Blanco y negro

Una diminuta luz azul flotó en el aire.

Los ojos del rey la siguieron embelesados hasta que se perdió en la densa e infinita penumbra que lo envolvía. En un segundo, el resplandor azul había aparecido. En otro, se había esfumado. Y, en el siguiente, el rey volvió la mirada a aquel niño desafiante que amenazaba con matarlo.

Se deslizó por las baldosas blancas y negras, pero solo pudo avanzar un paso. El niño dibujó una amenazante sonrisa mientras avanzaba otro paso más. Su túnica blanca estaba hecha de la sangre y los huesos de su frágil cuerpo, que apenas se alzaba medio metro del suelo. Pero sus ojos estaban hechos de fuego y furia, quemando su alma y despertando sus miedos.

El rey avanzó, tembloroso. El niño lo imitó, triunfante.

El suelo blanco y negro era punzante. Las baldosas se rompían en dardos puntiagudos que atravesaban sus pies. Con cada paso, las agujas crecían y la sonrisa del niño se hacía más grande. La túnica negra del rey empezó a rasgarse también; los jirones de ropa ondeaban a su alrededor, como pequeñas banderas que anunciaban la victoria del pequeño.

El rey continuó. El niño no retrocedió.

Una diminuta luz roja cayó al suelo.

Se extendió en un rápido escalofrío y desapareció en un lento parpadeo. Un baño de sangre gélida cayó sobre su cabeza anunciando lo inevitable y lo imposible. Una baldosa negra, una baldosa blanca. Sabía lo que ocurriría al siguiente paso. Y también sabía que debía darlo.

El rey cayó de rodillas. El niño rió complacido.

Los últimos restos de la túnica negra se desprendieron de su cuerpo adhiriéndose al largo camino que había dejado atrás. Ya no ondeaban. Ya no anunciaban la victoria del niño. Ahora conmemoraban su derrota, inmóviles y desterrados en el suelo. Era él quien vestía huesos, sangre y una batalla perdida.

Los ojos del niño se incendiaron mientras los suyos se sumergían en un mar ardiente. Las baldosas se convirtieron en cristales, aún blancos y negros, que atravesaron sus brazos, sus piernas, su cuello y su lengua. Pero no pudo moverse. No podía avanzar, ni retroceder.

El niño tocó su rostro. El rey se estremeció.

Una diminuta luz blanca se interpuso entre ellos.

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El ángel

Cuando el mundo se redujo a cenizas, los últimos alientos buscaron un refugio. Los humanos flotaban suspendidos sobre una densa capa de polvo, víctimas de una violenta lluvia de estrellas. El cielo se sumió en una penumbra infinita. Y el silencio reinó durante tantos años que las palabras se olvidaron. Balbuceos, alaridos y llantos. Y manos a tientas buscando una salida.

Con los ojos fuera de sus cuencas, las venas abiertas y los labios carcomidos, alguien (un niño, dijeron después) vio una luz. Una figura vestida de blanco y reluciente se alzaba de pie entre los escombros. No tenía las piernas amputadas, ni llevaba sangre de siglos pasados en su ropa. Dibujaba una sonrisa. ¡Una sonrisa!, cuando ninguno recordaba sus dientes.

El niño aprendió a hablar. O lo recordó. Porque el tiempo se había extinguido y el mundo se había paralizado en el miedo y el pánico. Era mejor dejar de vivir que morir, dijeron. Así que se enterraron con vida bajo los restos del sol. Pero el niño volvió a hablar. Gritó alegre, con una exclamación de júbilo que erizó las pieles desgarradas y perdidas en el suelo.

¡Un ángel!, escucharon algunos.

¡Es Dios!, repitieron otros.

