The trial of the end

He had lost track of time. He did not know how long had passed since he was in that boat, rowing, looking at Caronte, who scrutinized him, smiling from time to time, while a dense fog surrounded them.

After a while, his mind went white when he saw the Underworld’s entrance, where the fog started to clear. The boat entered in that cave which was flanked with two statues, whose faces were already decayed due to the pass of time. Barely, he could assimilate what it was happening when he saw a big dog, with three heads, showing all his fangs, looking at him with his six yellow eyes and revealing his tail, which shushed because it was a snake. His body trembled and, yet he forced himself to keep rowing.

Caronte made him get off the boat, leaving him alone while he came back to his job. He looked at the place; he could see the different rivers that existed in the Underworld. He could feel how Cerbero’s eyes were on him.

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He observed the stone stair that was in front of him. It led to a large door. He supposed that this was his destiny, so he decided to put an end to everything. What was beyond that door?

He closed his eyes while his hands pushed the door, opening it. An icy breeze hit him so he held his breath for a moment. However, nothing happened. Little by little, he opened his eyes. He was surprised because he found a big patio, surrounded by the different rivers and, in the background; there was a dark, large palace. In the center of the patio, there were three thrones in which three old men, dressing white tunics, were sitting. The one, who was sitting at the right, stand up, without taking his eyes off him.

“Welcome to the Hades. I am Radamantis and I will judge your soul.”

Suddenly, his life’s memories started to invade his mind. He threw his hands up in horror, feeling how the pain started to punch his body. He fell down to the flood, resisting the urge to scream. He looked at him, ready for begging to stop, but he was no longer in that patio. Instead, he was at home, surrounded by his family. He could not help but smile until he realized that every one of them were covered by the blood. He started to feel the lack of oxygen. He tried to reach his mother, touching her hand, feeling that it was cold.

I have killed them.

Radamantis was there, in front of him, looking at him with his inexpressive face. Again, the images began to appear in his retinas, the sounds began to penetrate in his ears. He could see how that man had killed every member of his family. He could hear their hopeless screams, their requests.

Everything stopped and the only thing that he was able to see was the knife that was in front of him.

“Will you kill me?”

His body did not answer, he could only look at Radamantis with his eyes filled with tears while he felt heartbroken, he felt the anger and the hated mixing with his blood, going across his body. He focused on the knife that was in front of him. He looked at it for a moment without understanding anything. He could kill him. He could be carried long and got revenge. He took the handle… But he was not able to lift it.

No. You are not able to do it.

He heard a snap and came back to reality. He was again on the patio. There was no longer a knife in front of him, only Radamantis was there.

“Interesting. Let me explain. This was a test in order to judge your soul through your actions. Your family is ok. I think that you do not deserve to come back to the Asphodel Meadows so soon. You do not deserve to go to the Tartarus… Oh, I see. You will do a job in order to clean your soul and then… I will decide.”

This was how, after that trial, he was again in that boat, rowing, going out from the Underworld, under Cerbero’s look, which showed him his fangs. His work? Taking souls to the Underworld. What would it be his upcoming trial? Would he be able to rest?

Image by jbrown67

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El fin

Sabía que estaban cerca del Inframundo, ya que la niebla empezaba a dispersarse. Se dio cuenta del temblor que sacudía el cuerpo del muchacho. ¿Había hecho bien? El recuerdo de todos aquellos trazos en la piedra le decía que sí. Lo único que tenía que hacer era que Radamantis lo juzgase. Un escalofrío recorrió su espalda al sentir la mirada de Cerbero, quien acto seguido no dudó en mostrar sus afilados dientes. El chico se sobresaltó al verlo y lo miró con preocupación. Intentó sonreír, queriendo así hacerle saber que todo iba bien… o eso deseaba pensar.

Los rugidos y ladridos de Cerbero se hacían eco por toda la entrada del Inframundo. Salió de la barca, ayudando al chico después. No pudo evitar recordar la primera vez que Caronte lo había dejado allí, solo, confuso. Colocó una mano sobre su hombro, llamando así su atención. Volvió a sonreír y le indicó con la mano la gran puerta que estaba delante.

