«Nadie ha podido vivir en ella, no quiere que la habiten»

Al final de la escalera

  • Título original: The Changeling MV5BODAwYjJhNTctYzA3Ny00YTYxLWE3YmEtM2FjNDdlNWJmMmU5XkEyXkFqcGdeQXVyMTQxNzMzNDI@._V1_SY1000_CR0,0,657,1000_AL_
  • Año: 1980
  • Duración: 107 min.
  • País: Canadá
  • Director: Peter Medak
  • Guion: William Gray, Diana Maddox
  • Música: Rick Wilkins
  • Reparto principal: George C. Scott, Trish Van Devere, Melvyn Douglas
  • Más información: IMDb; filmaffinity; ALLMOVIE

La historia tiene como protagonista a un viejo compositor que se muda a una antigua mansión que oculta un oscuro crimen del pasado que necesita ser desvelado.

Un clásico de terror que se convierte en obligado por su método para sugerirnos la tensión y el miedo sin recurrir a los típicos sustos de fantasmas. A pesar de contener los elementos propios que sirven de referente para construir historias de casas encantadas (ruidos de tuberías, pianos que suenan solos, sillas y juguetes de niños que se mueven, etc.), el misterio, la búsqueda de la verdad y la venganza se  hilvanan de tal manera que te hacen disfrutar de la atmósfera e incluso empatizar con los protagonistas. Mención aparte tiene la adaptación al español del título original de la película.

Mi puntuación: 13942261_1269687406409413_895346483_n13942261_1269687406409413_895346483_n13866573_1269687523076068_970961706_n

A partir de este momento puedes hacer una de estas acciones: preparar palomitas y ver la película o seguir leyendo a sabiendas de que podrías toparte con ciertos detalles que comúnmente llamamos spoilers.

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«—Busco un sitio donde instalarme que me aleje de todo aquello que me recuerde a mi familia, pues acaban de fallecer en un trágico accidente.

—Seguro que esta casa encantada no lo decepcionará; pase y vea».

La verdad es que la señora que me la vendió jamás mencionó que este antiguo edificio incluyese fantasmas, pues la cosa habría cambiado y probablemente me habría ido a vivir a un pequeño apartamento en el centro, rodeado de vecinos ruidosos y niños llorones.

La fachada ya se veía como un viejo palacete descuidado en el centro de una salvaje naturaleza. Ni los adolescentes más temerarios se atrevían a asomarse por la zona. Quizás eso fuese un punto a favor.

El interior era otra historia: grandes veladas nocturnas entre las más altas clases podrían haberse celebrado perfectamente, aunque ahora todo estuviese envuelto en polvo y recuerdos. Una buena limpieza y todo volvería a relucir.

La señora enseguida me mostró la biblioteca y la sala de música; ella ya sabía que eso me encantaría. De hecho, ni se molestó en terminar de enseñarme el resto de la casa. ¿Para qué? Muebles viejos, telarañas, polvo, soledad… Lo más hermoso de la finca, sin duda, la soledad.

A la semana de estar viviendo en la vieja casona, un estruendo horrible se escapó de entre las paredes durante varias madrugadas seguidas. El jardinero aseguraba que esos ruidos eran normales, pero el terror y la reiteración hacían que mi cabeza se obsesionase por el origen de dichos sonidos. ¿De dónde venían?

Encontré una habitación oculta en un ático, parecida a un dormitorio de un niño. Tras esto, no tardaron en aparecer los fantasmas. Un día, una ventana rota; otro, grifos abiertos; otro, una pelota que cae de las escaleras; otro, Preludio núm. 1 en do mayor, BWV 846 en un piano sin pianista… Habría salido corriendo en la primera de cambio si no fuera porque tenía la vaga esperanza de que mi hija estuviera intentando comunicarse conmigo.

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(Imágenes tomadas de IMDb)

Llamé a unos espiritistas y ellos me confirmaron las presencias. Un tal Joseph no podía descansar en paz porque había sido asesinado en la habitación oculta en el ático. ¿Por qué? ¿Por qué un padre habría matado a su propio hijo?

Demasiadas preguntas para un hombre cansado sin ganas de vivir, un viejo que acababa de perder a toda su familia, un triste sujeto que solo buscaba soledad. ¿Que qué hice?  Me mudé al centro.

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«Cuídese sobre todo de las habladurías»

La sombra de nadie

  • Título alternativo: Nobody′s ShadowLa_sombra_de_nadie-596083733-large
  • Año: 2006
  • Duración: 97 min.
  • País: España
  • Director: Pablo Malo
  • Guion: Pablo Malo
  • Música: Aitor Amezaga
  • Reparto principal: José Luis García Pérez, Philippine Leroy-Beaulieu, Andrea Villanueva, Manuel Morón, María Jesús Valdés, Vicente Romero
  • Más información: IMDb; filmaffinity; Fotogramas

La historia se centra en tres personajes que, a raíz del fallecimiento de una niña de un internado, buscarán la manera de resolver el oscuro secreto oculto en el pueblo.

El suspense y la intriga son los pilares fuertes, ya que los sustos se quedan en esos típicos sobresaltos del género de terror, abusando de un obstinado espíritu que no te dejará dormir hasta que le ayudes a resolver sus asuntos. Desde los créditos iniciales se nos muestra una puesta en escena fantasmagórica del humedal que, junto al internado y el resto del pueblo, recrea el ambiente perfecto para ocultar una verdad en una sociedad rural donde las habladurías y el qué dirán aterrorizan más a los vecinos que los propios muertos.

