El principio del fin

Escuchaba las voces de su familia, suplicando que luchase, que resistiera un poco más, pero se sentía demasiado cansado para prolongar aquella llama en su interior que lo mantenía con vida. Lo último que supo antes de abalanzarse a los brazos de la muerte fue que su madre le cogía con fuerza las manos, dejando algo entre ellas.

Abrió los ojos, descubriendo un cielo lleno de nubes oscuras, sin ninguna estrella, ni rastro de luna; sentía que sus pulmones ardían, como si hubiese sido privado de oxígeno durante mucho tiempo. Respiró con dificultad mientras sus manos se cerraban en puños, notando que algo se clavaba en su piel. Las abrió y vio aquella moneda de oro que su madre le había dado.

Se incorporó, dándose cuenta de que no estaba solo. Había más gente sentada en la arena, cerca de la orilla de lo que parecía una laguna. ¿Qué había pasado? Sabía que había muerto. Lo sabía. Y, sin embargo, ¿en qué lugar estaba?

«Ya viene».

La gente empezó a acumularse en la orilla de la laguna. Fijó la mirada más allá de todas esas personas, dándose cuenta de la presencia de una pequeña barca en la cual se alzaba lo que parecía ser un hombre mayor. La gente clamaba por su vuelta, se empujaban entre ellos queriendo alcanzar aquella barca. No entendía esa actitud. No entendía por qué aquel señor los observaba a cada uno de ellos, escrudiñando tal vez quienes eran los aptos para el próximo viaje. Desvió la mirada al escuchar los gritos de un hombre siendo golpeado por ese ser.

«Tú, el chico de atrás».

De pronto, se sintió observado por cientos de ojos. Poco a poco, volvió a clavar sus ojos en esas personas, comprendiendo que era el objetivo de todas esas miradas llenas de recelo, odio. Vio a aquel señor hacer un gesto con la mano, indicando que se acercase. Su mente le gritaba que no lo hiciera pero su cuerpo empezó a moverse sin voluntad propia, obedeciendo la orden impuesta.

Sintió el agua fría en sus piernas al entrar en la laguna. Sintió escalofríos en todo su cuerpo al encontrarse mirando a aquel señor desde abajo, a tan poca distancia. Pudo ver cada hueso del esqueleto que su ropa rota dejaba entrever. Pudo ver los estragos de la edad en el pelo blanco que tenía, en las arrugas de su rostro demacrado, que parecía más una calavera. Su cuerpo entero temblaba de miedo.

«¿Tienes el dinero para tu viaje hacia el Inframundo?»

Fue entonces cuando sintió que algo quemaba la palma de su mano. La abrió, observando la moneda que su madre le había dado. Escuchó una risa que hizo que se encogiera sobre sí mismo. Cerró los ojos, quizás esperando algún golpe. Pero nada pasó. Los abrió, encontrándose con la mano huesuda de aquel ser.

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«Nos espera un largo viaje».

Lo siguiente que supo fue que estaba viajando con Caronte, así se había llamado, remando en aquella barca por las aguas de la laguna Estigia para llegar al Inframundo. Y después, ¿qué sería de él?

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Se querían, sabedlo

Él ya lo sabía.

Sabía que no había caminos de rosas sin espinas. Que no había luz sin oscuridad. Ni día sin noche. Sabía que la vida no era de ningún color. Que no había blanco ni negro. Ni existía el bien y el mal. Sabía que no había nada eterno. Que no había vida sin muerte. Ni soluciones perfectas. Sabía que no había sonrisas sin lágrimas. Que no había felicidad sin sufrimiento. Ni libertad sin sacrificio.

Sí, lo sabía. Lo aprendió en las miradas recriminatorias de la gente. En el rechazo de sus seres queridos. En la soledad envolvente. Lo aprendió en las preguntas sin respuesta. En las habitaciones vacías. En la cama desolada. Lo aprendió en la sangre. En las calles deshabitadas. En el miedo latente. Lo aprendió en la inmensidad. En la nada. En el vacío.

Pero también sabía otra cosa.

Sabía que no había una palabra fuera de tono sin un susurro entrecortado. Que no había cicatriz pintada en su cuerpo sin un beso delicado que la borrara. Ni tormenta que durara para siempre. Sabía que no había sangre derramada sin caricias que la recogieran. Que no había gritos hirientes sin silencios reparadores. Ni oscuridad tan densa que ocultara el brillo de sus ojos. Sabía que no había piel desgarrada sin un abrazo protector. Que no había lugar del que caer sin que su mano lo sujetara. Ni miedo sin algo que perder.

