Anochecer

En una playa desierta y aislada, nuestros pies se clavan en una arena formada de recuerdos inventados. El viento silba con tus reproches de lo que nunca hice y arrastra mis lamentos de lo que nunca perdoné.

Cuando la primera ola rompe lentamente en la orilla, das un paso hacia adelante, vacilante y temeroso de tener que replegarte cuando el agua vuelva a su lugar. Entonces abres la boca y tus insultos atraviesan mis oídos, enredándose en las nubes. Mis manos se mueven en el aire, destruyéndote.

Me desgarras la piel con tu fuerza, me envenenas con tus labios, me clavas rosas en el pecho. Pero yo no puedo callarme, porque tú no quieres que siga haciéndolo. Quieres una respuesta, quieres algo más que indiferencia. Así que te arranco los ojos con palabras.

Eres tú o yo. Nunca fuimos los dos.

Lo intentamos, ¿recuerdas? ¿O es también algo inventado? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que quisimos que pasara? Tú no lo sabes distinguir; yo nunca quise descubrirlo.

Mis labios se sellan, y tú te escondes en el silencio. Tu aliento se mezcla en un aire ausente; mis pestañas se humedecen. De repente, te calmas, y mi respiración se aleja. Tu alma flota en el interior de un pozo de agua salada mientras mi corazón descansa, inmóvil, sobre tu espalda.

Y otro día llega más a su fin. Como el anterior, como el siguiente.

Tú y yo descansamos en la orilla, observando la puesta de sol frente a un mar enrojecido por tu sangre y la mía entremezcladas.

puesta de sol

Espesura de anémonas

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No hay tiempo.

¿Lo escuchas? Tu corazón late acelerado, furioso, frenético, mucho más rápido que el tictac del reloj. Ahogas un segundo en su boca, y otro más. Las horas se esparcen como una lluvia de pétalos de rosa. Se deshacen a tu alrededor, caen al suelo y se marchitan. Tus manos dibujan un caótico cuerpo, se funden en una piel que no es la tuya. Pero el tiempo no se detiene cuando tus ojos se toman un segundo para mirar el amor, que lleva su nombre.

El reloj grita como una alarma de incendios.

Quémale la ropa, funde su piel, envuélvela con el fuego de tus brazos. No escuches los pasos de esos minutos perdidos en la torpeza de tus dedos. Céntrate en ella, que se ríe joven y preciosa, esperando que le digas todo lo que quiere escuchar. No te calles, no te refugies en el silencio. ¡Grita más fuerte que el tiempo! Deja salir esa llama que te abrasa la piel antes de que te incendie el alma. No esperes a mañana…

Quizás ya no hay un mañana.

Todo se apaga. En la penumbra refulgen sus ojos como dos luces. Tus manos la siguen acariciando, cada día, cada noche, cada año. Su piel ya no es lisa, su risa no es ansiosa, su cuerpo no tiembla ante el roce desconocido. Ya no hay prisa, y te preguntas cuánto tiempo te has detenido en besar sus labios. ¿Cuándo ha nevado sobre sus cabellos? No importa, tus manos la siguen amando, tus ojos siguen susurrando las palabras que tú no liberas y se cierran, porque reconocen cada rincón que recorren a ciegas tus dedos.

Y tu corazón sigue latiendo por ella.

Hasta el último latido lleva su nombre.

bloom-1846200_1920Inspirado en Soneto de la Guirnalda de rosas, de Federico García Lorca.

Ella

Ella quería volar; extender los brazos, sentir el cabello balanceando a su espalda y dejarse caer desde la nube más alta. Viajar por el cielo, atravesar las estrellas, tocar la luna con la punta de los dedos. Dejarse la garganta con gritos de júbilo y risas dulcificadas que encendieran pequeñas luces estelares en la noche penumbrosa. Y no caer nunca. Volar sin destino, ni tiempo, ni límites. Simplemente sentir.

Pero ellos querían atarla, hacerle agachar la cabeza y escuchar sus voces rebotando en las cuatro paredes de su cárcel. Querían enjaularla en un uniforme, entre llamas que nunca se extinguían y quemaban cada vez más. Querían apagar todas sus luces para que no pudiera ver nada y gritar tan fuerte que su voz no se escuchara. Querían empequeñecerla, enterrarla en el subsuelo y romper sus huesos para que nunca volviera a levantarse.

Ellos querían destruirla. Apuntaban armas contra ella e intentaban romperle el corazón. Borraban sus sueños con un paño sucio y pintaban lágrimas en sus mejillas sonrosadas. Machacaban sus ilusiones delante de sus ojos. Y se reían de ella si caía, porque ellos nunca habían sabido cómo levantarse.