Mi puntuación: 13942261_1269687406409413_895346483_n13942261_1269687406409413_895346483_n13866573_1269687523076068_970961706_n

A partir de este momento puedes hacer una de estas acciones: preparar palomitas y ver la película o seguir leyendo a sabiendas de que podrías toparte con ciertos detalles que comúnmente llamamos spoilers.

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En el pueblo de Laura no había secretos. Todo se sabía, nada pasaba desapercibido. Podrías esforzarte en ocultarlo, pero tarde o temprano alguien acabaría destapando tu secreto más oscuro. Por eso, cuando el cuerpo de una niña fue hallado sin vida en el humedal, la discreción fue poca. Laura estuvo en boca del pueblo durante mucho tiempo, dándole juego a los chismorreos de los aburridos lugareños. Hasta que, poco después, los rumores sobre fantasmas en el internado donde vivía la fallecida se hicieron los protagonistas.

Unos decían que solo eran tonterías de las niñas para llamar la atención; otros, que el espíritu de la montaña estaba enfadado por la muerte de Laura; algunos, que el padre había regresado para acabar con su inocente vida; y el resto opinaba que el pueblo no había perdido gran cosa con la muerte de una criatura. Sin embargo, Mónica, su compañera de habitación, decía otras cosas. La directora del centro tuvo que llevarla a un par de profesionales porque la niña aseguraba que Laura no se había ido, que seguía en el internado.

Nadie creía en sus palabras.

Pronto, las ideas disparatadas de Mónica empezaron a asustar a las demás, pues afirmaba que habían llegado otros fantasmas de la mano de Laura, todos fallecidos en el pueblo. Las más valientes se atrevían a preguntarle las causas de sus muertes, y Mónica se regocijaba contando las historias que los muertos susurraban.

«¿Qué le enseñáis en ese colegio?» «La pobre desgraciada no ha superado la trágica muerte de su amiga; solo intenta llamar la atención». «Esta acabará igual que la otra. Cuestión de tiempo». «¿No castigáis a las niñas por esas blasfemias?» «Son cosas de críos…».

Los espectros se amontonaron.

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(Imágenes tomadas de Fantasymundo)

En el pueblo de Laura no había secretos. Todo se sabía, nada pasaba desapercibido. Podrías esforzarte en negarlo, pero la realidad se encargaría de abofetearte la cara. Puertas que se abrían, cristales que se rompían, objetos que se caían, personas que desaparecían… Mónica era la única que los veía, sonreía y hablaba con ellos; incluso podía pasarse horas jugando con esos entes. Nadie la juzgaba, nadie le prestaba atención ya.

Todos lo sabían.

Laura nunca se fue. Solo quería estar con la única persona que la creyó en vida… y maldecir al pueblo que la mató.

La venganza del cuervo blanco

Las vacaciones de verano habían llegado y Margaret había decidido llevar a sus dos hijos al pueblo donde vivía su suegra, a pesar de que esta le había dicho que no quería verlos ese año. Había hecho oídos sordos, pues “son tus nietos, quieren verte, están en su derecho.” La anciana tan solo le había dicho: “tú no lo entiendes”.

A Margaret le sorprendió no ver a casi nadie por las calles del pueblo: ¿y los niños jugando en la calle? Eran las ocho de la tarde, ¿por qué los parques estaban desiertos?

—Mamá, ¿por qué no hay nadie? –preguntó Eric, su hijo mayor de siete años.

—Supongo que se habrán ido de vacaciones.

Aparcó el coche al final de calle. La madre sacó las mochilas cargadas de ropa del maletero mientras sus hijos miraban a su alrededor. Nunca habían estado en el pueblo de su abuela, esta nunca había querido que fueran. Su madre, harta por la situación, había decidido ponerle punto y final a las tonterías de esa anciana.

—Mamá, ¿por qué esa casa es negra? –preguntó Henry, el pequeño.

Margaret miró hacia donde su hijo señalaba con su pequeño dedo. Una casa oscura, con un tejado roto y dos árboles grandes, levantándose a ambos lados, cuyas ramas estaban llenas de cuervos, que los miraban fijamente.Un escalofrío recorrió su espalda. Un coche paró justo delante de ellos, bajando la ventanilla, dejando ver a un señor con el rostro pintado de preocupación.

—Señora, ¡usted no es de aquí! ¿Qué hace? ¿Por qué los ha traído? ¡Hoy es luna llena! ¡Váyase! ¡Lléveselos! ¡Póngalos a salvo!

Margaret no entendió nada. Empezaba a comprender por qué su marido había huido de ese lugar y no había querido hablar nunca más de él. Tocó varias veces a la puerta ya que no recibía respuesta alguna. Tras varios minutos de insistir, la anciana la abrió. Su rostro marcado por los estragos de la edad y sus ojos vacíos hicieron que le volviera a dar un escalofrío. Carla, la abuela, no pudo más que dejarles pasar, mirando a cada uno de sus nietos, preguntándose qué iba a ser de ellos. ¿Los dejaría en paz? Sonrió. Conocía la respuesta.

