El fin

Sabía que estaban cerca del Inframundo, ya que la niebla empezaba a dispersarse. Se dio cuenta del temblor que sacudía el cuerpo del muchacho. ¿Había hecho bien? El recuerdo de todos aquellos trazos en la piedra le decía que sí. Lo único que tenía que hacer era que Radamantis lo juzgase. Un escalofrío recorrió su espalda al sentir la mirada de Cerbero, quien acto seguido no dudó en mostrar sus afilados dientes. El chico se sobresaltó al verlo y lo miró con preocupación. Intentó sonreír, queriendo así hacerle saber que todo iba bien… o eso deseaba pensar.

Los rugidos y ladridos de Cerbero se hacían eco por toda la entrada del Inframundo. Salió de la barca, ayudando al chico después. No pudo evitar recordar la primera vez que Caronte lo había dejado allí, solo, confuso. Colocó una mano sobre su hombro, llamando así su atención. Volvió a sonreír y le indicó con la mano la gran puerta que estaba delante.

—Tengo miedo, no debería haber aceptado. No tengo con qué pagarte. Caronte vuelve después de mucho tiempo a recoger a la gente que no tiene dinero, quizás debería haber esperado un poco más.

—Iré contigo si así te sientes más seguro.

El chico dudó durante unos momentos antes de asentir, con una sonrisa débil. Ambos empezaron a subir las grandes escaleras, quedando en frente de la puerta. Había algo que le preocupaba, quizás fuese la actitud agresiva de Cerbero, o quizás fuese el miedo del chico. Intentó despejar la mente mientras sus manos se apoyaban en la puerta y la abrían.

Todo seguía igual, tal y como lo recordaba: el patio enorme, los ríos, el palacio a lo lejos y los tronos. Sus ojos se posaron en Radamantis, quien se levantó y se acercó a ellos. Miró al chico, que dio un paso hacia atrás, queriendo huir de todo esto.

—Te traigo un alma para que la juzgues.

Radamantis los miraba a ambos, con el ceño fruncido. No recordaba aquella expresión seria en su rostro. No recordaba que el ambiente estuviese tan tenso cuando él fue juzgado.

—Oh, ya veo. Juzguemos, pues.

Miró al chico; se había quedado pálido y su cuerpo temblaba. Se dio cuenta de las lágrimas que empezaron a caer por sus mejillas. Sus piernas flaquearon y cayó al suelo a la vez que de sus labios se escapaban susurros pidiendo ayuda. Miró a Radamantis, cuyo rostro no mostraba ninguna expresión. En ese momento, el muchacho tomó una gran bocanada de aire, volviendo a la realidad. Intentó levantarse, pero sus piernas seguían sin responderle bien. Se arrodilló para ayudarlo, poniendo ambas manos sobre sus hombros.

—Eres un muchacho de buen corazón… Anda, toma un poco de agua.

Radamantis le ofreció un vaso de agua. El chico lo tomó con manos temblorosas; se lo llevó a la boca, bebiendo.

—Una pena que no hayas podido pagar tu viaje –el vaso cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos cuando el chico se llevó las manos a la cabeza–. Te condeno a pasar el resto de tus días vagando alrededor del río Lete, sin saber quién eres.

—¡¡No!! ¡¡Espera!! Caronte ha traído almas que no tenían dinero.

—Exacto. Caronte puede hacerlo, pero ¿quién te da derecho a ti a hacerlo? No eres nadie aquí, tan solo cumplías un pequeño trabajo para purgar tu alma y la has manchado aún más al desobedecer las normas… A ti te condeno al Tártaro.

Lo último que vio fue a ese pobre chico, cuyo único error había sido confiar en él, mirándolo sin saber quién era, ni dónde estaba, ni qué estaba pasando. Y, de pronto, ya no estaba en ese patio, sino en su casa, rodeado de su familia, cuyos cuerpos yacían inertes en el suelo, manchados de sangre. Miró su mano, donde sostenía un cuchillo manchado también de aquel líquido escarlata, donde se reflejaba el muchacho vagar por las orillas del río Lete, sin saber quién era.

