Top 5 de libros clásicos

Estamos rodeados de grandes clásicos en la literatura, por lo que escoger una lectura entre ellos puede ser una ardua tarea entre las miles de recomendaciones y la gran cantidad de libros que tenemos a nuestra disposición. Así que para dificultar esa elección añadiendo una recomendación más, este top recoge algunos de los grandes clásicos del siglo XIX y de principios del siglo XX.

Notre-Dame de París21208362_1415572695163338_1593391078_n

Autor: Víctor Hugo

Año: 1831

Género: gótico, histórico

Una novela donde la protagonista, Esmeralda, se verá rodeada de distintos tipos de sentimientos por hombres diferentes: la obsesión enfermiza del Claude Frollo, la pasión liviana del capitán Phoebus y el amor idealizado de Quasimodo.

El conde de Montecristo21209108_1415572681830006_1899973737_n

Autor: Alexandre Dumas

Año: 1844

Género: aventuras, histórico

Edmond Dantès es encarcelado injustamente en el castillo de If. Allí, infeliz en su cautiverio, conectará con otro prisionero, el abate Faria, que lo instruirá en conocimientos, que lo ayudarán una vez esté fuera de su prisión. Al regresar, intentará hacer justicia a su condena, vengándose de aquellos que le tendieron una trampa.

Jane Eyre21175403_1415572715163336_1733975143_n

Autora: Charlotte Brontë

Año: 1847

Género: romántico

A pesar de su infancia, primero con una tía que no la quiere, luego en la escuela Lowood, Jane se forma como institutriz y logra un puesto en Thornfield Hall, donde Jane comenzará un romance con el dueño, el señor Rochester, pero la casa esconde varios misterios que enturbiarán el amor entre ellos.

Drácula21175376_1415572688496672_592747897_n

Autor: Bram Stoker

Año: 1897

Género: gótico

Narrada mediante los diarios y la correspondencia de los personajes principales, la novela nos sumerge en el misterioso castillo del conde Drácula y los extraños sucesos que van sucediendo, inexplicables para los protagonistas, que irán desentramándolos conforme avanza la historia.

Lo que el viento se llevó21245188_1415572671830007_793812985_n

Autor: Margaret Mitchell

Año: 1936

Género: histórico, romántico

Scarlet O’Hara es una niña mimada y egoísta que está acostumbrada a conseguir lo que quiere, pero su vida se ve truncada cuando Ashley Wilkes se casa con otra.

Desde ese momento, hará lo posible por que se fije en ella, así como sobrevivir en plena Guerra de Secesión. Todo cambiará con la aparición de Rhett Butler, el cual jugará un importante papel en su vida.

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Autora: Ariana Potter

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El ángel

Cuando el mundo se redujo a cenizas, los últimos alientos buscaron un refugio. Los humanos flotaban suspendidos sobre una densa capa de polvo, víctimas de una violenta lluvia de estrellas. El cielo se sumió en una penumbra infinita. Y el silencio reinó durante tantos años que las palabras se olvidaron. Balbuceos, alaridos y llantos. Y manos a tientas buscando una salida.

Con los ojos fuera de sus cuencas, las venas abiertas y los labios carcomidos, alguien (un niño, dijeron después) vio una luz. Una figura vestida de blanco y reluciente se alzaba de pie entre los escombros. No tenía las piernas amputadas, ni llevaba sangre de siglos pasados en su ropa. Dibujaba una sonrisa. ¡Una sonrisa!, cuando ninguno recordaba sus dientes.

El niño aprendió a hablar. O lo recordó. Porque el tiempo se había extinguido y el mundo se había paralizado en el miedo y el pánico. Era mejor dejar de vivir que morir, dijeron. Así que se enterraron con vida bajo los restos del sol. Pero el niño volvió a hablar. Gritó alegre, con una exclamación de júbilo que erizó las pieles desgarradas y perdidas en el suelo.

