdida teniendo en cuenta que en la ciudad casi todo lo movía la mafia de Los Hachas. Digo “casi todo” porque hasta ese momento no había entrado en los barrios más pobres y míseros.

El líder se había obsesionado con una zona porque quería construir un burdel, pero los vecinos no estaban dispuestos a dejar sus hogares. Aunque eran pobres y no tenían nada que ofrecer, se aferraban al ladrillo con uñas y los pocos dientes que asomaban de sus bocas muertas de hambre. Fueron días de tumultos, sangre derramada y Hachas trajeados con sus uniformes. Ante tanta negativa, cada uno de los hombres de la mafia de la ciudad se apareció en ese barrio pobre con claras intenciones de acabar el asunto al estilo de Los Hachas.

Sin embargo, contra todo pronóstico, y a pesar de haber desplegado más criminales que los que contenían las cárceles, se alzaron algunas personas de entre aquellos pobres para defenderse, cansados ya de los abusos. Eran cinco maestros que habían decidido retirarse y dejar el kung-fu a un lado, viviendo humildemente en el anonimato: Doce patadas, Puños de hierro, Ocho trigramas, Romeo Kung y Julieta Fu.

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(Imágenes tomadas de IMDb)

*

Ya que tenía que vivir de algo, nuestro falso héroe decidió entrar en el famoso clan y así conseguir el respeto, los lujos y privilegios que tanto deseaba. Pero al líder no le gustó nada que un pobretón cualquiera le dirigiera la palabra, y mucho menos para rogar, así que mandó que lo ejecutasen al momento. Quizás si la suerte le hubiese sonreído, habría conseguido despertar su don y convertirse en el mejor maestro del kung-fu, el salvador de los inocentes. Pero murió sin saberlo. Solo, pobre, rodeado de Hachas. Al igual que los cinco maestros que perecieron intentando salvar estas cuatro paredes que ahora son un burdel.

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Para mi amigo fiel: nos volveremos a ver

Me siento en el tranco del patio. Cierro los ojos y te imagino corriendo, ladrando, jugando, durmiendo en tu canasto al sol, o simplemente escucho tus pisadas acercándote a mí, sentándote a mi lado, como muchas veces has hecho, apontocando la cabeza en mi pierna. Sin embargo, al abrirlos, lo único que encuentro es la soledad y un espacio vacío, sin nada de vida. Es entonces cuando clavo mis ojos en ese arriate que tengo justo enfrente y, sin poder evitarlo, caen dos lágrimas por mis mejillas mientras me tiemblan los labios. Pronuncio tu nombre, como si de un mantra se tratase, cada vez con más desesperación, rompiéndome con cada sílaba más por dentro… pero el silencio es mi única respuesta. Y pregunto de nuevo por qué, por qué a ti, por qué tan de repente, y empiezo a gritar internamente, tapándome la cara. Jamás pensé que llegaría este momento. Me maldigo una y mil veces por no haber pasado más tiempo contigo. Siento como si estos dieciséis años hubiesen sido un sueño del cual me hubiesen despertado de repente, volviendo a un infierno de soledad y silencio.

Mis dedos se mueven y, sin quererlo, mis ojos se vuelven a clavar en ese arriate y susurro tu nombre. Es en ese momento es cuando escucho un ladrido desde el fondo de mi mente. Aparto las manos y me pongo en pie, manteniendo la mirada fija en el mismo punto.

—¿Me esperarás? –pregunto, conteniendo el aliento.

Y es entonces cuando te veo. Estás parado en frente y me miras, moviendo el rabo me ladras, me das la espalda y empiezas a correr, alejándote, dejando un camino de color café con leche y luego más blanco delante de mis ojos, esperando que algún día yo lo recorra.

Sin embargo, esa ilusión se esfuma, y vuelvo a ver ese arriate donde antes estabas posado. Me vuelvo a romper por dentro, sintiendo un dolor que recorre cada fibra de mi piel y se instala para siempre. La cadena que aflige mi corazón se aprieta un poco más, pero esta vez, sonrío, mientras rompo a llorar de nuevo.

—Nos volveremos a ver.