—Tu condena va a ser revivir la prueba de tu primer juicio pero, esta vez, tú matarás a tu familia, y cada vez que mires el cuchillo, verás al pobre muchacho al que has condenado al infierno del olvido.

Y lo supo. Nunca descansaría en paz. Estaba condenado a vivir ese infierno para siempre jamás.

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Imagen por OlliSiponkoski


Para leer el resto de la historia:

  1. El principio del fin
  2. El juicio del fin
  3. El último acto de bondad
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El último acto de bondad

Había dejado de remar, dejando que la barca fuese mecida por el río, conduciéndole sin rumbo fijo. Sus ojos miraban las aguas oscuras mientras se preguntaba una y otra vez por qué había tenido que dejar de luchar por su vida. Las sonrisas de su madre empezaron a invadir sus recuerdos, las risas de su padre se escucharon por encima del agua… ¿Por qué lo había hecho? Intentaba buscar una respuesta, pero era incapaz de encontrarla.

Alzó la mirada, desesperado, observando la orilla desierta. Recordó cuando abrió los ojos y se encontró en un lugar muy parecido. Recordó la incertidumbre y el miedo… ¿Cuánto tiempo había pasado? En un impulso, volvió a coger los remos, dirigiéndose a esa orilla. Necesitaba pisar tierra firme. Necesitaba estar en un lugar que no fuese aquella caverna vigilada por Cerbero. No pudo evitar sentir una oleada de alivio cuando por fin salió de la barca.

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Comenzó a andar, dejando atrás el bote, queriendo así olvidar aquel trabajo que se había visto obligado a aceptar. ¿Era mucho pedir tranquilidad y paz? Eso significaba la muerte, ¿no? Suspiró, sabiendo que todas esas preguntas no tenían respuestas. Por eso, siguió caminando por la orilla, dejando que el sonido del agua lo envolviera. Sin embargo, una roca grande llamó su atención. Se acercó a ella, observando que habían sido trazados cientos de líneas. Pasó las yemas de los dedos por ellas, notando la rugosidad.

«¿Te interesa saber qué son?»

Se sobresaltó al escuchar una voz detrás. Se dio la vuelta, encontrándose a un muchacho más alto que le sonreía. Vio cómo se acercaba, cogía una pequeña piedra que había en el suelo y trazaba otra línea.

«Cada línea representa un día. Lo hago para no perder la cuenta del tiempo que llevo aquí».

«¿No ha venido Caronte a por ti?»

«Estás en el Cocito, la gente que hay aquí son todos aquellos que no tienen dinero para pagar a Caronte».

De pronto, entendió su situación. Lo miró de nuevo, observando cómo su rostro parecía estar sin vida. El muchacho volvió a sonreír, apretando la piedra entre sus manos.

«Vagar por toda la eternidad tampoco está tan mal».

Pero, por supuesto, no le creyó. Su voz sonaba triste. Demasiado triste. Su sonrisa no mostraba felicidad, al contrario, estaba llena de amargura. El chico se sentó, apontocando su espalda sobre la piedra y llevando las piernas al pecho, abrazándolas, clavando la mirada en el río Cocito.

«No me importa vagar eternamente… Hay castigos mucho peores, como olvidar quién eres, ¿no crees? Al menos yo sé quién soy y quién fui. Tengo mis recuerdos que me acompañan siempre… Hay muchos que son condenados a estar en el río Lete, ¿sabes lo que significa eso? Olvido. Si bebes de sus aguas, olvidas quien eres… No. No se está tan mal aquí».

¿Por qué tenía una persona que quedarse vagando aquí solo por no tener una mísera moneda? Era algo que no conseguía entender. ¿Acaso la muerte no los convertía a todos en iguales?

«Yo puedo ayudarte. Puedo llevarte y que pongas fin a todo esto».