¡Un ángel!, escucharon algunos.

¡Es Dios!, repitieron otros.

Y las ruinas se movieron. Mientras el rumor de las voces se extendía a través del subsuelo, los cuerpos se elevaban de sus tumbas improvisadas. El tiempo volvió a transcurrir y la oscuridad ya no era un problema para encaminar sus pasos. Buscaban el aire desesperados, rescatando sus últimos alientos. Los convirtieron en los primeros y dijeron: vamos a vivir de nuevo.

Nadie supo quién era el niño, no volvió a escucharse su voz, ni su risa. Nadie más vio esa figura luminosa, pero todos hablaban de él. A veces iba de blanco, a veces tenía alas desplegadas, a veces sonreía, a veces lloraba de pena.

Pero siempre repetían una misma historia, un mismo detalle: el niño tenía los ojos arrancados.

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La venganza del cuervo blanco

Las vacaciones de verano habían llegado y Margaret había decidido llevar a sus dos hijos al pueblo donde vivía su suegra, a pesar de que esta le había dicho que no quería verlos ese año. Había hecho oídos sordos, pues “son tus nietos, quieren verte, están en su derecho.” La anciana tan solo le había dicho: “tú no lo entiendes”.

A Margaret le sorprendió no ver a casi nadie por las calles del pueblo: ¿y los niños jugando en la calle? Eran las ocho de la tarde, ¿por qué los parques estaban desiertos?

—Mamá, ¿por qué no hay nadie? –preguntó Eric, su hijo mayor de siete años.

—Supongo que se habrán ido de vacaciones.

Aparcó el coche al final de calle. La madre sacó las mochilas cargadas de ropa del maletero mientras sus hijos miraban a su alrededor. Nunca habían estado en el pueblo de su abuela, esta nunca había querido que fueran. Su madre, harta por la situación, había decidido ponerle punto y final a las tonterías de esa anciana.

—Mamá, ¿por qué esa casa es negra? –preguntó Henry, el pequeño.

Margaret miró hacia donde su hijo señalaba con su pequeño dedo. Una casa oscura, con un tejado roto y dos árboles grandes, levantándose a ambos lados, cuyas ramas estaban llenas de cuervos, que los miraban fijamente.Un escalofrío recorrió su espalda. Un coche paró justo delante de ellos, bajando la ventanilla, dejando ver a un señor con el rostro pintado de preocupación.

—Señora, ¡usted no es de aquí! ¿Qué hace? ¿Por qué los ha traído? ¡Hoy es luna llena! ¡Váyase! ¡Lléveselos! ¡Póngalos a salvo!

Margaret no entendió nada. Empezaba a comprender por qué su marido había huido de ese lugar y no había querido hablar nunca más de él. Tocó varias veces a la puerta ya que no recibía respuesta alguna. Tras varios minutos de insistir, la anciana la abrió. Su rostro marcado por los estragos de la edad y sus ojos vacíos hicieron que le volviera a dar un escalofrío. Carla, la abuela, no pudo más que dejarles pasar, mirando a cada uno de sus nietos, preguntándose qué iba a ser de ellos. ¿Los dejaría en paz? Sonrió. Conocía la respuesta.

La noche llegó: la luna llena iluminaba todo el pueblo, sin dejar ver ningún rastro de estrellas. Margaret había acostado a los niños y se dispuso a dormir. Le dio las buenas noches a Carla, quien había decidido quedarse levantada viendo la televisión.

—Margaret, ¿te has despedido de ellos?

—Les he dado las buenas noches.

—Bueno, supongo que viene a ser más de lo mismo –no vio el rostro de Carla, pero volvió a sentir un escalofrío recorriendo toda su columna. Ya iban tres en el mismo día.