Jingle Bells

Por fin había llegado la gran noche en la que ese señor de pelo blanco surcaba el cielo en su trineo y se metía en las casas de la gente por la chimenea, dejando los regalos bajo un pino decorado. La calle estaba iluminada por las luces de las farolas que proyectaban grandes sombras en el suelo bajo el silencio de la noche, y también dejaron ver las gotas de sangre que dejaba un hombre mientras arrastraba un pequeño saco por el asfalto.

Jingle bells, jingle bells, jingle all the way –cantaba con voz grave y de una forma entrecortada, entrando en el porche de la casa.

Se asomó por la ventana, observando el árbol en el salón, sin ningún rastro aún de regalos bajo sus ramas. Durante unos instantes se quedó quieto, pensando si debería entrar o no. Su parte racional le decía que se largase de allí y volviera a encerrarse en su casa, allá donde la nieve limpiara sus huellas y su acto de locura.

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—Pero es Navidad –susurró, enfocándose en su propio reflejo que proyectaba la ventana: su tez pálida contrastaba con los arañazos llenos del líquido carmesí que le caían por su rostro, manchando la barba postiza de color blanco que se había puesto–. Tengo que cumplir con mi misión, sí, eso es.

Con mucho cuidado de no hacer ruido, abrió la ventana y se coló sigilosamente en el interior. Miró aterrado a su alrededor, esperando que la familia hubiese notado la intrusión en su morada… pero solo recibió por respuesta el silencio. Llevó su mano derecha al bolsillo de su abrigo rojo, volviendo a leer aquella simple frase que la niña que vivía en esa casa había escrito:

Querido Papá Noel, este año me he portado bien, por lo que quiero un hermanito.

Volvió a guardar la carta en el bolsillo y se acercó al árbol de Navidad. Abrió la bolsa y depositó el tan ansiado regalo de esa niña en el suelo. Sonrió, estaba satisfecho por el gran trabajo que había hecho, sin importar aquel rastro de líquido escarlata que manchaba ahora el suelo.

Por la mañana, la niña, emocionada, entró en el cuarto de sus padres, anunciando que Papá Noel le había traído su regalo. Ambos se miraron, sin entender muy bien a qué se refería, a la vez que se llevaron las manos a la cabeza, pues se les había olvidado por completo poner los regalos bajo el árbol.

—¿A qué te refieres con lo del regalo? –preguntó el padre, poniéndose las gafas.

—Venid, vamos al salón.

Los padres siguieron a la pequeña que corría escaleras hacia abajo, entrando sin perder ni un segundo en el salón. Cuando los padres llegaron, ahogaron un grito. Allí, delante del pie del árbol de Navidad, estaba su hija abrazando a un niño pequeño manchado de sangre y sin vida.

—¿A qué es genial? –preguntó la pequeña, manchándose de sangre –. Papá Noel me ha traído un hermanito, tal y como se lo pedí.

Los padres miraron horrorizados la escena mientras de fondo, en la calle, se escuchaba aún el eco de una canción tatareada: Jingle bells, jingle bells, jingle all the way.

 

Fuente: Google Imágenes

Tinta invisible

Llegas desafiante, arrogante y prepotente, con una media sonrisa en los labios, saboreando una victoria que aún no es tuya. Sin embargo, cuando mis ojos te buscan, no eres capaz de acudir a su encuentro. Y tu sonrisa se diluye. Es mi turno ahora. Me esperabas cabizbaja, asustada y temblorosa, quizás pensabas que saldría corriendo o que derramaría las lágrimas que una vez arrancaste de mis ojos. Pero mis labios se curvan hacia arriba, mi mirada te estremece y mis pies se quedan clavados en el suelo, esperando por ti.

Hay una grieta entre los dos. La misma que hubo aquella última vez, ¿recuerdas? La saltaste entonces, traspasando las barreras construidas contra ti. Cuando no escuchabas mis gritos, ni atendías a mis súplicas, ni entendías un rotundo no. Pero ahora no la saltas, ahora no te mueves, como si estuvieras paralizado en un hielo a punto de resquebrajarse. Porque no me esperabas en pie, no me imaginabas esperándote, no me creías dispuesta a todo.

¿Por qué no?

Siempre ha habido tornados que arrasan con pueblos y huellas, que destruyen esperanzas y detienen los sueños. Pero los tornados también pasan, se alejan, y nosotros nos quedamos, desolados y sin aliento, mientras buscamos las fuerzas para recuperar las riendas de nuestras vidas extrañas.