La noche llegó: la luna llena iluminaba todo el pueblo, sin dejar ver ningún rastro de estrellas. Margaret había acostado a los niños y se dispuso a dormir. Le dio las buenas noches a Carla, quien había decidido quedarse levantada viendo la televisión.

—Margaret, ¿te has despedido de ellos?

—Les he dado las buenas noches.

—Bueno, supongo que viene a ser más de lo mismo –no vio el rostro de Carla, pero volvió a sentir un escalofrío recorriendo toda su columna. Ya iban tres en el mismo día.

Eric y Henry dormían mientras que la luz de la luna los bañaba a través de la ventana. Todo parecía tranquilo hasta que un sonido en la ventana despertó al más pequeño. Se incorporó y observó lo que había al otro lado. Sonrió, sintiendo la emoción recorrer cada fibra de su cuerpo. No tardó en levantarse y salir de ese cuarto y de esa casa, sin ser visto por nadie… o eso pensaba.

Margaret, ajena a lo que su hijo había hecho, dormía plácidamente, hasta que sintió que la sacudían. Abrió los ojos, encontrándose con Eric, quien la miraba con preocupación. Le dijo que Henry había desaparecido. Alarmada, salió de la cama, sintiendo que el corazón le latía con mucha rapidez, haciendo que su pecho doliera. Al salir al pasillo, vio la puerta abierta y se temió lo peor.

—¡Carla! ¡Ayúdame a buscar a Henry! –gritó, mirando a su suegra que seguía meciéndose, con los ojos cerrados.

—Ya es tarde.

—¿A qué te refieres?

—Te despediste de él, ¿no? Si no me crees, solo ve a la casa oscura.

Sabía a lo que se refería, la había visto esa tarde.

Salió corriendo, seguida por Eric, que le pedía que lo esperase. Le había pedido que se quedase en casa pero le había dicho que tenía miedo, así que no tuvo más remedio que llevarlo con él. La verja de la casa estaba abierta. Margaret entró sin dudar, llamando a Henry, sin importarle despertar a nadie… aunque parecía que a nadie le importaba los gritos desesperados de una madre por su hijo. Fue entonces cuando la luna iluminó el suelo, dejando ver el pijama de Henry al pie de unos de los árboles.

—¿Henry? ¡¡¿¿Dónde estás??!!

—Mamá, yo también quiero jugar con ellos –dijo Eric, sonriendo, sintiendo la emoción de un nuevo juego recorrer todo su cuerpo.

Margaret no entendía lo que decía su hijo. Tan solo vio que señalaba la copa del árbol que estaba llena de cuervos que los miraban atentamente.

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—¿Qué dices?

—Mamá, Henry está ahí. –Eric señaló una rama, concretamente a un cuervo.

—Eric, ¿qué estás diciendo? ¡Tenemos que seguir buscando a tu hermano!

Donde Margaret solo veía cuervos, Eric veía a pequeños niños sobre los árboles, riendo. Fue entonces cuando el pequeño Henry lo miró, con los ojos en blanco y una sonrisa torcida.

—Eric, mañana iré a por ti.

La adrenalina llenaba cada fibra de su ser, haciendo que sonriera.

—¡Sí! ¡Juguemos mañana!

Mientras tanto, los vecinos que vivían en esa calle, miraban aliviados la escena: sus hijos no habían sido las víctimas esa noche.

Carla, desde la ventana del salón, dejó que las lágrimas salieran de sus ojos. No importaba la distancia, podía ver la figura que se erguía detrás de una de las ventanas de esa casa negra: una mujer joven, con el pelo blanco y los ojos rojos, observaba a los dos intrusos que habían entrado en su propiedad. Se llevó una de las manos llenas de sangre a los labios, lamiendo uno de sus dedos y sonriendo…

Cuenta la leyenda que una bruja consiguió escapar de la caza en un pueblo cerca de Salem y juró vengarse, maldiciendo así a todos los habitantes para que no puedan escapar. Una noche, los niños empezaron a desaparecer después de que un cuervo blanco se posase en su ventana, llamando su atención.  La cantidad de cuervos aumentaba en el pueblo y los niños desaparecían. Los vecinos se dieron cuenta de que ocurría las noches de luna llena, a las que llamaron “la noche de la venganza del cuervo blanco.”

 

 Fuente: Google Imágenes

** Este relato está inspirado en el episodio 3 de la 5º temporada del anime Yami Shibai.

 

 

Lilith

La lluvia caía sin cesar y aquella niña seguía esperando a que alguien la recogiera del colegio. No era la primera vez que se olvidaban de ella y, aún así, no podía evitar el hecho de sentirse triste. Siempre disimulaba no importarle con una sonrisa radiante, aunque por dentro lo único que hiciese fuese llorar. Al cabo de un rato, su madre apareció, recién salida de una reunión, excusa que ya había escuchado muchas veces. La niña tan solo asintió al mismo tiempo que sonreía, sentándose en el asiento de atrás. Durante todo el trayecto mantuvo la mirada fija en el paisaje, sin querer pensar en nada.

Algo llamó su atención en el contenedor de la esquina de su casa. Se bajó del coche cuando la madre fue a encerrarlo, escuchando sus quejas y preguntas… pero la niña corrió sin detenerse, expectante ante lo que había visto. Por fin una sonrisa sincera dibujó su rostro al ver la muñeca más bonita que jamás había visto. La cogió sin dudar, llevándosela al pecho, abrazándola con fuerza. La madre, reticente al principio, denominando a la muñeca como “basura”, dejó que se la quedase, consiguiendo el perdón de su hija por su retraso.