Eric y Henry dormían mientras que la luz de la luna los bañaba a través de la ventana. Todo parecía tranquilo hasta que un sonido en la ventana despertó al más pequeño. Se incorporó y observó lo que había al otro lado. Sonrió, sintiendo la emoción recorrer cada fibra de su cuerpo. No tardó en levantarse y salir de ese cuarto y de esa casa, sin ser visto por nadie… o eso pensaba.

Margaret, ajena a lo que su hijo había hecho, dormía plácidamente, hasta que sintió que la sacudían. Abrió los ojos, encontrándose con Eric, quien la miraba con preocupación. Le dijo que Henry había desaparecido. Alarmada, salió de la cama, sintiendo que el corazón le latía con mucha rapidez, haciendo que su pecho doliera. Al salir al pasillo, vio la puerta abierta y se temió lo peor.

—¡Carla! ¡Ayúdame a buscar a Henry! –gritó, mirando a su suegra que seguía meciéndose, con los ojos cerrados.

—Ya es tarde.

—¿A qué te refieres?

—Te despediste de él, ¿no? Si no me crees, solo ve a la casa oscura.

Sabía a lo que se refería, la había visto esa tarde.

Salió corriendo, seguida por Eric, que le pedía que lo esperase. Le había pedido que se quedase en casa pero le había dicho que tenía miedo, así que no tuvo más remedio que llevarlo con él. La verja de la casa estaba abierta. Margaret entró sin dudar, llamando a Henry, sin importarle despertar a nadie… aunque parecía que a nadie le importaba los gritos desesperados de una madre por su hijo. Fue entonces cuando la luna iluminó el suelo, dejando ver el pijama de Henry al pie de unos de los árboles.

—¿Henry? ¡¡¿¿Dónde estás??!!

—Mamá, yo también quiero jugar con ellos –dijo Eric, sonriendo, sintiendo la emoción de un nuevo juego recorrer todo su cuerpo.

Margaret no entendía lo que decía su hijo. Tan solo vio que señalaba la copa del árbol que estaba llena de cuervos que los miraban atentamente.

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—¿Qué dices?

—Mamá, Henry está ahí. –Eric señaló una rama, concretamente a un cuervo.

—Eric, ¿qué estás diciendo? ¡Tenemos que seguir buscando a tu hermano!

Donde Margaret solo veía cuervos, Eric veía a pequeños niños sobre los árboles, riendo. Fue entonces cuando el pequeño Henry lo miró, con los ojos en blanco y una sonrisa torcida.

—Eric, mañana iré a por ti.

La adrenalina llenaba cada fibra de su ser, haciendo que sonriera.

—¡Sí! ¡Juguemos mañana!

Mientras tanto, los vecinos que vivían en esa calle, miraban aliviados la escena: sus hijos no habían sido las víctimas esa noche.

Carla, desde la ventana del salón, dejó que las lágrimas salieran de sus ojos. No importaba la distancia, podía ver la figura que se erguía detrás de una de las ventanas de esa casa negra: una mujer joven, con el pelo blanco y los ojos rojos, observaba a los dos intrusos que habían entrado en su propiedad. Se llevó una de las manos llenas de sangre a los labios, lamiendo uno de sus dedos y sonriendo…

Cuenta la leyenda que una bruja consiguió escapar de la caza en un pueblo cerca de Salem y juró vengarse, maldiciendo así a todos los habitantes para que no puedan escapar. Una noche, los niños empezaron a desaparecer después de que un cuervo blanco se posase en su ventana, llamando su atención.  La cantidad de cuervos aumentaba en el pueblo y los niños desaparecían. Los vecinos se dieron cuenta de que ocurría las noches de luna llena, a las que llamaron “la noche de la venganza del cuervo blanco.”

 

 Fuente: Google Imágenes

** Este relato está inspirado en el episodio 3 de la 5º temporada del anime Yami Shibai.

 

 

«Existencia lujosa», Jorge Riechmann

Puesto que –se ha corrido la voz– la poesía

ya no importa nada,

vamos a permitirnos ser tábanos.