De pronto, se vio de nuevo montado en la barca, remando junto con ese muchacho que miraba la orilla mientras sus manos agarraban con fuerza la piedra. Y, por primera vez desde que llegó al Inframundo, sonrió. Por fin sintió que estaba haciendo algo bien. ¿Qué podría haber de malo en eso?

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El juicio del fin

Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto había pasado desde que se había subido a esa barca y había empezado a remar, observando a Caronte, quien lo escrutaba con la mirada, sonriendo de vez en cuando, mientras que una espesa niebla los rodeaba.

Al cabo de unos instantes, su mente se quedó en blanco al ver la entrada al Inframundo, donde la niebla empezaba a disiparse. La barca entró en aquella caverna flanqueada a ambos lados por dos estatuas cuyos rostros estaban ya corrompidos debido al paso del tiempo. Apenas pudo asimilar lo que estaba pasando cuando vio a un gran perro, con  tres cabezas, mostrando todos los dientes, mirándolo con sus seis ojos amarillos y dejando ver su cola que siseaba, pues era una serpiente. Su cuerpo temblaba y, aún así, se obligó a seguir remando.

En algún momento, Caronte le había hecho bajar de la barca, dejándolo solo mientras él seguía con su trabajo. Paseó la mirada por el lugar. Pudo ver los distintos ríos que había en el Inframundo. Pudo sentir cómo los ojos de Cerbero estaban puestos en él.

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Observó la escalera de piedra que estaba justo en frente y que conducía a una puerta enorme. Suponía que ese era su destino, así que decidió acabar con todo de una vez. ¿Qué habría detrás?

Cerró los ojos mientras sus manos empujaban con fuerza, abriéndola. Una brisa gélida lo golpeó, haciendo que contuviese la respiración por unos momentos. Pero no pasó nada más. Poco a poco, fue abriéndolos. Le sorprendió ver un patio enorme, rodeado por los distintos ríos y, justo detrás, un enorme palacio de color oscuro. En el centro del patio, habían tres tronos donde se encontraban sentados tres hombres mayores vestidos con túnicas blancas. El que estaba sentado a la derecha se levantó, sin apartar la mirada.

«Bienvenido al Hades. Me llamo Radamantis y juzgaré tu alma».

De pronto, recuerdos de su vida empezaron a inundar su mente. Se llevó las manos a la cabeza, notando cómo el dolor empezaba a golpear su cuerpo. Se dejó caer al suelo, ahogando un grito. Alzó la mirada, dispuesto a suplicar que parase pero ya no estaba en ese patio. Al contrario, estaba en su casa, rodeado de su familia. No pudo evitar sonreír hasta que se dio cuenta de que todos ellos estaban cubiertos de sangre. Empezaba a sentir que le faltaba el aire. Alargó su mano, tocando la de su madre mano, notando que estaba fría.

«Los he matado».

Y allí estaba Radamantis, justo en frente, mirándolo con su rostro marcado por la edad, sin expresión alguna. De nuevo, las imágenes empezaron a aparecer en sus retinas, los sonidos empezaron a penetrar en sus oídos. Podía ver cómo aquel hombre había matado uno a uno a cada miembro de su familia. Podía escuchar sus gritos desesperados, sus súplicas.

Todo cesó en unos segundos y lo único que vio fue un cuchillo tendido ante él.

 «¿Me matarás?»

Su cuerpo no respondía, tan solo miraba con los ojos llenos de lágrimas a Radamantis,  mientras que un dolor en el pecho empezaba a consumirlo, y la rabia y el odio se mezclaban con su sangre, recorriendo todo su cuerpo. Se fijó en el cuchillo que cayó al suelo, justo delante. Se quedó mirándolo por unos instantes sin entender nada. Podía matarlo. Podría dejarse llevar y vengar a su familia. Cogió el mango y lo apretó con fuerza… Pero fue incapaz de levantarlo.

No. No eres capaz.