La niña limpió la muñeca, lavó su ropa y cepilló su pelo negro. No se había equivocado: aquella era la muñeca más bonita que había visto en su vida, incluso su madre le dio la razón.

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—A partir de ahora estaremos siempre juntas. Te llamarás Lilith.

Y así, la niña y Lilith se hicieron inseparables: dormían juntas, le leía libros, veían películas, se la llevaba al colegio haciendo que los retrasos de su madre no le importasen. Y es que, después de todo, Lilith se había convertido en su mejor amiga.

Pero no todo fue color de rosa en esta amistad, pues cuando la niña cumplió doce años, empezó a olvidarse poco a poco de Lilith, hasta que, tres años después acabó metiéndola en una caja, junto con más juguetes, y la llevó al húmedo y frío desván, olvidándose así de la que había sido su mejor amiga durante años, pues ya era toda una adolescente, había hecho amigas de carne y hueso y alegaba que “ya no necesitaba muñecas”.

El tiempo pasaba y apenas quedaban recuerdos de Lilith en la memoria de esta chica. Poco a poco, el miedo inundaba su mente por las noches, pues se escuchaban sonidos sordos procedentes del desván, incluso a veces llegaba a escuchar que susurraban su nombre, acompañado de llantos. Se lo había comentado a su madre y esta solo le había dicho que eran imaginaciones suyas. Había intentado convencerse de que así era, pero los ruidos no cesaban y los llantos tampoco.

Una noche se armó de valor, cogió su móvil y un paraguas para defenderse, y subió al desván, conteniendo el aliento con cada paso que daba. Su mano, temblorosa, se apoyó en el marco de la puerta que cedió de inmediato. Gracias a la luz del móvil, alumbró el lugar… pero allí no había nada, solo cajas y cajas con mucho polvo encima.

De pronto, Lilith vino a su mente. Dejó el paraguas en el suelo y se acercó a las cajas, observando cada una de ellas, buscando a su preciada muñeca… hasta que la puerta del desván se cerró de golpe, haciendo que un grito se escapase de sus labios. Empezó a temblar, sintiendo mucho frío. Cogió su móvil, dispuesta a irse de allí. Pero alguien bloqueaba la entrada. Sus ojos se abrieron, anegados de lágrimas por el terror que empezó a sentir en su interior. Empezó a caminar hacia atrás, chocando con cajas, cayendo al suelo. Delante de la puerta, estaba Lilith, pero era de carne y hueso, con la tez pálida, el pelo negro largo cayendo por su espalda como una cascada, su vestido arrugado y sus ojos sin vida. La muñeca sonrió, mostrando unos dientes blancos, y empezó a caminar hacia la pobre chica que seguía tirada en el suelo, sin poder reaccionar.

—Por fin has venido a verme. ¿Me has escuchado llorar? ¿Has escuchado mis súplicas para que vinieras a por mí? –la chica intentó retroceder, buscando algo que tuviera cerca para poder defenderse al ver que las manos de Lilith se habían convertido en garras-. No te preocupes, nunca más estaré sola, nunca más nadie me abandonará – Lilith se acuclilló delante de ella, sin dejar de sonreír en ningún momento, riéndose al ver las lágrimas de la pobre niña-.Tú lo dijiste, ¿recuerdas? A partir de ahora estaremos siempre juntas.

Un grito se escuchó por toda la casa.

Los padres se despertaron asustados. Al llegar al cuarto de su hija vieron que había desaparecido. Su madre se dio cuenta de que la puerta del desván estaba abierta. Cuando llegaron allí, lo único que vieron fue el paraguas de su hija olvidado en el suelo y, un poco más adelante, dos muñecas tiradas en el suelo, una sujetando de la mano a la otra. La madre reconoció en seguida a Lilith, cuyo rostro mostraba una sonrisa, mientras que la otra muñeca reflejaba miedo y su cara estaba bañada de lágrimas. Ambos se dieron cuenta de un pequeño detalle: esta llevaba el mismo pijama que su hija.

Fuente: Google Imágenes

El fin

Sabía que estaban cerca del Inframundo, ya que la niebla empezaba a dispersarse. Se dio cuenta del temblor que sacudía el cuerpo del muchacho. ¿Había hecho bien? El recuerdo de todos aquellos trazos en la piedra le decía que sí. Lo único que tenía que hacer era que Radamantis lo juzgase. Un escalofrío recorrió su espalda al sentir la mirada de Cerbero, quien acto seguido no dudó en mostrar sus afilados dientes. El chico se sobresaltó al verlo y lo miró con preocupación. Intentó sonreír, queriendo así hacerle saber que todo iba bien… o eso deseaba pensar.

Los rugidos y ladridos de Cerbero se hacían eco por toda la entrada del Inframundo. Salió de la barca, ayudando al chico después. No pudo evitar recordar la primera vez que Caronte lo había dejado allí, solo, confuso. Colocó una mano sobre su hombro, llamando así su atención. Volvió a sonreír y le indicó con la mano la gran puerta que estaba delante.