Siempre ha habido fuegos inalcanzables con sus humos que asfixian las gargantas. Relucientes, parpadeantes e imponentes que devoran con sus llamas los anhelos, dibujando miedos y lágrimas incontenibles. Y la impotencia de perderlo todo en una luz anaranjada que recuerda a un nuevo amanecer. Pero sobre las cenizas nos arrastramos con lo que queda de nosotros, con las manos ensangrentadas y el corazón sostenido en la boca.

Siempre ha habido noches. Oscuras, terribles y solitarias que nos hacen cobijarnos bajo las sábanas, taparnos la cabeza y esconder el rostro en la almohada. Cuando los ruidos se incrementan y los oídos se agudizan crecen unas pesadillas incomprensibles, eternas y repetitivas que martillean las cabezas y agujerean las ganas de volver a levantarse. Pero el sol llega de nuevo, en otro día más, en otra oportunidad para despertar.

¿Por qué no esperabas que yo hiciera lo mismo?

Si tú eres quien me cortas las piernas, me sacas la sangre y me apuñalas el alma, ¿por qué soy yo la culpable por volver a caminar? Hay casas que no volverán a construirse, hay bosques ennegrecidos para siempre, hay lunas ocultas tras las nubes y hay heridas tatuadas con tu tinta invisible que no pueden ser borradas.

Pero no es suficiente para acabar con nosotros, no es suficiente para acabar conmigo.

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«Los niños no resuelven problemas: solo comen chocolate, lo rompen todo y lloriquean»

Nocturna, una aventura mágica

  • Título alternativo: Nocturna19024293.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxx
  • Año: 2007
  • Duración: 80 min.
  • País: España
  • Director: Adrià García, Víctor Maldonado
  • Guion: Adrià García, Víctor Maldonado, Teresa Vilardell
  • Música: Nicolas Errèra
  • Reparto principal: Pedro Torrabadella, Imanol Arias, Carlos Sobera
  • Más información: IMDb; filmaffinity; SensaCine

El argumento gira en torno a un niño huérfano y su aventura por el mundo de la noche para salvar las estrellas y enfrentarse a aquello que más teme: la oscuridad.

Aunque la historia sea muy modesta, son los detalles tan curiosos los que verdaderamente llaman la atención (solo hay que ver la gran creatividad que derrocha la escena del concierto nocturno, por ejemplo). Una lucha interior de un pequeño protagonista que nos enseña el mundo de Nocturna y sus trabajadores, a cada cual más peculiar: el pastor de gatos, los redactores de sueños, los encargados del rocío, los que forman nudos en el pelo al dormir… Un cuento infantil para adultos que disfrutan con la magia.

Mi puntuación: 13942261_1269687406409413_895346483_n13942261_1269687406409413_895346483_n13942261_1269687406409413_895346483_n

A partir de este momento puedes hacer una de estas acciones: preparar palomitas y ver la película o seguir leyendo a sabiendas de que podrías toparte con ciertos detalles que comúnmente llamamos spoilers.

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Se cuenta que Tim era un niño solitario que tenía problemas para hacer amigos. Vivía junto a otros treinta en un pobre orfanato que hacía esquina con una panadería. Era bajito, rechoncho, tenía un remolino en el flequillo, le faltaban unos dientes y siempre llevaba el mismo único calcetín en el pie izquierdo. Él explicaba que era su calcetín de la suerte, pues tuvo un sueño en el que era adoptado el día que lo llevaba puesto, y por eso jamás se lo quitaba, agarrándose a la esperanza de que su sueño se cumpliera para no estar solo.

Se dice que los demás huérfanos no querían jugar con él porque era raro y siempre andaba lloriqueando cuando se acercaba la noche. Él decía que la oscuridad quería devorarlo, pero los demás se burlaban por su evidente terror infantil. Le gustaban las estrellas, pues las veía como guerreras de la noche que luchaban contra esa oscuridad eterna. Ellas, sus únicas amigas, le ayudaban a conciliar el sueño.