Y las ruinas se movieron. Mientras el rumor de las voces se extendía a través del subsuelo, los cuerpos se elevaban de sus tumbas improvisadas. El tiempo volvió a transcurrir y la oscuridad ya no era un problema para encaminar sus pasos. Buscaban el aire desesperados, rescatando sus últimos alientos. Los convirtieron en los primeros y dijeron: vamos a vivir de nuevo.

Nadie supo quién era el niño, no volvió a escucharse su voz, ni su risa. Nadie más vio esa figura luminosa, pero todos hablaban de él. A veces iba de blanco, a veces tenía alas desplegadas, a veces sonreía, a veces lloraba de pena.

Pero siempre repetían una misma historia, un mismo detalle: el niño tenía los ojos arrancados.

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Anochecer

En una playa desierta y aislada, nuestros pies se clavan en una arena formada de recuerdos inventados. El viento silba con tus reproches de lo que nunca hice y arrastra mis lamentos de lo que nunca perdoné.

Cuando la primera ola rompe lentamente en la orilla, das un paso hacia adelante, vacilante y temeroso de tener que replegarte cuando el agua vuelva a su lugar. Entonces abres la boca y tus insultos atraviesan mis oídos, enredándose en las nubes. Mis manos se mueven en el aire, destruyéndote.

Me desgarras la piel con tu fuerza, me envenenas con tus labios, me clavas rosas en el pecho. Pero yo no puedo callarme, porque tú no quieres que siga haciéndolo. Quieres una respuesta, quieres algo más que indiferencia. Así que te arranco los ojos con palabras.

Eres tú o yo. Nunca fuimos los dos.

Lo intentamos, ¿recuerdas? ¿O es también algo inventado? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que quisimos que pasara? Tú no lo sabes distinguir; yo nunca quise descubrirlo.

Mis labios se sellan, y tú te escondes en el silencio. Tu aliento se mezcla en un aire ausente; mis pestañas se humedecen. De repente, te calmas, y mi respiración se aleja. Tu alma flota en el interior de un pozo de agua salada mientras mi corazón descansa, inmóvil, sobre tu espalda.

Y otro día llega más a su fin. Como el anterior, como el siguiente.

Tú y yo descansamos en la orilla, observando la puesta de sol frente a un mar enrojecido por tu sangre y la mía entremezcladas.

puesta de sol

Y descansar: morir

Avanzamos con la cabeza alta, decididos, sin miedos ni prejuicios que nos detengan.

Las princesas rasgan sus vestidos, pierden sus coronas y caminan descalzas sobre fragmentos de cristales rotos. Quienes se encerraban en sí mismos liberan sus cadenas, no se esconden en mentiras, sonríen bajo el brillante cielo azul. Los niños corren desnudos, gritan, ríen y lloran, sin que una voz autoritaria los detenga. Ellos dejan de ser ellos; ellas dejan de ser ellas. Solo son personas en un mundo donde los hombres sí pueden llorar y las mujeres no son juzgadas por un simple suspiro. No existe lo correcto o incorrecto; no existe lo normal o lo raro. Todos nos unimos en un mismo camino sin mirar quién se encuentra a nuestro lado. Aquellos llamados locos son los que nos guían.

Pero nuestros pies se arrastran en el suelo, deteniéndose sin previo aviso.

Hay cientos de pares de ojos que forman una línea recta frente a nosotros; una barrera. Nos observan con reproche, con el irrefrenable poder de echarnos para atrás. Durante un eterno segundo nuestras miradas se encuentran en una tensa quietud que oscurece el cielo, pero ellos ganan. Ganan porque nos odian. Nos odian porque nos temen. Tienen miedo de lo desconocido, de lo que ellos no pudieron hacer, de lo que siempre prohibieron, de lo que sus intensos ojos abiertos nunca vieron.

Les damos la espalda porque no nos comprenden. Y estamos cansados del largo camino, de superar nuestros propios obstáculos, de desgarrarnos la piel para integrarnos en ellos. No podemos ser quienes esperan que seamos. No queremos serlo. Pero ya no nos quedan fuerzas para escalar una última muralla. Ellos la crean, con sus ojos, con sus cuerpos, con cada poro de su piel nos detienen, nos empujan sin tocarnos y vuelven a limitarnos una vez más.