—Tengo miedo, no debería haber aceptado. No tengo con qué pagarte. Caronte vuelve después de mucho tiempo a recoger a la gente que no tiene dinero, quizás debería haber esperado un poco más.

—Iré contigo si así te sientes más seguro.

El chico dudó durante unos momentos antes de asentir, con una sonrisa débil. Ambos empezaron a subir las grandes escaleras, quedando en frente de la puerta. Había algo que le preocupaba, quizás fuese la actitud agresiva de Cerbero, o quizás fuese el miedo del chico. Intentó despejar la mente mientras sus manos se apoyaban en la puerta y la abrían.

Todo seguía igual, tal y como lo recordaba: el patio enorme, los ríos, el palacio a lo lejos y los tronos. Sus ojos se posaron en Radamantis, quien se levantó y se acercó a ellos. Miró al chico, que dio un paso hacia atrás, queriendo huir de todo esto.

—Te traigo un alma para que la juzgues.

Radamantis los miraba a ambos, con el ceño fruncido. No recordaba aquella expresión seria en su rostro. No recordaba que el ambiente estuviese tan tenso cuando él fue juzgado.

—Oh, ya veo. Juzguemos, pues.

Miró al chico; se había quedado pálido y su cuerpo temblaba. Se dio cuenta de las lágrimas que empezaron a caer por sus mejillas. Sus piernas flaquearon y cayó al suelo a la vez que de sus labios se escapaban susurros pidiendo ayuda. Miró a Radamantis, cuyo rostro no mostraba ninguna expresión. En ese momento, el muchacho tomó una gran bocanada de aire, volviendo a la realidad. Intentó levantarse, pero sus piernas seguían sin responderle bien. Se arrodilló para ayudarlo, poniendo ambas manos sobre sus hombros.

—Eres un muchacho de buen corazón… Anda, toma un poco de agua.

Radamantis le ofreció un vaso de agua. El chico lo tomó con manos temblorosas; se lo llevó a la boca, bebiendo.

—Una pena que no hayas podido pagar tu viaje –el vaso cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos cuando el chico se llevó las manos a la cabeza–. Te condeno a pasar el resto de tus días vagando alrededor del río Lete, sin saber quién eres.

—¡¡No!! ¡¡Espera!! Caronte ha traído almas que no tenían dinero.

—Exacto. Caronte puede hacerlo, pero ¿quién te da derecho a ti a hacerlo? No eres nadie aquí, tan solo cumplías un pequeño trabajo para purgar tu alma y la has manchado aún más al desobedecer las normas… A ti te condeno al Tártaro.

Lo último que vio fue a ese pobre chico, cuyo único error había sido confiar en él, mirándolo sin saber quién era, ni dónde estaba, ni qué estaba pasando. Y, de pronto, ya no estaba en ese patio, sino en su casa, rodeado de su familia, cuyos cuerpos yacían inertes en el suelo, manchados de sangre. Miró su mano, donde sostenía un cuchillo manchado también de aquel líquido escarlata, donde se reflejaba el muchacho vagar por las orillas del río Lete, sin saber quién era.

—Tu condena va a ser revivir la prueba de tu primer juicio pero, esta vez, tú matarás a tu familia, y cada vez que mires el cuchillo, verás al pobre muchacho al que has condenado al infierno del olvido.

Y lo supo. Nunca descansaría en paz. Estaba condenado a vivir ese infierno para siempre jamás.

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Imagen por OlliSiponkoski


Para leer el resto de la historia:

  1. El principio del fin
  2. El juicio del fin
  3. El último acto de bondad

El último acto de bondad

Había dejado de remar, dejando que la barca fuese mecida por el río, conduciéndole sin rumbo fijo. Sus ojos miraban las aguas oscuras mientras se preguntaba una y otra vez por qué había tenido que dejar de luchar por su vida. Las sonrisas de su madre empezaron a invadir sus recuerdos, las risas de su padre se escucharon por encima del agua… ¿Por qué lo había hecho? Intentaba buscar una respuesta, pero era incapaz de encontrarla.

Alzó la mirada, desesperado, observando la orilla desierta. Recordó cuando abrió los ojos y se encontró en un lugar muy parecido. Recordó la incertidumbre y el miedo… ¿Cuánto tiempo había pasado? En un impulso, volvió a coger los remos, dirigiéndose a esa orilla. Necesitaba pisar tierra firme. Necesitaba estar en un lugar que no fuese aquella caverna vigilada por Cerbero. No pudo evitar sentir una oleada de alivio cuando por fin salió de la barca.

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Comenzó a andar, dejando atrás el bote, queriendo así olvidar aquel trabajo que se había visto obligado a aceptar. ¿Era mucho pedir tranquilidad y paz? Eso significaba la muerte, ¿no? Suspiró, sabiendo que todas esas preguntas no tenían respuestas. Por eso, siguió caminando por la orilla, dejando que el sonido del agua lo envolviera. Sin embargo, una roca grande llamó su atención. Se acercó a ella, observando que habían sido trazados cientos de líneas. Pasó las yemas de los dedos por ellas, notando la rugosidad.

«¿Te interesa saber qué son?»

Se sobresaltó al escuchar una voz detrás. Se dio la vuelta, encontrándose a un muchacho más alto que le sonreía. Vio cómo se acercaba, cogía una pequeña piedra que había en el suelo y trazaba otra línea.