Ellos querían conquistarla. Apresarla entre sus brazos y arañarla con sus dientes. Marcar un nuevo territorio en su piel. Proclamar una nueva victoria que llevara su nombre. Ellos querían vestirla y pintarla como a una muñeca, hacerse dueños de su tiempo y de su vida, que los quisiera como si lo merecieran porque sus ojos se habían posado en sus piernas.

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Pero ella era algo más que un corazón roto y un puñado de sueños incumplidos. Era mucho más que unas piernas largas y esbeltas, o un cuerpo escondido en un precioso vestido rojo. Ella tenía los pies en la Tierra mientras pensaba en cómo volar por encima de las nubes. Y antes de que ellos se dieran cuenta, ella bailaba y cantaba, alegre y risueña, sobre sus cabezas.

Ella volaba cada día por encima de su nombre. Caminaba de puntillas sobre las ramas de los árboles. Y fingía que las nubes se deshacían entre sus manos. Miraba hacia arriba, siempre hacia arriba, para no ver que sus pies se posaban en el suelo. Vivía y sentía como si flotara en el aire. Los obstáculos eran los cuerpos celestes que se cruzaban en su camino.

Y ellos… ellos solo eran minúsculos puntos sin rostro que nunca podrían alcanzarla.

Equilibrio

Saltas al vacío.

Es lo que has hecho toda la vida, pero ya estás cansado.

Estás cansado de que todo salga mal mientras caminas en zigzag en una fina tela de araña. Si das un paso antes de tiempo, todo cae. Si el fino hilo se rompe, todo cae. Y tú te aferras aún, en una esperanza más añorada que real, preguntándote hacia dónde te diriges.

Entonces te detienes y miras a tu alrededor. Y no ves nada. Te ves solo. Porque mientras intentabas mantener el rumbo, todo se ha desequilibrado. Y cae al vacío antes que tú, como pedazos de hielo roto convertido en una fría lluvia torrencial.

Caminas hacia adelante, pero te tiemblan las piernas. Y te preguntas, en aquel vacío abismal, rodeado de silencio y oscuridad, cuándo escuchaste el último latido de tu corazón. ¿Y el primero? Nunca te diste cuenta de que estabas vivo. Nunca pensaste que podía detenerse. Solo continuaste tu camino sin reparar en nada más.

Ahora llueve. Llueve por todas partes. Pero no sabes evocar el sonido del agua. Y cae, con todo lo que eres, lo que fuiste y lo que ya no serás.

Te sumerges en una lluvia de oro, miras hacia arriba y dos espadas te atraviesan los ojos: la realidad. Te despierta, te araña en la cara y te abrasa. Y te quedas allí, sangrando lentamente y en silencio. Te quemas; el agua te quema y te ahoga. El humo llena tus pulmones, respiras el polvo suspendido en el aire.

Te pierdes en él. Te entierra. Y acabas cuando aún no has empezado.

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Parpadeo

Todo cambia en un parpadeo.

Al principio, somos valientes. Nos sumergimos en los océanos que deja la lluvia en el suelo, incendiamos las calles para enfrentarnos al fuego. No tenemos miedo de llorar si nos caemos, porque enseguida nos levantamos, a pesar de que creemos tener un tiempo infinito en nuestras manos. Manos cubiertas de heridas de guerra; no son importantes, siempre tenemos un ángel de la guarda que nos las cura.

Nuestras batallas se libran con bombas y pistolas de agua, y los conflictos se resuelven con besos y abrazos. Solo duran unas horas, tal vez un día. Pero preferimos reírnos. No levantamos murallas para separarnos ni para destruirnos; las paredes son lienzos en blanco para pintar nuestros sueños.

Porque no soñamos al dormir, nunca queremos irnos a la cama, nunca estamos cansados… queremos seguir viviendo un poco más, aprovechar aquellos momentos efímeros incluso sin saber que se acabarán en un parpadeo.

Pero debemos cerrar los ojos en algún instante. Y, al abrirlos, todo ha cambiado.

Nuestro ángel de la guarda nos ha abandonado y ya nadie cura nuestras heridas, que ya no son de barro, ni se curan en un día. El suelo es asfalto, el lugar donde acaba el mundo y que nos mantiene los pies atados.

Ya no volamos, ya no conquistamos volcanes ni universos, caminamos con pies de plomo, asustados por lo que podamos encontrar a la vuelta de la esquina. El tiempo se acaba, se nos escurre entre los dedos y nunca es suficiente.

Se nos acumulan las batallas y no ganamos ninguna, porque no queremos luchar y nos dejamos vencer. Así que nos detenemos de repente, sin avanzar ni un paso más, sin querer saber qué hay al otro lado.

Porque al otro lado solo hay una pared blanca con nuestros sueños pintados, ahora irreconocibles para los ojos que los miran.

Soñamos, siempre soñamos. Pero, al abrir los ojos, todo ha cambiado.

