NIEBLA: el despertar de Laura

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Imagen de Pixabay

—¿Por qué vas vestida así? No sé, Laura… Yo creo que esa ropa no es apropiada.

—¿No te gusta? ¿Es que quieres que me ponga en traje de luces?

—No, no. Yo qué sé…

—¿Es por la camiseta?

—No…, bueno, sí. Es que va a parecer que eres una borracha.

—A mí también me gusta la cerveza. Cuando la vi me pareció muy cool y por eso la compré.

—Si ya, pero con esa frasecita… Tampoco creo que debas ir con shorts, aún no hace tanta calor como para ir enseñando tanta carne.

—Creía que te gustaba cómo me quedaban.

—¡Claro! Se te ve el culito muy respingón, jeje. Pero vamos a casa de mis amigos, no sé, quizás algo más normal… ¿Por qué no te cambias en un momento?

—Juan, vamos tarde. Tus amigos nos están esperando.

—No pasará nada porque esperen un poco más; no se van a mover de allí. Estarán ya pidiendo las pizzas y abriendo las cervezas. ¡Como si los estuviera viendo! … Anda, nena.

Ella pensó si sería conveniente cambiarse, pues luego las culpas por llegar tarde se las llevaría ella. Pero él, muy serio, la miró de nuevo, de arriba abajo, e hizo un movimiento con la cabeza para indicarle que fuera a la habitación. Cuando ella volvió a la entrada del piso, se lo encontró con una sonrisa cómplice mientras chateaba.

—¿Qué te parece? ¿Mejor?

—…Ah.

—Vaya. ¿Hablas con los chicos?

—…No, una amiga. Vámonos ya, que siempre tengo que esperarte.

Ahí estaba: la culpa. Salieron a la calle y una brisa fresca los recibió. La chica no insistió en lo del chat a pesar de que la sonrisa de él lo dejaba claro todo. Ambos, bajo el cielo estrellado y una tenue luz palpitante de una farola cercana, se montaron en el coche para ir a ver el partido a la casa de un amigo de él.

—Con esto estás más guapa, cari. … ¿Qué pasa? ¿Ya te has enfadado?

—No, no es eso. Es que estoy cansada.

—¿Cansada tú? ¡Pero si no haces nada en todo el día! Solo ahí sentada con tus libros… Se te va a poner el culo cuadrado, ¡jaja!

—Sí, jaja. Es la dura vida del opositor: todo el día sentado frente a una mesa sin mover ni un músculo —ironizó.

—Pues yo no sé para qué tanto estudiar. Tú no lo necesitas, me tienes a mí. Yo me encargaré de que a mi gordi no le falte de nada.

—Pero yo quiero trabajar, no quiero depender de t…

—¡Ya estamos: “la niña que quiere trabajar”! ¡Pero si tú solo sirves para cocinar! Bueno, para eso y para otras cosas, tú ya me entiendes…

—Juan, el semáforo.

—Joder, con doña estricta. A estas horas no hay nadie por la calle, no pasa nada si me lo salto. En fin…

—…

Esperando a que el semáforo volviera a verde, ella vio su triste reflejo en el espejo retrovisor del copiloto. ¿Qué era lo que estaba haciendo allí? Se retocó con los dedos un poco la zona que el maquillaje cubría. Aunque casi lo logró, todavía se podían ver muestras de los moratones. Se preocupó: seguro que los demás lo notarían.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En nada —mintió.

—… Ayer un tal Miguel te llamó varias veces. ¿Quién es, un nuevo amiguito? ¿Otro friki como tú?

Semáforo en verde.

—Ya te he dicho que no tienes que hablar con otros. ¿Por qué no me haces caso?

—Es un compañero de la academia. Imagino que querrá mandarme el nuevo temario…

Guantazo.

—A mí no me vengas con esas mariconadas. Eres una puta. ¿No tienes suficiente hombre conmigo? ¿Tienes que buscar a otros? Si al menos te pagasen, podrías valer para algo…

—Juan, por favor…

—¡Ni por favor ni mierdas! —el tono subió—. ¿Por quién me tomas? A mí me tienes que respetar, tienes que hacer lo que yo diga que para eso eres mi nov… ¿Ya estás llorando? ¡Contigo no se puede!

—Es solo un compañero, de verdad…

—Me importa una mierda quién sea, como si es el muerto de tu padre. Tú no tienes que habl… ¡Madre mía, con la tía esta! Es que no sé para qué te he dicho que vengas con nosotros.

Del enfado, propinó un puñetazo al volante, sabiendo ella que las cosas se pondrían feas de nuevo cuando regresaran. La casa a la que iban estaba en uno de los barrios nuevos construidos en las afueras. Apenas había luz, sus lágrimas tampoco ayudaban, pero pudo ver un rostro amorfo en ese retrovisor. Se limpió las lágrimas con los dedos temblorosos. La reacción de estos con su piel la electrificó. El dolor de las noches pasadas seguía ahí. ¿Por cuánto más?

—¡Pero qué haces, loca…!

Se bajó del coche en marcha.

—¡Vuelve ahora mismo!

Corrió hacia el descampado que había a su lado. Él la persiguió.

—¡Laura! ¡No seas niña! ¡Vámonos!

Dejó de llorar. Había tomado una decisión; corrió con todas sus fuerzas, cosa que lo enfureció más.

Una niebla blanquecina empezó a cubrir el terreno rápidamente. No miró atrás y se adentró. Cuando él, hecho una furia, llegó a su altura, no hubo nada. Ni la niebla, ni el rastro de ella. Bajo el cielo estrellado y en absoluta soledad, él solo pudo gritar de ira.

—¡¡LAURAAA!!

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