«Cada línea representa un día. Lo hago para no perder la cuenta del tiempo que llevo aquí».

«¿No ha venido Caronte a por ti?»

«Estás en el Cocito, la gente que hay aquí son todos aquellos que no tienen dinero para pagar a Caronte».

De pronto, entendió su situación. Lo miró de nuevo, observando cómo su rostro parecía estar sin vida. El muchacho volvió a sonreír, apretando la piedra entre sus manos.

«Vagar por toda la eternidad tampoco está tan mal».

Pero, por supuesto, no le creyó. Su voz sonaba triste. Demasiado triste. Su sonrisa no mostraba felicidad, al contrario, estaba llena de amargura. El chico se sentó, apontocando su espalda sobre la piedra y llevando las piernas al pecho, abrazándolas, clavando la mirada en el río Cocito.

«No me importa vagar eternamente… Hay castigos mucho peores, como olvidar quién eres, ¿no crees? Al menos yo sé quién soy y quién fui. Tengo mis recuerdos que me acompañan siempre… Hay muchos que son condenados a estar en el río Lete, ¿sabes lo que significa eso? Olvido. Si bebes de sus aguas, olvidas quien eres… No. No se está tan mal aquí».

¿Por qué tenía una persona que quedarse vagando aquí solo por no tener una mísera moneda? Era algo que no conseguía entender. ¿Acaso la muerte no los convertía a todos en iguales?

«Yo puedo ayudarte. Puedo llevarte y que pongas fin a todo esto».

De pronto, se vio de nuevo montado en la barca, remando junto con ese muchacho que miraba la orilla mientras sus manos agarraban con fuerza la piedra. Y, por primera vez desde que llegó al Inframundo, sonrió. Por fin sintió que estaba haciendo algo bien. ¿Qué podría haber de malo en eso?

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El juicio del fin

Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto había pasado desde que se había subido a esa barca y había empezado a remar, observando a Caronte, quien lo escrutaba con la mirada, sonriendo de vez en cuando, mientras que una espesa niebla los rodeaba.

Al cabo de unos instantes, su mente se quedó en blanco al ver la entrada al Inframundo, donde la niebla empezaba a disiparse. La barca entró en aquella caverna flanqueada a ambos lados por dos estatuas cuyos rostros estaban ya corrompidos debido al paso del tiempo. Apenas pudo asimilar lo que estaba pasando cuando vio a un gran perro, con  tres cabezas, mostrando todos los dientes, mirándolo con sus seis ojos amarillos y dejando ver su cola que siseaba, pues era una serpiente. Su cuerpo temblaba y, aún así, se obligó a seguir remando.

En algún momento, Caronte le había hecho bajar de la barca, dejándolo solo mientras él seguía con su trabajo. Paseó la mirada por el lugar. Pudo ver los distintos ríos que había en el Inframundo. Pudo sentir cómo los ojos de Cerbero estaban puestos en él.

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Observó la escalera de piedra que estaba justo en frente y que conducía a una puerta enorme. Suponía que ese era su destino, así que decidió acabar con todo de una vez. ¿Qué habría detrás?

Cerró los ojos mientras sus manos empujaban con fuerza, abriéndola. Una brisa gélida lo golpeó, haciendo que contuviese la respiración por unos momentos. Pero no pasó nada más. Poco a poco, fue abriéndolos. Le sorprendió ver un patio enorme, rodeado por los distintos ríos y, justo detrás, un enorme palacio de color oscuro. En el centro del patio, habían tres tronos donde se encontraban sentados tres hombres mayores vestidos con túnicas blancas. El que estaba sentado a la derecha se levantó, sin apartar la mirada.

«Bienvenido al Hades. Me llamo Radamantis y juzgaré tu alma».

De pronto, recuerdos de su vida empezaron a inundar su mente. Se llevó las manos a la cabeza, notando cómo el dolor empezaba a golpear su cuerpo. Se dejó caer al suelo, ahogando un grito. Alzó la mirada, dispuesto a suplicar que parase pero ya no estaba en ese patio. Al contrario, estaba en su casa, rodeado de su familia. No pudo evitar sonreír hasta que se dio cuenta de que todos ellos estaban cubiertos de sangre. Empezaba a sentir que le faltaba el aire. Alargó su mano, tocando la de su madre mano, notando que estaba fría.

«Los he matado».

Y allí estaba Radamantis, justo en frente, mirándolo con su rostro marcado por la edad, sin expresión alguna. De nuevo, las imágenes empezaron a aparecer en sus retinas, los sonidos empezaron a penetrar en sus oídos. Podía ver cómo aquel hombre había matado uno a uno a cada miembro de su familia. Podía escuchar sus gritos desesperados, sus súplicas.

Todo cesó en unos segundos y lo único que vio fue un cuchillo tendido ante él.

 «¿Me matarás?»

Su cuerpo no respondía, tan solo miraba con los ojos llenos de lágrimas a Radamantis,  mientras que un dolor en el pecho empezaba a consumirlo, y la rabia y el odio se mezclaban con su sangre, recorriendo todo su cuerpo. Se fijó en el cuchillo que cayó al suelo, justo delante. Se quedó mirándolo por unos instantes sin entender nada. Podía matarlo. Podría dejarse llevar y vengar a su familia. Cogió el mango y lo apretó con fuerza… Pero fue incapaz de levantarlo.