Vamos a permitirnos ser raíces destempladas

de las que a veces estallan roncamente en el cerebro.

Vamos a permitirnos ser honestos

(sin renunciar por ello al honesto placer

de disfrazarnos de vez en cuando).

Vamos a darnos el gustazo

de no ser para todos los gustos.

Vamos a permitirnos riesgos inauditos:

contra-decir

y hasta contradecirnos.

Vamos a permitirnos querer ser

esa palabra que mancha:

con toda la modestia y todo el duelo del mundo

revolucionarios.

Puesto que somos –hay consenso– superfluos,

vamos a permitirnos el lujo de ser

acaso necesarios.

 

Anochecer

En una playa desierta y aislada, nuestros pies se clavan en una arena formada de recuerdos inventados. El viento silba con tus reproches de lo que nunca hice y arrastra mis lamentos de lo que nunca perdoné.

Cuando la primera ola rompe lentamente en la orilla, das un paso hacia adelante, vacilante y temeroso de tener que replegarte cuando el agua vuelva a su lugar. Entonces abres la boca y tus insultos atraviesan mis oídos, enredándose en las nubes. Mis manos se mueven en el aire, destruyéndote.

Me desgarras la piel con tu fuerza, me envenenas con tus labios, me clavas rosas en el pecho. Pero yo no puedo callarme, porque tú no quieres que siga haciéndolo. Quieres una respuesta, quieres algo más que indiferencia. Así que te arranco los ojos con palabras.

Eres tú o yo. Nunca fuimos los dos.

Lo intentamos, ¿recuerdas? ¿O es también algo inventado? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que quisimos que pasara? Tú no lo sabes distinguir; yo nunca quise descubrirlo.

Mis labios se sellan, y tú te escondes en el silencio. Tu aliento se mezcla en un aire ausente; mis pestañas se humedecen. De repente, te calmas, y mi respiración se aleja. Tu alma flota en el interior de un pozo de agua salada mientras mi corazón descansa, inmóvil, sobre tu espalda.

Y otro día llega más a su fin. Como el anterior, como el siguiente.

Tú y yo descansamos en la orilla, observando la puesta de sol frente a un mar enrojecido por tu sangre y la mía entremezcladas.

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Lilith

La lluvia caía sin cesar y aquella niña seguía esperando a que alguien la recogiera del colegio. No era la primera vez que se olvidaban de ella y, aún así, no podía evitar el hecho de sentirse triste. Siempre disimulaba no importarle con una sonrisa radiante, aunque por dentro lo único que hiciese fuese llorar. Al cabo de un rato, su madre apareció, recién salida de una reunión, excusa que ya había escuchado muchas veces. La niña tan solo asintió al mismo tiempo que sonreía, sentándose en el asiento de atrás. Durante todo el trayecto mantuvo la mirada fija en el paisaje, sin querer pensar en nada.

Algo llamó su atención en el contenedor de la esquina de su casa. Se bajó del coche cuando la madre fue a encerrarlo, escuchando sus quejas y preguntas… pero la niña corrió sin detenerse, expectante ante lo que había visto. Por fin una sonrisa sincera dibujó su rostro al ver la muñeca más bonita que jamás había visto. La cogió sin dudar, llevándosela al pecho, abrazándola con fuerza. La madre, reticente al principio, denominando a la muñeca como “basura”, dejó que se la quedase, consiguiendo el perdón de su hija por su retraso.

La niña limpió la muñeca, lavó su ropa y cepilló su pelo negro. No se había equivocado: aquella era la muñeca más bonita que había visto en su vida, incluso su madre le dio la razón.

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—A partir de ahora estaremos siempre juntas. Te llamarás Lilith.

Y así, la niña y Lilith se hicieron inseparables: dormían juntas, le leía libros, veían películas, se la llevaba al colegio haciendo que los retrasos de su madre no le importasen. Y es que, después de todo, Lilith se había convertido en su mejor amiga.