Lo sabía. Lo aprendió en las risas tontas. En el temblor de su cuerpo. En la calidez de una mirada. Lo aprendió en la torpeza de la primera vez. En el reconocimiento de la décima. En las respiraciones contenidas. Lo aprendió en la penumbra. En los más recónditos escondites. En el futuro incierto. Lo aprendió en los susurros en su oído. En las sábanas enredadas en sus cuerpos. En las noches infinitas. Lo aprendió a la luz del día. En la indiferencia. En un mundo nuevo entre sus brazos. Lo aprendió en los besos que detenían el tiempo. En los colores del aire. En el labio ajeno suspendido entre sus dientes.

Aprendió que el mundo no es comprensivo. Ni la vida justa. Pero aprendió a vivir a su lado. Aprendió a decir te quiero sin pensar en qué dirán. No tenía que enfrentarse a nadie. Solo tenía que quererlo a él.

Se querían, sabedlo.jpgInspirado en Se querían de Vicente Aleixandre.

Nunca más

El cielo estaba pintado de gris oscuro. De vez en cuando, sonidos ensordecedores se escuchaban acompañados por una repentina luz cegadora provocada por los relámpagos. La lluvia caía con fuerza sobre su cuerpo, de tal modo que su ropa pesó aún más, dificultando así su propósito de huir por el camino que se extendía ante sus ojos, bordeado de árboles cuyas ramas estaban desnudas, cuyas raíces se salían del suelo e irrumpían en el sendero. Los latidos de su corazón resonaban en sus oídos con fuerza. Podía sentir incluso su pulso sanguíneo.

«Lo prometiste».

Le fallaron las piernas y cayó al suelo. Un quejido se escapó de entre sus labios. No pudo evitar empezar a llorar, mezclándose sus lágrimas con la lluvia. Podía sentir cómo la lluvia calaba su ropa, cómo el barro se pegaba a su cuerpo, cómo el olor a tierra mojada penetraba en sus fosas nasales. Sintió su garganta arder por la falta de aire. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el martilleo desbocado de su corazón por el hecho de volver a escuchar esa voz. Quiso incorporarse mientras miraba a su alrededor, intentando fijar la vista más allá de la lluvia, intentando buscar a la persona que le había hablado.

El sonido de algo metálico siendo arrastrado por el suelo provocó que un escalofrío le recorriera la columna vertebral. Sintió frío, mucho frío. Y sabía que no tenía nada que ver con el hecho de que se encontraba bajo la lluvia. Poco a poco, se dio la vuelta. Al principio no vio nada hasta que, tras un relámpago, pudo distinguir una figura a lo lejos que vestía una túnica negra ocultándole el rostro.

Fue en ese momento cuando escuchó un graznido. Volvió a mirar al frente, observando aquel cuervo que se había posado justo delante de él, mirándolo fijamente con sus ojos negros. Se quedó paralizado y la garganta se le iba secando poco a poco. Por unos instantes, se sintió hipnotizado ante aquellos ojos negros hasta que el sonido de aquel metal siendo arrastrado empezó a escucharse más y más cerca. El cuervo graznó de nuevo y voló, dejándolo allí tirado mientras el sonido de la muerte empezaba a oírse por encima de la lluvia.

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«¿Por qué huyes?»

El miedo inundó su alma, así que se puso en pie y empezó a correr. No quería mirar atrás, no quería ver qué era lo que lo perseguía. Tan solo corría mirando hacia delante, dándose cuenta de que una fina bruma empezaba a aparecer, nublando el horizonte. Dejó de correr y se llevó las manos a la cabeza, volviendo a caer al suelo, justo delante de la orilla de aquel estanque que marcaba el fin. Podía ver cómo las aguas se habían tornado de un color gris oscuro.

Por un momento, contuvo la respiración, esperando oír aquel sonido, esperando sentir el mismo frío helando cada fibra de su ser. Pero tan solo escuchó el sonido de la lluvia. Cerró los ojos con fuerza, llorando en silencio. ¿Qué había pasado? ¿Qué significaba aquel monstruo?