Volvemos a su mundo, del que queríamos escapar. Los dejamos atrás. Y, con ellos, la libertad.

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Inspirado en Biografía, de Gabriel Celaya.

Espesura de anémonas

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No hay tiempo.

¿Lo escuchas? Tu corazón late acelerado, furioso, frenético, mucho más rápido que el tictac del reloj. Ahogas un segundo en su boca, y otro más. Las horas se esparcen como una lluvia de pétalos de rosa. Se deshacen a tu alrededor, caen al suelo y se marchitan. Tus manos dibujan un caótico cuerpo, se funden en una piel que no es la tuya. Pero el tiempo no se detiene cuando tus ojos se toman un segundo para mirar el amor, que lleva su nombre.

El reloj grita como una alarma de incendios.

Quémale la ropa, funde su piel, envuélvela con el fuego de tus brazos. No escuches los pasos de esos minutos perdidos en la torpeza de tus dedos. Céntrate en ella, que se ríe joven y preciosa, esperando que le digas todo lo que quiere escuchar. No te calles, no te refugies en el silencio. ¡Grita más fuerte que el tiempo! Deja salir esa llama que te abrasa la piel antes de que te incendie el alma. No esperes a mañana…

Quizás ya no hay un mañana.

Todo se apaga. En la penumbra refulgen sus ojos como dos luces. Tus manos la siguen acariciando, cada día, cada noche, cada año. Su piel ya no es lisa, su risa no es ansiosa, su cuerpo no tiembla ante el roce desconocido. Ya no hay prisa, y te preguntas cuánto tiempo te has detenido en besar sus labios. ¿Cuándo ha nevado sobre sus cabellos? No importa, tus manos la siguen amando, tus ojos siguen susurrando las palabras que tú no liberas y se cierran, porque reconocen cada rincón que recorren a ciegas tus dedos.

Y tu corazón sigue latiendo por ella.

Hasta el último latido lleva su nombre.

bloom-1846200_1920Inspirado en Soneto de la Guirnalda de rosas, de Federico García Lorca.

Equilibrio

Saltas al vacío.

Es lo que has hecho toda la vida, pero ya estás cansado.

Estás cansado de que todo salga mal mientras caminas en zigzag en una fina tela de araña. Si das un paso antes de tiempo, todo cae. Si el fino hilo se rompe, todo cae. Y tú te aferras aún, en una esperanza más añorada que real, preguntándote hacia dónde te diriges.

Entonces te detienes y miras a tu alrededor. Y no ves nada. Te ves solo. Porque mientras intentabas mantener el rumbo, todo se ha desequilibrado. Y cae al vacío antes que tú, como pedazos de hielo roto convertido en una fría lluvia torrencial.

Caminas hacia adelante, pero te tiemblan las piernas. Y te preguntas, en aquel vacío abismal, rodeado de silencio y oscuridad, cuándo escuchaste el último latido de tu corazón. ¿Y el primero? Nunca te diste cuenta de que estabas vivo. Nunca pensaste que podía detenerse. Solo continuaste tu camino sin reparar en nada más.

Ahora llueve. Llueve por todas partes. Pero no sabes evocar el sonido del agua. Y cae, con todo lo que eres, lo que fuiste y lo que ya no serás.

Te sumerges en una lluvia de oro, miras hacia arriba y dos espadas te atraviesan los ojos: la realidad. Te despierta, te araña en la cara y te abrasa. Y te quedas allí, sangrando lentamente y en silencio. Te quemas; el agua te quema y te ahoga. El humo llena tus pulmones, respiras el polvo suspendido en el aire.

Te pierdes en él. Te entierra. Y acabas cuando aún no has empezado.

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