—Tengo miedo, no debería haber aceptado. No tengo con qué pagarte. Caronte vuelve después de mucho tiempo a recoger a la gente que no tiene dinero, quizás debería haber esperado un poco más.

—Iré contigo si así te sientes más seguro.

El chico dudó durante unos momentos antes de asentir, con una sonrisa débil. Ambos empezaron a subir las grandes escaleras, quedando en frente de la puerta. Había algo que le preocupaba, quizás fuese la actitud agresiva de Cerbero, o quizás fuese el miedo del chico. Intentó despejar la mente mientras sus manos se apoyaban en la puerta y la abrían.

Todo seguía igual, tal y como lo recordaba: el patio enorme, los ríos, el palacio a lo lejos y los tronos. Sus ojos se posaron en Radamantis, quien se levantó y se acercó a ellos. Miró al chico, que dio un paso hacia atrás, queriendo huir de todo esto.

—Te traigo un alma para que la juzgues.

Radamantis los miraba a ambos, con el ceño fruncido. No recordaba aquella expresión seria en su rostro. No recordaba que el ambiente estuviese tan tenso cuando él fue juzgado.

—Oh, ya veo. Juzguemos, pues.

Miró al chico; se había quedado pálido y su cuerpo temblaba. Se dio cuenta de las lágrimas que empezaron a caer por sus mejillas. Sus piernas flaquearon y cayó al suelo a la vez que de sus labios se escapaban susurros pidiendo ayuda. Miró a Radamantis, cuyo rostro no mostraba ninguna expresión. En ese momento, el muchacho tomó una gran bocanada de aire, volviendo a la realidad. Intentó levantarse, pero sus piernas seguían sin responderle bien. Se arrodilló para ayudarlo, poniendo ambas manos sobre sus hombros.

—Eres un muchacho de buen corazón… Anda, toma un poco de agua.

Radamantis le ofreció un vaso de agua. El chico lo tomó con manos temblorosas; se lo llevó a la boca, bebiendo.

—Una pena que no hayas podido pagar tu viaje –el vaso cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos cuando el chico se llevó las manos a la cabeza–. Te condeno a pasar el resto de tus días vagando alrededor del río Lete, sin saber quién eres.

—¡¡No!! ¡¡Espera!! Caronte ha traído almas que no tenían dinero.

—Exacto. Caronte puede hacerlo, pero ¿quién te da derecho a ti a hacerlo? No eres nadie aquí, tan solo cumplías un pequeño trabajo para purgar tu alma y la has manchado aún más al desobedecer las normas… A ti te condeno al Tártaro.

Lo último que vio fue a ese pobre chico, cuyo único error había sido confiar en él, mirándolo sin saber quién era, ni dónde estaba, ni qué estaba pasando. Y, de pronto, ya no estaba en ese patio, sino en su casa, rodeado de su familia, cuyos cuerpos yacían inertes en el suelo, manchados de sangre. Miró su mano, donde sostenía un cuchillo manchado también de aquel líquido escarlata, donde se reflejaba el muchacho vagar por las orillas del río Lete, sin saber quién era.

—Tu condena va a ser revivir la prueba de tu primer juicio pero, esta vez, tú matarás a tu familia, y cada vez que mires el cuchillo, verás al pobre muchacho al que has condenado al infierno del olvido.

Y lo supo. Nunca descansaría en paz. Estaba condenado a vivir ese infierno para siempre jamás.

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Imagen por OlliSiponkoski


Para leer el resto de la historia:

  1. El principio del fin
  2. El juicio del fin
  3. El último acto de bondad

El último acto de bondad

Había dejado de remar, dejando que la barca fuese mecida por el río, conduciéndole sin rumbo fijo. Sus ojos miraban las aguas oscuras mientras se preguntaba una y otra vez por qué había tenido que dejar de luchar por su vida. Las sonrisas de su madre empezaron a invadir sus recuerdos, las risas de su padre se escucharon por encima del agua… ¿Por qué lo había hecho? Intentaba buscar una respuesta, pero era incapaz de encontrarla.

