Dolor

Sabía que estaba cerca. Se tumbó en la cama, encogiéndose sobre sí misma, abrazándose. Cerró los ojos, esperando que todo fuese mentira y que aquel círculo  rojo que había visto en el almanaque fuese solo un producto de su imaginación. Un escalofrío le confirmó que no, que era su triste realidad.

Intentó evadirse de la realidad, centrándose en el sonido de la lluvia, los crujidos de la madera o en su propia respiración, algo alterada. Cerró los ojos con tanta fuerza que empezó a ver motas de distintos colores. Suspiró, llevándose las manos a la cara, deseando que el tiempo se hubiese parado hacía años. Aún recordaba aquellos días en los que tenía una sonrisa infantil en su rostro, una mirada limpia y muchas ganas de vivir. Sin embargo, todo eso quedó en un pasado que parecía muy lejano. Y, sin saber cómo, acabó quedándose dormida navegando en esos recuerdos.

Cuando despertó, lo supo. Había llegado. Estaba allí. Se escondió entre las sábanas, conteniendo el aliento. Cerró los ojos, volviendo a desear que todo fuese una pesadilla, pero el dolor en su interior le decía que no. Escuchó pasos acercándose, más y más cerca. Quería llorar, quería gritar, quería huir de allí, quería volver a esos recuerdos que la habían atormentado, pero era incapaz de hacer nada, pues el dolor en su interior iba a más. Sintió cómo la cama se hundía a los pies y algo se arrastraba, llegando a la altura de su oído derecho.

—He vuelto –le susurró una voz fría sin emoción al oído.

Y esta vez, gritó, aunque no pudo zafarse de las garras de aquella figura totalmente de rojo que la acabó engullendo una vez más.

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Para mi amigo fiel: nos volveremos a ver

Me siento en el tranco del patio. Cierro los ojos y te imagino corriendo, ladrando, jugando, durmiendo en tu canasto al sol, o simplemente escucho tus pisadas acercándote a mí, sentándote a mi lado, como muchas veces has hecho, apontocando la cabeza en mi pierna. Sin embargo, al abrirlos, lo único que encuentro es la soledad y un espacio vacío, sin nada de vida. Es entonces cuando clavo mis ojos en ese arriate que tengo justo enfrente y, sin poder evitarlo, caen dos lágrimas por mis mejillas mientras me tiemblan los labios. Pronuncio tu nombre, como si de un mantra se tratase, cada vez con más desesperación, rompiéndome con cada sílaba más por dentro… pero el silencio es mi única respuesta. Y pregunto de nuevo por qué, por qué a ti, por qué tan de repente, y empiezo a gritar internamente, tapándome la cara. Jamás pensé que llegaría este momento. Me maldigo una y mil veces por no haber pasado más tiempo contigo. Siento como si estos dieciséis años hubiesen sido un sueño del cual me hubiesen despertado de repente, volviendo a un infierno de soledad y silencio.

Mis dedos se mueven y, sin quererlo, mis ojos se vuelven a clavar en ese arriate y susurro tu nombre. Es en ese momento es cuando escucho un ladrido desde el fondo de mi mente. Aparto las manos y me pongo en pie, manteniendo la mirada fija en el mismo punto.

—¿Me esperarás? –pregunto, conteniendo el aliento.

Y es entonces cuando te veo. Estás parado en frente y me miras, moviendo el rabo me ladras, me das la espalda y empiezas a correr, alejándote, dejando un camino de color café con leche y luego más blanco delante de mis ojos, esperando que algún día yo lo recorra.

Sin embargo, esa ilusión se esfuma, y vuelvo a ver ese arriate donde antes estabas posado. Me vuelvo a romper por dentro, sintiendo un dolor que recorre cada fibra de mi piel y se instala para siempre. La cadena que aflige mi corazón se aprieta un poco más, pero esta vez, sonrío, mientras rompo a llorar de nuevo.

—Nos volveremos a ver.