Se oyó decir que una noche varias estrellas se apagaron de golpe, y Tim quiso pedir ayuda, mas nadie prestaba atención a un niño huérfano solitario que siempre daba problemas. Desesperado, deambulaba de un lado a otro, buscando algo que pudiera encender a sus amigas de nuevo. Y, sin querer, acabó en la parte más oscura del hogar: el sótano. Entró temblando como un flan, con los ojos entumecidos, con el corazón congelado, tanteándolo todo para solucionar el horrible problema.

Y de repente, todo se volvió negro. Cuando abrió los ojos, se encontró en un descampado frío y solitario. Echó la mirada al cielo y vio que ya quedaban menos de sus protectoras brillando allá arriba. Intentaba entender cómo había llegado hasta ahí, mientras a lo lejos un felino captaba su atención.

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(Imágenes tomadas de SensaCine)

Se murmura que el gato le pidió a Tim que lo siguiera, que sabía cómo ayudar a las estrellas. El niño, acariciando su calcetín de la suerte, se adentró en un camino que llevaba directamente al tétrico cementerio de la ciudad. Su cuerpo empezó a temblar, viniéndole a la cabeza las risas y burlas de sus compañeros huérfanos; pensó que el animal también lo había engañado. Un par más de estrellas se apagaron.

Se rumoreó que el niño perdido estuvo llorando por un largo tiempo, hasta que los propios espectros de ultratumba se despertaron ante tanto desconsuelo. Tim, asustado, echó a correr por el camino que volvía a la ciudad con la única referencia de las estrellas que quedaban en el cielo para alumbrarlo. Apenas podía respirar: todos los edificios abrazaban la oscuridad. Ni luces, ni farolas, ni la luna. Solo dos luceros tímidos bañaban la piedra dormida y el ladrillo frío. Perdido, solo, aterrado y congelado, Tim se topó cara a cara con una sombra monstruosa y negra que se acercaba con un ritmo pausado. Después…, después ya no quedó brillo alguno en la noche.

Blanco y negro

Una diminuta luz azul flotó en el aire.

Los ojos del rey la siguieron embelesados hasta que se perdió en la densa e infinita penumbra que lo envolvía. En un segundo, el resplandor azul había aparecido. En otro, se había esfumado. Y, en el siguiente, el rey volvió la mirada a aquel niño desafiante que amenazaba con matarlo.

Se deslizó por las baldosas blancas y negras, pero solo pudo avanzar un paso. El niño dibujó una amenazante sonrisa mientras avanzaba otro paso más. Su túnica blanca estaba hecha de la sangre y los huesos de su frágil cuerpo, que apenas se alzaba medio metro del suelo. Pero sus ojos estaban hechos de fuego y furia, quemando su alma y despertando sus miedos.

El rey avanzó, tembloroso. El niño lo imitó, triunfante.

El suelo blanco y negro era punzante. Las baldosas se rompían en dardos puntiagudos que atravesaban sus pies. Con cada paso, las agujas crecían y la sonrisa del niño se hacía más grande. La túnica negra del rey empezó a rasgarse también; los jirones de ropa ondeaban a su alrededor, como pequeñas banderas que anunciaban la victoria del pequeño.

El rey continuó. El niño no retrocedió.

Una diminuta luz roja cayó al suelo.

Se extendió en un rápido escalofrío y desapareció en un lento parpadeo. Un baño de sangre gélida cayó sobre su cabeza anunciando lo inevitable y lo imposible. Una baldosa negra, una baldosa blanca. Sabía lo que ocurriría al siguiente paso. Y también sabía que debía darlo.

El rey cayó de rodillas. El niño rió complacido.

Los últimos restos de la túnica negra se desprendieron de su cuerpo adhiriéndose al largo camino que había dejado atrás. Ya no ondeaban. Ya no anunciaban la victoria del niño. Ahora conmemoraban su derrota, inmóviles y desterrados en el suelo. Era él quien vestía huesos, sangre y una batalla perdida.

Los ojos del niño se incendiaron mientras los suyos se sumergían en un mar ardiente. Las baldosas se convirtieron en cristales, aún blancos y negros, que atravesaron sus brazos, sus piernas, su cuello y su lengua. Pero no pudo moverse. No podía avanzar, ni retroceder.

El niño tocó su rostro. El rey se estremeció.

Una diminuta luz blanca se interpuso entre ellos.

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