Alzó la mirada, desesperado, observando la orilla desierta. Recordó cuando abrió los ojos y se encontró en un lugar muy parecido. Recordó la incertidumbre y el miedo… ¿Cuánto tiempo había pasado? En un impulso, volvió a coger los remos, dirigiéndose a esa orilla. Necesitaba pisar tierra firme. Necesitaba estar en un lugar que no fuese aquella caverna vigilada por Cerbero. No pudo evitar sentir una oleada de alivio cuando por fin salió de la barca.

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Comenzó a andar, dejando atrás el bote, queriendo así olvidar aquel trabajo que se había visto obligado a aceptar. ¿Era mucho pedir tranquilidad y paz? Eso significaba la muerte, ¿no? Suspiró, sabiendo que todas esas preguntas no tenían respuestas. Por eso, siguió caminando por la orilla, dejando que el sonido del agua lo envolviera. Sin embargo, una roca grande llamó su atención. Se acercó a ella, observando que habían sido trazados cientos de líneas. Pasó las yemas de los dedos por ellas, notando la rugosidad.

«¿Te interesa saber qué son?»

Se sobresaltó al escuchar una voz detrás. Se dio la vuelta, encontrándose a un muchacho más alto que le sonreía. Vio cómo se acercaba, cogía una pequeña piedra que había en el suelo y trazaba otra línea.

«Cada línea representa un día. Lo hago para no perder la cuenta del tiempo que llevo aquí».

«¿No ha venido Caronte a por ti?»

«Estás en el Cocito, la gente que hay aquí son todos aquellos que no tienen dinero para pagar a Caronte».

De pronto, entendió su situación. Lo miró de nuevo, observando cómo su rostro parecía estar sin vida. El muchacho volvió a sonreír, apretando la piedra entre sus manos.

«Vagar por toda la eternidad tampoco está tan mal».

Pero, por supuesto, no le creyó. Su voz sonaba triste. Demasiado triste. Su sonrisa no mostraba felicidad, al contrario, estaba llena de amargura. El chico se sentó, apontocando su espalda sobre la piedra y llevando las piernas al pecho, abrazándolas, clavando la mirada en el río Cocito.

«No me importa vagar eternamente… Hay castigos mucho peores, como olvidar quién eres, ¿no crees? Al menos yo sé quién soy y quién fui. Tengo mis recuerdos que me acompañan siempre… Hay muchos que son condenados a estar en el río Lete, ¿sabes lo que significa eso? Olvido. Si bebes de sus aguas, olvidas quien eres… No. No se está tan mal aquí».

¿Por qué tenía una persona que quedarse vagando aquí solo por no tener una mísera moneda? Era algo que no conseguía entender. ¿Acaso la muerte no los convertía a todos en iguales?

«Yo puedo ayudarte. Puedo llevarte y que pongas fin a todo esto».

De pronto, se vio de nuevo montado en la barca, remando junto con ese muchacho que miraba la orilla mientras sus manos agarraban con fuerza la piedra. Y, por primera vez desde que llegó al Inframundo, sonrió. Por fin sintió que estaba haciendo algo bien. ¿Qué podría haber de malo en eso?

Imagen por nighty

El juicio del fin

Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto había pasado desde que se había subido a esa barca y había empezado a remar, observando a Caronte, quien lo escrutaba con la mirada, sonriendo de vez en cuando, mientras que una espesa niebla los rodeaba.

Al cabo de unos instantes, su mente se quedó en blanco al ver la entrada al Inframundo, donde la niebla empezaba a disiparse. La barca entró en aquella caverna flanqueada a ambos lados por dos estatuas cuyos rostros estaban ya corrompidos debido al paso del tiempo. Apenas pudo asimilar lo que estaba pasando cuando vio a un gran perro, con  tres cabezas, mostrando todos los dientes, mirándolo con sus seis ojos amarillos y dejando ver su cola que siseaba, pues era una serpiente. Su cuerpo temblaba y, aún así, se obligó a seguir remando.