Pero no todo fue color de rosa en esta amistad, pues cuando la niña cumplió doce años, empezó a olvidarse poco a poco de Lilith, hasta que, tres años después acabó metiéndola en una caja, junto con más juguetes, y la llevó al húmedo y frío desván, olvidándose así de la que había sido su mejor amiga durante años, pues ya era toda una adolescente, había hecho amigas de carne y hueso y alegaba que “ya no necesitaba muñecas”.

El tiempo pasaba y apenas quedaban recuerdos de Lilith en la memoria de esta chica. Poco a poco, el miedo inundaba su mente por las noches, pues se escuchaban sonidos sordos procedentes del desván, incluso a veces llegaba a escuchar que susurraban su nombre, acompañado de llantos. Se lo había comentado a su madre y esta solo le había dicho que eran imaginaciones suyas. Había intentado convencerse de que así era, pero los ruidos no cesaban y los llantos tampoco.

Una noche se armó de valor, cogió su móvil y un paraguas para defenderse, y subió al desván, conteniendo el aliento con cada paso que daba. Su mano, temblorosa, se apoyó en el marco de la puerta que cedió de inmediato. Gracias a la luz del móvil, alumbró el lugar… pero allí no había nada, solo cajas y cajas con mucho polvo encima.

De pronto, Lilith vino a su mente. Dejó el paraguas en el suelo y se acercó a las cajas, observando cada una de ellas, buscando a su preciada muñeca… hasta que la puerta del desván se cerró de golpe, haciendo que un grito se escapase de sus labios. Empezó a temblar, sintiendo mucho frío. Cogió su móvil, dispuesta a irse de allí. Pero alguien bloqueaba la entrada. Sus ojos se abrieron, anegados de lágrimas por el terror que empezó a sentir en su interior. Empezó a caminar hacia atrás, chocando con cajas, cayendo al suelo. Delante de la puerta, estaba Lilith, pero era de carne y hueso, con la tez pálida, el pelo negro largo cayendo por su espalda como una cascada, su vestido arrugado y sus ojos sin vida. La muñeca sonrió, mostrando unos dientes blancos, y empezó a caminar hacia la pobre chica que seguía tirada en el suelo, sin poder reaccionar.

—Por fin has venido a verme. ¿Me has escuchado llorar? ¿Has escuchado mis súplicas para que vinieras a por mí? –la chica intentó retroceder, buscando algo que tuviera cerca para poder defenderse al ver que las manos de Lilith se habían convertido en garras-. No te preocupes, nunca más estaré sola, nunca más nadie me abandonará – Lilith se acuclilló delante de ella, sin dejar de sonreír en ningún momento, riéndose al ver las lágrimas de la pobre niña-.Tú lo dijiste, ¿recuerdas? A partir de ahora estaremos siempre juntas.

Un grito se escuchó por toda la casa.

Los padres se despertaron asustados. Al llegar al cuarto de su hija vieron que había desaparecido. Su madre se dio cuenta de que la puerta del desván estaba abierta. Cuando llegaron allí, lo único que vieron fue el paraguas de su hija olvidado en el suelo y, un poco más adelante, dos muñecas tiradas en el suelo, una sujetando de la mano a la otra. La madre reconoció en seguida a Lilith, cuyo rostro mostraba una sonrisa, mientras que la otra muñeca reflejaba miedo y su cara estaba bañada de lágrimas. Ambos se dieron cuenta de un pequeño detalle: esta llevaba el mismo pijama que su hija.

Fuente: Google Imágenes

«No aspiro a otra felicidad que a la de morir yo o verle muerto a él»

 

¿Qué libro es?

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Título: Cumbres borrascosas (¡y tanto!)

Autora: Emily Brontë (o, si prefieres, Ellis Bell)

Año: 1847 (un poco antigua, sí)

Género: novela dramática

 

¿Te interesa?