No. No eres capaz.

Escuchó un chasquido y volvió a la realidad. Volvió a estar en ese patio. Ya no había ningún cuchillo delante, solo Radamantis.

«Interesante. Déjame explicarte. Esto ha sido una prueba para juzgar tu alma a través de tus acciones. Tu familia está bien. Creo que no mereces ser devuelto a los Campos de Asfódelos tan pronto. Tampoco mereces que te envíe al Tártaro… Ya sé. Harás un pequeño trabajo para purgar tu alma y luego… decidiré».

Y así fue cómo, después de ese juicio, se vio a sí mismo montado en una barca, remando, saliendo del Inframundo bajo la atenta mirada de Cerbero, quién le mostró sus fauces cuando pasó a su lado. ¿Su trabajo? Llevar almas al Inframundo. ¿Qué le depararía su próximo juicio? ¿Llegaría a descansar alguna vez?

Imagen por jbrown67

El principio del fin

Escuchaba las voces de su familia, suplicando que luchase, que resistiera un poco más, pero se sentía demasiado cansado para prolongar aquella llama en su interior que lo mantenía con vida. Lo último que supo antes de abalanzarse a los brazos de la muerte fue que su madre le cogía con fuerza las manos, dejando algo entre ellas.

Abrió los ojos, descubriendo un cielo lleno de nubes oscuras, sin ninguna estrella, ni rastro de luna; sentía que sus pulmones ardían, como si hubiese sido privado de oxígeno durante mucho tiempo. Respiró con dificultad mientras sus manos se cerraban en puños, notando que algo se clavaba en su piel. Las abrió y vio aquella moneda de oro que su madre le había dado.

Se incorporó, dándose cuenta de que no estaba solo. Había más gente sentada en la arena, cerca de la orilla de lo que parecía una laguna. ¿Qué había pasado? Sabía que había muerto. Lo sabía. Y, sin embargo, ¿en qué lugar estaba?

«Ya viene».

La gente empezó a acumularse en la orilla de la laguna. Fijó la mirada más allá de todas esas personas, dándose cuenta de la presencia de una pequeña barca en la cual se alzaba lo que parecía ser un hombre mayor. La gente clamaba por su vuelta, se empujaban entre ellos queriendo alcanzar aquella barca. No entendía esa actitud. No entendía por qué aquel señor los observaba a cada uno de ellos, escrudiñando tal vez quienes eran los aptos para el próximo viaje. Desvió la mirada al escuchar los gritos de un hombre siendo golpeado por ese ser.

«Tú, el chico de atrás».

De pronto, se sintió observado por cientos de ojos. Poco a poco, volvió a clavar sus ojos en esas personas, comprendiendo que era el objetivo de todas esas miradas llenas de recelo, odio. Vio a aquel señor hacer un gesto con la mano, indicando que se acercase. Su mente le gritaba que no lo hiciera pero su cuerpo empezó a moverse sin voluntad propia, obedeciendo la orden impuesta.

Sintió el agua fría en sus piernas al entrar en la laguna. Sintió escalofríos en todo su cuerpo al encontrarse mirando a aquel señor desde abajo, a tan poca distancia. Pudo ver cada hueso del esqueleto que su ropa rota dejaba entrever. Pudo ver los estragos de la edad en el pelo blanco que tenía, en las arrugas de su rostro demacrado, que parecía más una calavera. Su cuerpo entero temblaba de miedo.

«¿Tienes el dinero para tu viaje hacia el Inframundo?»

Fue entonces cuando sintió que algo quemaba la palma de su mano. La abrió, observando la moneda que su madre le había dado. Escuchó una risa que hizo que se encogiera sobre sí mismo. Cerró los ojos, quizás esperando algún golpe. Pero nada pasó. Los abrió, encontrándose con la mano huesuda de aquel ser.

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«Nos espera un largo viaje».

Lo siguiente que supo fue que estaba viajando con Caronte, así se había llamado, remando en aquella barca por las aguas de la laguna Estigia para llegar al Inframundo. Y después, ¿qué sería de él?

«Ten por seguro que tus pecados te alcanzarán»

diez negritos

¿Qué libro es?

Título: Diez negritos (pero no es racista)

Autora: Agatha Christie (¿a que la conoces?)

Año: 1939 (vamos, el otro día)

Género: novela policial


¿Te interesa?

De todas las novelas de esta famosa escritora he elegido ésta por varias razones, pero sobre todo por dos: la primera, y más importante, porque me gusta mucho la trama y, la segunda, porque no aparece el famoso detective Poirot. Este personaje me encanta, la verdad, pero le tengo cierta manía por ser tan famoso, no sé si me entienden. Además, para los que no hayan leído nada de la “Reina del crimen” (craso error) no está mal empezar por aquí.

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Esta novelilla, contada en tercera persona, está ambientada en Devon, Inglaterra. El nuevo dueño de la Isla del Negro decide reunir allí a diez personas. Todas éstas parecen tener algo que esconder pero… más tiene que esconder el que los ha reunido porque ni siquiera da la cara…

¿Te consideras avispado a la hora de predecir un final? Si crees tener dotes de detective… ¡te reto a serlo con este libro! JA  JA  JA

Vamos a ponerlo verde:

Bueno, como en muchos libros, el principio es un poco aburridete… Se presentan los personajes y hay que tener fuerza de voluntad para aguantarlo. Por otro lado, te vas dando cuenta de que estos personajes prometen, son muy variados.