En algún momento, Caronte le había hecho bajar de la barca, dejándolo solo mientras él seguía con su trabajo. Paseó la mirada por el lugar. Pudo ver los distintos ríos que había en el Inframundo. Pudo sentir cómo los ojos de Cerbero estaban puestos en él.

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Observó la escalera de piedra que estaba justo en frente y que conducía a una puerta enorme. Suponía que ese era su destino, así que decidió acabar con todo de una vez. ¿Qué habría detrás?

Cerró los ojos mientras sus manos empujaban con fuerza, abriéndola. Una brisa gélida lo golpeó, haciendo que contuviese la respiración por unos momentos. Pero no pasó nada más. Poco a poco, fue abriéndolos. Le sorprendió ver un patio enorme, rodeado por los distintos ríos y, justo detrás, un enorme palacio de color oscuro. En el centro del patio, habían tres tronos donde se encontraban sentados tres hombres mayores vestidos con túnicas blancas. El que estaba sentado a la derecha se levantó, sin apartar la mirada.

«Bienvenido al Hades. Me llamo Radamantis y juzgaré tu alma».

De pronto, recuerdos de su vida empezaron a inundar su mente. Se llevó las manos a la cabeza, notando cómo el dolor empezaba a golpear su cuerpo. Se dejó caer al suelo, ahogando un grito. Alzó la mirada, dispuesto a suplicar que parase pero ya no estaba en ese patio. Al contrario, estaba en su casa, rodeado de su familia. No pudo evitar sonreír hasta que se dio cuenta de que todos ellos estaban cubiertos de sangre. Empezaba a sentir que le faltaba el aire. Alargó su mano, tocando la de su madre mano, notando que estaba fría.

«Los he matado».

Y allí estaba Radamantis, justo en frente, mirándolo con su rostro marcado por la edad, sin expresión alguna. De nuevo, las imágenes empezaron a aparecer en sus retinas, los sonidos empezaron a penetrar en sus oídos. Podía ver cómo aquel hombre había matado uno a uno a cada miembro de su familia. Podía escuchar sus gritos desesperados, sus súplicas.

Todo cesó en unos segundos y lo único que vio fue un cuchillo tendido ante él.

 «¿Me matarás?»

Su cuerpo no respondía, tan solo miraba con los ojos llenos de lágrimas a Radamantis,  mientras que un dolor en el pecho empezaba a consumirlo, y la rabia y el odio se mezclaban con su sangre, recorriendo todo su cuerpo. Se fijó en el cuchillo que cayó al suelo, justo delante. Se quedó mirándolo por unos instantes sin entender nada. Podía matarlo. Podría dejarse llevar y vengar a su familia. Cogió el mango y lo apretó con fuerza… Pero fue incapaz de levantarlo.

No. No eres capaz.

Escuchó un chasquido y volvió a la realidad. Volvió a estar en ese patio. Ya no había ningún cuchillo delante, solo Radamantis.

«Interesante. Déjame explicarte. Esto ha sido una prueba para juzgar tu alma a través de tus acciones. Tu familia está bien. Creo que no mereces ser devuelto a los Campos de Asfódelos tan pronto. Tampoco mereces que te envíe al Tártaro… Ya sé. Harás un pequeño trabajo para purgar tu alma y luego… decidiré».

Y así fue cómo, después de ese juicio, se vio a sí mismo montado en una barca, remando, saliendo del Inframundo bajo la atenta mirada de Cerbero, quién le mostró sus fauces cuando pasó a su lado. ¿Su trabajo? Llevar almas al Inframundo. ¿Qué le depararía su próximo juicio? ¿Llegaría a descansar alguna vez?

Imagen por jbrown67