A todos nos suena este título. Pero, ¿quién lo ha leído? Puede que no muchos se hayan atrevido con esta novela de Emily Jane Brontë. A veces nos cuesta leer los clásicos y más aún cuando hay pelis donde puedes saciar tu curiosidad, si es que llega a picarte. Pero todos los lectores sabemos que el libro siempre será mejor…

Emily-Bronte

Para aquellos que no tengan ni idea del argumento de esta obra, os cuento por encimilla: Lockwood, cansado de su vida en la ciudad, decide retirarse a la vida tranquila del campo. Por ello, se hospeda en una de las fincas de Heathcliff, convirtiéndose en su vecino y casero. En la soledad de aquellas tierras busca entretenimiento en la casa de éste. Las personas que viven con él y el ambiente que encuentra allí le extrañan de tal forma que despiertan su curiosidad. Pero el ama de llaves que vive con él sacia su sed de conocimiento: relata la historia de una familia repleta de desgracias que lo dejarán pasmado (a él y a todos).

Lo dejo ahí para que os entre el gusanillo y os den ganas de leerlo. Sólo os diré que leyendo este libro me he acordado de algunas pelis de Tim Burton y de la serie de Juego de Tronos. Además, recordad que los clásicos lo son por algo.

Vamos a ponerlo verde:

Bueno, al principio me pareció un poco infumable, la verdad. Le di una oportunidad y poco a poco fue intrigándome…

El personaje de Heathcliff me gustaba desde el principio: era diferente e impredecible en ciertas ocasiones. Por mucho que se empeñasen en decir que era malo no esperaba que fuese a hacer tantas maldades. Pensaba que se iba a volver bueno en cualquier momento, que algo le haría cambiar. Guardaba esa esperanza aunque por otro lado, todo el argumento era tan triste que me esperaba el peor de los finales.

Sorprende que aun sabiendo desde el principio quién va a morir (puesto que la obra es un regreso al pasado desde el presente), se siente pena por los tristes finales de cada uno. Una se vuelve pesimista y se acostumbra a la desgracia y a la muerte.

Lo que no esperaba después de todo esto era un final “de novela”, jejeje. Con toda la negatividad y el fatal destino que los personajes solían tener, no se me pasó por la cabeza que Hareton y Catalina acabarían juntos. Sinceramente, esperaba un final fatídico que culminase esta novela tan dramática. La falta de éste me ha decepcionado un poco…

Puntuación:

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Monstruos

¿Alguna vez has pensado si los monstruos existen? Yo nunca lo había hecho. Aunque es cierto que nunca me gustó dormir con las puertas del armario abiertas y que, alguna que otra vez, he mirado debajo de la cama antes de tumbarme sobre ella y decirle hola a Morfeo. Aún así, mi parte racional siempre se preguntaba cómo iban a existir esas criaturas. Y, sin embargo, siempre que la luz se apagaba, me imaginaba un cuerpo demacrado, arrastrándose por el suelo de mi habitación, viniendo hacia mí, deseando mi muerte. Una vez me pregunté por qué mirábamos bajo la cama, ¿acaso no cabría la posibilidad de que algo cayera del techo cuando todo estuviera en penumbra? Y, desde ese momento, siempre que estoy postrada en la cama, con los ojos abiertos, envuelta en la oscuridad de mi habitación, no puedo dejar de imaginarme que hay una boca enorme encima, acercándose poco a poco, queriendo hincar sus dientes en mí.

A pesar de todos esos pensamientos, nunca he creído que los monstruos existieran… hasta hace poco. ¿Por qué cuando pensamos en esa palabra lo primero que se nos viene a la cabeza son ese tipo de imágenes? ¿Por qué buscamos lo sobrenatural? No lo sé, pero ahora sí sé que existen. No, no busquéis ninguna criatura que se arrastre deseando acabar con vuestra vida. No, tampoco busquéis ninguna boca gigante deseando comeros. Tan solo hay que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que estamos rodeados de ellos, pues somos los mismos humanos los principales monstruos de este mundo: recuerda todas las guerras que hemos pasado y estamos viviendo, el afán de hacer daño a los más débiles, a los que no pueden defenderse, la gloria que supone el destruir todo lo que tenemos a nuestro alrededor, los vítores que recibe el más fuerte tras causarle la muerte a otro ser vivo.

