Limerencia

Crees que he olvidado el tacto de tu piel,

tus frías manos

y el viejo tango de los pliegues de tus ojos.

Sospechas que te revivo cada noche,

buscándote descalza entre mis sueños

fingiendo que tu pelo es de terciopelo.

Si supieras la de noches

 que he contaminado tu presencia,

            maldiciéndote,

ansiándote,

luchando contra la muerte y la sangre…

Y ahora estás aquí; a mis pies.

Me miras con láminas de azabache

y siento el amanecer.

Tu cuello sabe a iceberg

y la punta de tus labios a rosas malditas.

Te evoco de la única forma que sé;

te amaso y te amoldo con mis manos.

Te respiro y me atosigas con tu carmesí,

con el intenso aroma de tu cuerpo.

Despierto entre sudores,

clamo tu nombre.

Te has marchado.

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El único chico despierto

El chico de la mirada azul

miraba hacia la triste tarde

buscando el mar entre las nubes.

Lucía pecas como balas de guerra

y poseía varias lunas en el costado

simulando acuarelas naranjas.

Era demasiado joven para amar el cielo,

ni siquiera le gustaba la lluvia

y usaba un vaso transparente como telescopio.

Hacía cien noches que no dormía,

se abrigaba contra el sueño

y soñaba entre algodón y cristal.

El chico había sobrevivido

a la mirada del invierno

por ver un costado de azul naufragar.

Usaba una vieja linterna desgastada,

la cual lo acariciaba con su luz

y creaba constelaciones de las sombras

y castillos de polvo estelar.

Una noche, un cometa colisionó contra su ventana,

incendiándose en miles de fuegos

con los colores de la tierra.

Bajó de su guarida hecha de sueños

abrazado al espíritu de las estrellas.

El único chico despierto vio la inmensidad;

las cenizas, el paisaje alado,

la desolación,

y comprobó la soledad

de ser el único ser vivo.

 

 

Dios es una mujer

A Cristina Peri Rossi

 

No poseo un reino en la tierra

ni creé el mundo en siete días,

pero sí tengo el temperamento

de un dragón enfurecido.

Me despierto cada mañana despeinada

y con sed en la boca.

A veces,

con manchas del juego del amor.

Otras tantas, luzco desabrigada

y bajan por mí ángeles enfurecidos.

Mi belleza es casi mística

y las palabras fluyen de mis labios

como aguijones que se te clavan en el pecho.

No puedo multiplicar peces

ni convertir el agua en vino,

pero sé combatir.

No me seducen las amapolas

ni mis piernas pertenecen al infierno.

En mi pecho está bordada la libertad

y el fuego candente del paraíso.

.

Dios es una mujer,

pero diosas somos todas.

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(Collage de Mary Beth Edelson)

 

La luna llena de las espinas

Cuenta la leyenda del fuego más antiguo

que una ninfa ciega salvó a un lobo,

y él, transformándose en humano,

la salvó de la destrucción del trueno.

.

Liberia estaba hecha de llamas

y del rencor forjado de las flores.

Era descendiente de la tormenta

y siempre estaba acompañada

de un lobo estepario de pelaje gris.

.

Había perdido la visión hacía decenios

debido a un desamor,

pero sus ojos denotaban la poca luz

que los suspiros podían rogar al viento.

.

El lobo, cuyo nombre era el de Asbatt,

le guardaba pleitesía inmortal,

pero sus instintos animales deseaban

surcar los océanos de su cuerpo

y volver a su forma real.

.

Cada luna llena su voz ondeaba

por los precipicios de la antigua civilización

de los Utitis; hombres con poderes mágicos

capaces de volver el tiempo atrás,

y les rogaba por volver a ser mortal.

.

Amaba tanto a ese duende feérico

que estaba dispuesto a dar su alma.

A ponerse de rodillas.

.

Liberia lo había salvado de una ventisca

y había curado sus heridas.

Había visto a través de su piel

y lo había acogido como suyo.

.

Asbatt la amaba cada noche,

agazapado a su figura,

emanando un calor celestial

y salvándola en sus sueños.

.

Una noche al mes

se encontraban en la ensoñación,

Asbatt podía abrazarla

y palparla como humano,

Liberia lo reclamaba en su lecho de espinas

y se amaban entre oro y lavanda.

.