Abrió los ojos, dándose cuenta de su reflejo en el estanque. Se acercó poco a poco, el pelo húmedo que se pegaba sobre su frente, su rostro demacrado, aquel rastro de sangre en su mejilla, más sangre sobre su boca… ¿Sangre? Abrió los ojos, sintiendo temblar todo su cuerpo. Llevó sus dedos temblorosos a la superficie del agua, justo donde se encontraba su rostro y fue cuando se dio cuenta de que sus manos estaban manchadas de sangre. Ahogó un grito al descubrirse ambas manos cubiertas de aquel líquido escarlata. Sus ojos miraban a todos lados, buscando alguna respuesta escrita en algún lugar, pero solo vio la oscuridad de aquel día tormentoso.

«Recuerda».

Su cuerpo entero temblaba. Las lágrimas caían por sus mejillas mientras el corazón le latía con fuerza en el pecho. Intentó gritar pero ningún sonido salió de su boca. Intentó correr pero sus piernas no le respondían. Un relámpago iluminó aquel lugar, e imágenes de un cuerpo inerte, manchado de sangre, llegaron a sus retinas. Vio algo metálico clavado en el pecho de aquel cuerpo, pudo incluso oler la sangre y el hedor a muerte. Escuchó una risa. Una risa que conocía pues era la suya propia.

¡No!

Empezó a respirar con dificultad cuando volvió a ver aquel estanque, mientras fijaba los ojos en su reflejo. Un reflejo que le devolvió una imagen que no conocía: ¿desde cuándo tenía aquellas marcas parecidas a arañazos debajo de los ojos? ¿Desde cuándo sus ojos se habían vuelto de un color tan oscuro que parecían negros? ¿Desde cuándo sonreía, pasando la lengua por encima de sus labios para saborear la sangre?

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Gritó. Dejó que aquel dolor desgarrador que lo estaba carcomiendo por dentro saliese de su garganta. Dejó que el miedo y la confusión se adueñaran de su cuerpo. No entendía nada. ¿Eso era él? Volvió a escuchar los graznidos del cuervo de fondo. Pudo ver cómo justo encima de su reflejo, se formaba un círculo de varios cuervos que volaban por encima de su cabeza. Y entonces lo supo. Supo que el único monstruo era él.

«Al fin te das cuenta».

Se dio la vuelta, observando a aquella figura con la capucha negra justo delante. No podía verle la cara pero sí pudo ver que sus manos eran de una tez pálida y que, en una de ellas, llevaba un hacha oxidada. Como pudo, caminó hacia atrás, intentando huir de aquella risa que se le hacía tan familiar, metiéndose en el estanque.

«No puedes huir de mí».

Y fue en ese momento cuando algo tiró de su cuerpo, haciendo que cayera de espaldas al estanque y lo arrastrase. Intentó zafarse de aquel agarre pero no pudo. Tan solo pudo ver cómo la superficie del agua se iba alejando más y más, que la oscuridad lo engullía en su interior y sus pulmones ardían debido a la falta de oxígeno. Sintió unos brazos abrazándolo y lo último que vio fue aquella capucha negra que se mezclaba con la oscuridad que había a su alrededor.

«Recuerda que dijiste que siempre estaríamos juntos».

Y recordó. Recordó ser abrazado por esos mismos brazos muchas veces. Recordó felicidad y risas. Recordó también su corazón roto. Recordó un hacha. Recordó ver el cuerpo de la única persona que había amado yacer en el suelo.

«He venido a llevarte conmigo».

Sintió que poco a poco lo dejaba la consciencia mientras dejaba que el poco aire que le quedaba se escapase de su boca en forma de burbujas. ¿Conseguiría al menos librarse de ese tormento que había en su interior una vez que la muerte acabara usando su guadaña?

«Nunca más».

Esdrújula

ffffuu

Un cementerio de agua soy sin ti,

ese puto punto azul que se ahoga.

Me asfixio con mi propia saliva si no te encuentro y

en mis sueños finjo pesadillas para ver si te callas.

Y rajo tu recuerdo en mis pupilas de basura

que solo buscan un beso mendigo de tu voz.

Te busco en la espuma de la cerveza que te bebiste

a sorbos,

en cada surco que arrancaba el aire de tus pestañas,

en cada madrugada de mandarina que abrió esa boca

que saca  de quicio y envenena.

Violenta pornografía soy sin ti, una flor quemada.

Cenizas de ti.