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Inspirado en 1910, de Federico García Lorca

 

Hielo

Hoy, como cada mañana, me haces la misma pregunta: ¿quién eres? ¿Quién soy? Me gustaría reírme en tu cara. En esa cara demacrada, de ojos vagos y labios torcidos. Tú, con la ropa manchada de la noche anterior, arrastrando los pies por el suelo y la mirada borrosa, me preguntas quién soy. Debería ser yo quien preguntara. ¿Y qué me responderías? ¿Te reconocerías? Sé que hay veces que ni siquiera recuerdas tu nombre.

Pero tú no sabes quién soy, no te interesa recordarme. No te interesa mirar atrás, ni revivir los sueños fracasados, las lágrimas derramadas, los gritos desgarradores, la soledad olvidada. Prefieres ahogarte en un tintineante vaso con dos cubitos de hielo, fingir que te diviertes con risas escandalosas y dormir profundamente por las noches, en el suelo o en la cama, en una casa que ya no es tu casa. Porque lo has perdido todo. Me has perdido a mí.

¿No te importa? No, no te importa porque ya no me conoces. No sabes que yo soy capaz de atarte una soga al cuello o de apuntar a tu cabeza con el cañón de una pistola. Yo tengo el valor que a ti te falta. Por eso me has olvidado.

Yo, con la corbata bien puesta, con la camisa impecable, con una sonrisa sincera, te miro cada mañana y te reprocho en lo que te has convertido. Porque en algún rincón bajo tu piel, sigo siendo importante para ti. Después de las noches malgastadas, llega la lucidez, el oasis en el desierto, la silla en la que apoyas los pies para no ahogarte, la bala desviada que no llega a su destino. Y allí, allí estamos los dos, mirándonos frente a frente, intentando reconocernos, preguntándonos en qué nos hemos convertido.

Porque tú siempre quisiste ser yo y yo jamás soporté ser tú. Por eso me has olvidado; por eso yo no me rindo.

¿Quién eres?, te lo preguntarás cada día frente al espejo. Y nunca hallarás una respuesta. Porque tanto tú como yo nos hemos perdido en el tiempo. Solo mírate, mírame. ¿Quién es quién? Míranos: los dos somos patéticos.

No importa la respuesta. Solo me recordarás un instante cada mañana. Después, cuando vuelva la noche, yo solo seré una gota más de tus hielos derretidos.

Inspirado en Contra Jaime Gil de Biedma, de Jaime Gil de Biedma.

Se querían, sabedlo

Él ya lo sabía.

Sabía que no había caminos de rosas sin espinas. Que no había luz sin oscuridad. Ni día sin noche. Sabía que la vida no era de ningún color. Que no había blanco ni negro. Ni existía el bien y el mal. Sabía que no había nada eterno. Que no había vida sin muerte. Ni soluciones perfectas. Sabía que no había sonrisas sin lágrimas. Que no había felicidad sin sufrimiento. Ni libertad sin sacrificio.

Sí, lo sabía. Lo aprendió en las miradas recriminatorias de la gente. En el rechazo de sus seres queridos. En la soledad envolvente. Lo aprendió en las preguntas sin respuesta. En las habitaciones vacías. En la cama desolada. Lo aprendió en la sangre. En las calles deshabitadas. En el miedo latente. Lo aprendió en la inmensidad. En la nada. En el vacío.

Pero también sabía otra cosa.

Sabía que no había una palabra fuera de tono sin un susurro entrecortado. Que no había cicatriz pintada en su cuerpo sin un beso delicado que la borrara. Ni tormenta que durara para siempre. Sabía que no había sangre derramada sin caricias que la recogieran. Que no había gritos hirientes sin silencios reparadores. Ni oscuridad tan densa que ocultara el brillo de sus ojos. Sabía que no había piel desgarrada sin un abrazo protector. Que no había lugar del que caer sin que su mano lo sujetara. Ni miedo sin algo que perder.

Lo sabía. Lo aprendió en las risas tontas. En el temblor de su cuerpo. En la calidez de una mirada. Lo aprendió en la torpeza de la primera vez. En el reconocimiento de la décima. En las respiraciones contenidas. Lo aprendió en la penumbra. En los más recónditos escondites. En el futuro incierto. Lo aprendió en los susurros en su oído. En las sábanas enredadas en sus cuerpos. En las noches infinitas. Lo aprendió a la luz del día. En la indiferencia. En un mundo nuevo entre sus brazos. Lo aprendió en los besos que detenían el tiempo. En los colores del aire. En el labio ajeno suspendido entre sus dientes.

Aprendió que el mundo no es comprensivo. Ni la vida justa. Pero aprendió a vivir a su lado. Aprendió a decir te quiero sin pensar en qué dirán. No tenía que enfrentarse a nadie. Solo tenía que quererlo a él.

Se querían, sabedlo.jpgInspirado en Se querían de Vicente Aleixandre.