El lobo de presuntuosos ojos castaños

siempre era interrumpido

por la oscura y triste mañana,

cuando Liberia lloraba

porque su amor no era real.

.

Asbatt se consumía sin poder reclamarla.

.

Una noche de tormenta,

 la sirena alada

sentía el viento de las frescas costas meridianas

desde su torreón.

.

Un sabor a sal la atravesaba

y el dolor machacaba su corazón.

.

Asbatt sentía su angustia,

pero solo podía mirar a la luna,

seducido por su influjo.

.

Liberia, con descuido y agotamiento,

subió los peldaños de la ventana

y se arrojó al mar.

.

El sonido que hicieron sus huesos

en el agua fue aterrador.

Asbatt corrió detrás de ella,

pero ambos se rompieron en el mar.

.

La buscó entre las olas negras

y luchó contra la marea que arrastraba su cuerpo.

.

La halló en las profundidades,

consumida y esperando a la muerte.

.

La subió hacia arriba,

devolviéndole el favor de la vida.

Liberia escupió el agua en la orilla.

.

Asbatt dejó de respirar,

su alma iba hacia el reino de los muertos,

pero fue rechazada por la luz.

.

Su maldición se había roto.

Había dado su vida por un ser inocente

y había enmendado el error

de un pasado incierto y lejano.

.

Cuando abrió los ojos lo único que vio

fueron los ojos llorosos de su amada ciega.

.

Sintió sus cálidas manos en su carne

y notó la profundidad de sus besos.

.

Asbatt se había convertido en humano

y le había entregado su alma para siempre

a las espinas.

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One more light

 

Para Chester Bennington

Eras el hombre invisible

tras una voz desgarradora

que rozaba el cielo con su garganta.

Una grieta en el castillo de cristal, ensangrentado y envenenado, que se agranda y se expande en una pesadilla laberíntica, que nunca termina. Viajas entre acordes y notas perfectas lanzadas al cielo, y rompes esquemas, dibujas las paredes con sueños y escondes lamentos en un grito infinito que nadie escucha.

Mares enteros de frío cristal

te acompañaban

en tus largas horas de insomnio

y oscura soledad.

Luchaste contra viento y marea

para ganar tu libertad,

peleando con las uñas agrias

por gritar en silencio.

Por liberarte.

Querías ser tú y no ese demonio que te carcomía por dentro. Esperabas una oportunidad para volver a sentirte vivo, para volver a ser libre, para cumplir las promesas que una vez hiciste, para olvidar todo el dolor que has sentido, pero al final la luz se apaga, el dolor perdura y no eres capaz de encontrar el lugar al que perteneces.

Si en tus versos pudiese flotar

iría a rescatarte.

Te salvaría por última vez

de la verdad de cientos de mentiras.

Y te enjugaría la sal de tus lágrimas.

Alejaría tus tinieblas

para que no existiesen motivos para sangrar.

Extirparía tu miedo a respirar.

Te traería de vuelta a casa.

Asciendes en un parpadeo infinito, de una luz tintineante que brilla entre la inmensidad de estrellas y penumbra. Allí, entre ellas, brillas más que ninguna, cegadora como una puesta de sol, que se esconde por ti. Y entre los susurros del aire, tu voz sigue vibrando, estremeciendo pieles y corazones con los sentimientos de un alma rota y eterna.

Millones de luces te buscan en la oscuridad,

eres un ángel disfrazado de humano.

La memoria del mundo

te rememorará para siempre

en tu trono de estrellas.

Tú estás aquí, imposiblemente solo.

 

 

«Existencia lujosa», Jorge Riechmann

Puesto que –se ha corrido la voz– la poesía

ya no importa nada,

vamos a permitirnos ser tábanos.

Vamos a permitirnos ser raíces destempladas

de las que a veces estallan roncamente en el cerebro.

Vamos a permitirnos ser honestos

(sin renunciar por ello al honesto placer

de disfrazarnos de vez en cuando).

Vamos a darnos el gustazo

de no ser para todos los gustos.

Vamos a permitirnos riesgos inauditos:

contra-decir

y hasta contradecirnos.

Vamos a permitirnos querer ser

esa palabra que mancha:

con toda la modestia y todo el duelo del mundo

revolucionarios.

Puesto que somos –hay consenso– superfluos,

vamos a permitirnos el lujo de ser

acaso necesarios.