Los humanos se caracterizan por su parte racional. Déjame decirte que eso es mentira, pues la oscuridad vive en cada uno de nosotros, convirtiéndonos en monstruos. Podemos querer huir de esa oscuridad, podemos sucumbir, podemos vivir con ella… pero nunca desaparecerá porque siempre estará ahí, paciente, acechando para apoderarse de nosotros.

Ahora dime, ¿qué harás con la oscuridad que hay en el interior de tu corazón? ¿Sucumbirás? ¿Huirás? No importa, solo déjame decirte una última cosa más: bienvenido al mundo de los monstruos.

Y descansar: morir

Avanzamos con la cabeza alta, decididos, sin miedos ni prejuicios que nos detengan.

Las princesas rasgan sus vestidos, pierden sus coronas y caminan descalzas sobre fragmentos de cristales rotos. Quienes se encerraban en sí mismos liberan sus cadenas, no se esconden en mentiras, sonríen bajo el brillante cielo azul. Los niños corren desnudos, gritan, ríen y lloran, sin que una voz autoritaria los detenga. Ellos dejan de ser ellos; ellas dejan de ser ellas. Solo son personas en un mundo donde los hombres sí pueden llorar y las mujeres no son juzgadas por un simple suspiro. No existe lo correcto o incorrecto; no existe lo normal o lo raro. Todos nos unimos en un mismo camino sin mirar quién se encuentra a nuestro lado. Aquellos llamados locos son los que nos guían.

Pero nuestros pies se arrastran en el suelo, deteniéndose sin previo aviso.

Hay cientos de pares de ojos que forman una línea recta frente a nosotros; una barrera. Nos observan con reproche, con el irrefrenable poder de echarnos para atrás. Durante un eterno segundo nuestras miradas se encuentran en una tensa quietud que oscurece el cielo, pero ellos ganan. Ganan porque nos odian. Nos odian porque nos temen. Tienen miedo de lo desconocido, de lo que ellos no pudieron hacer, de lo que siempre prohibieron, de lo que sus intensos ojos abiertos nunca vieron.

Les damos la espalda porque no nos comprenden. Y estamos cansados del largo camino, de superar nuestros propios obstáculos, de desgarrarnos la piel para integrarnos en ellos. No podemos ser quienes esperan que seamos. No queremos serlo. Pero ya no nos quedan fuerzas para escalar una última muralla. Ellos la crean, con sus ojos, con sus cuerpos, con cada poro de su piel nos detienen, nos empujan sin tocarnos y vuelven a limitarnos una vez más.

Volvemos a su mundo, del que queríamos escapar. Los dejamos atrás. Y, con ellos, la libertad.

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Inspirado en Biografía, de Gabriel Celaya.

Violento resplandor

Ojos de serpiente que derramas sobre mí,
tan ojerosos como lascivos.

Tus párpados se tornan cansados
y el frío ha pasado por tu sien.

Ya no sonríes,
cuelgan huellas de ron en tus comisuras.

No queda nada de tu altura
ni de tu figura.

Las sombras palidecen
y te ensombrecen.

Me miras como si nunca hubieses muerto
y estuvieras esperándome.

E intentas rozarme con los dedos,
pero me traspasas.

Oigo gritos a tu alrededor,
el infierno te calienta la espalda.

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Desvías la mirada
y entreabres la boca en una cortina de sangre.

Susurras muy despacio mi nombre.
Hace años que no lo repites.

Es como si…
como si aún me quisieras.