Escuchó un chasquido y volvió a la realidad. Volvió a estar en ese patio. Ya no había ningún cuchillo delante, solo Radamantis.

«Interesante. Déjame explicarte. Esto ha sido una prueba para juzgar tu alma a través de tus acciones. Tu familia está bien. Creo que no mereces ser devuelto a los Campos de Asfódelos tan pronto. Tampoco mereces que te envíe al Tártaro… Ya sé. Harás un pequeño trabajo para purgar tu alma y luego… decidiré».

Y así fue cómo, después de ese juicio, se vio a sí mismo montado en una barca, remando, saliendo del Inframundo bajo la atenta mirada de Cerbero, quién le mostró sus fauces cuando pasó a su lado. ¿Su trabajo? Llevar almas al Inframundo. ¿Qué le depararía su próximo juicio? ¿Llegaría a descansar alguna vez?

Imagen por jbrown67

El principio del fin

Escuchaba las voces de su familia, suplicando que luchase, que resistiera un poco más, pero se sentía demasiado cansado para prolongar aquella llama en su interior que lo mantenía con vida. Lo último que supo antes de abalanzarse a los brazos de la muerte fue que su madre le cogía con fuerza las manos, dejando algo entre ellas.

Abrió los ojos, descubriendo un cielo lleno de nubes oscuras, sin ninguna estrella, ni rastro de luna; sentía que sus pulmones ardían, como si hubiese sido privado de oxígeno durante mucho tiempo. Respiró con dificultad mientras sus manos se cerraban en puños, notando que algo se clavaba en su piel. Las abrió y vio aquella moneda de oro que su madre le había dado.

Se incorporó, dándose cuenta de que no estaba solo. Había más gente sentada en la arena, cerca de la orilla de lo que parecía una laguna. ¿Qué había pasado? Sabía que había muerto. Lo sabía. Y, sin embargo, ¿en qué lugar estaba?

«Ya viene».

La gente empezó a acumularse en la orilla de la laguna. Fijó la mirada más allá de todas esas personas, dándose cuenta de la presencia de una pequeña barca en la cual se alzaba lo que parecía ser un hombre mayor. La gente clamaba por su vuelta, se empujaban entre ellos queriendo alcanzar aquella barca. No entendía esa actitud. No entendía por qué aquel señor los observaba a cada uno de ellos, escrudiñando tal vez quienes eran los aptos para el próximo viaje. Desvió la mirada al escuchar los gritos de un hombre siendo golpeado por ese ser.

«Tú, el chico de atrás».

De pronto, se sintió observado por cientos de ojos. Poco a poco, volvió a clavar sus ojos en esas personas, comprendiendo que era el objetivo de todas esas miradas llenas de recelo, odio. Vio a aquel señor hacer un gesto con la mano, indicando que se acercase. Su mente le gritaba que no lo hiciera pero su cuerpo empezó a moverse sin voluntad propia, obedeciendo la orden impuesta.

Sintió el agua fría en sus piernas al entrar en la laguna. Sintió escalofríos en todo su cuerpo al encontrarse mirando a aquel señor desde abajo, a tan poca distancia. Pudo ver cada hueso del esqueleto que su ropa rota dejaba entrever. Pudo ver los estragos de la edad en el pelo blanco que tenía, en las arrugas de su rostro demacrado, que parecía más una calavera. Su cuerpo entero temblaba de miedo.

«¿Tienes el dinero para tu viaje hacia el Inframundo?»

Fue entonces cuando sintió que algo quemaba la palma de su mano. La abrió, observando la moneda que su madre le había dado. Escuchó una risa que hizo que se encogiera sobre sí mismo. Cerró los ojos, quizás esperando algún golpe. Pero nada pasó. Los abrió, encontrándose con la mano huesuda de aquel ser.

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«Nos espera un largo viaje».

Lo siguiente que supo fue que estaba viajando con Caronte, así se había llamado, remando en aquella barca por las aguas de la laguna Estigia para llegar al Inframundo. Y después, ¿qué sería de él?