Una vez llegan a la isla aquello parece Gran Hermano: diez personas en una casa sin poder salir. Claro que, en lugar de ser expulsados, son asesinados, cambia un poco.

Cuando empiezan a morir es cuando se pone interesante. Empiezan las especulaciones, las tensiones, el morbo… Me encanta cómo se ponen de los nervios con la desaparición de las figuritas de los negritos.

Todos desconfían de todos. Wargrave es el mente fría que tranquiliza a los que sobreviven; Armstrong, como buen médico, va informando de la causa de las muertes; los demás sólo parecen sospechosos… A mí me gusta Lombard porque parece el más sincero, a pesar de esconder una pistola… ¡Odio a la santurrona de Vera cuando me lo mata! Pero luego ella tiene su merecido también.

Al final mueren todos y te quedas con cara de tonto cuando lees el último capítulo en el cual el culpable confiesa. Es una mente diabólicamente brillante (la de la Agatha Christie, claro).

La canción infantil (¿tan macabra y es para niños?) me ha traído por la calle de la amargura. La repasaba una y otra vez intentando anticiparme al siguiente asesinato. Esperaba ansiosa las muertes imaginando quién sería y cómo moriría.

Puntuación:

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«Algunas veces los espíritus echan de menos a sus seres queridos»

Shutter: el fotógrafo

  • Título original: Shuttershutter-475394551-large
  • Año: 2004
  • Duración: 97 min.
  • País: Tailandia
  • Director: Banjong Pisanthanakun, Parkpoom Wongpoom
  • Guion: Banjong Pisanthanakun, Sopon Sukdapisit, Parkpoom Wongpoom
  • Música: Chartchai Pongprapapan
  • Reparto principal: Ananda Everingham, Natthaweeranuch Thongmee, Achita Sikamana
  • Más información: IMDb; ALLMOVIE; filmaffinity.

La historia se centra en un guaperas con un pasado oscuro que, a raíz de un accidente de coche, vuelve a resurgir con fenómenos paranormales constantes (relacionados con fotografías) y tensión desquiciante.

¿Por qué abro mi sección con esta película? Una de mis favoritas de terror. Es cierto que no encuentras grandes sustos o potentes efectos especiales (¡vaya fantasma!), pero el hilo de la historia te mantiene siempre alerta para concluir con un final bastante llamativo. El empleo de las fotografías como medio para interactuar con los espíritus es, además, uno de los puntos más interesantes de la película a mi modo de ver.

Mi puntuación: 13942261_1269687406409413_895346483_n13942261_1269687406409413_895346483_n13942261_1269687406409413_895346483_n (3 snitchs doradas de 3, ¡muy buena!)

A partir de este momento puedes hacer una de estas acciones: preparar palomitas y ver la película o seguir leyendo a sabiendas de que podrías toparte con ciertos detalles que comúnmente llamamos spoilers.

♦♦♦


Era la boda de mi mejor amigo; lo recuerdo con todo lujo de detalles porque fui la única persona a la que no le permitieron acercarse al alcohol, pues me tocaba conducir después. Claro que, en realidad, tampoco me importaba: no bebía desde hacía mucho tiempo. Camino largo, noche oscura… Probablemente todos los hostales y taxis de la zona estaban ocupados y esa es la razón por la que aquella noche, tras la fiesta, decidimos mi acompañante y yo volver a casa en coche. Quién iba a imaginar que una joven sin chaleco reflectante ni luz alguna se cruzaría por mitad de aquella carretera a esas altas horas de la noche. El accidente, a pesar de que su piel irradiaba más luz que la luna llena, fue inevitable: camino solitario, noche oscura, joven suicida, irresponsables conductores que no ponen la mirada al frente…

¿Y entonces qué? ¿Llamar a una ambulancia? ¿A la policía? ¿Huir? Parece que la solución más acorde para construir esta historia fue la de huir, porque llamar a emergencias es de valientes.

En los días siguientes se sucedieron acontecimientos bastantes peculiares que, resultado de una conciencia no muy tranquila, nos hacían delirar y ver sombras tenebrosas en fotografías. Lo verdaderamente preocupante fue cuando, un día cualquiera, mientras trabajaba en mi estudio, entró una figura que creí que era mi compañera. Sonó el teléfono y… ¡Sorpresa! Mi compañera me llamaba desde la otra punta de la ciudad…  Entonces… ¿quién era la mujer que había estado en el estudio conmigo?

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No llegué nunca a averiguarlo porque quemé la casa, el coche, las cámaras y las fotos; me mudé a otro país, me cambié el nombre y empecé una nueva vida. Ahora, tras unos años sin percances, recuerdo que en la época del instituto fui un auténtico imbécil y que todos aquellos sucesos extraños podrían ser obra de una joven Blancanieves, despeinada y locamente enamorada, que vuelve de entre los muertos para vengarse y no separarse de mi persona.

Llevándome un triste cigarrillo a los labios, contemplo un rostro abatido a través del reflejo de la ventana. Yo ya no era aquel joven imbécil del instituto; había cambiado. ¿Por qué ella volvió?

Quizás se trate de un amor eterno, de una fotografía mal tomada.