La venganza del cuervo blanco

Las vacaciones de verano habían llegado y Margaret había decidido llevar a sus dos hijos al pueblo donde vivía su suegra, a pesar de que esta le había dicho que no quería verlos ese año. Había hecho oídos sordos, pues “son tus nietos, quieren verte, están en su derecho.” La anciana tan solo le había dicho: “tú no lo entiendes”.

A Margaret le sorprendió no ver a casi nadie por las calles del pueblo: ¿y los niños jugando en la calle? Eran las ocho de la tarde, ¿por qué los parques estaban desiertos?

—Mamá, ¿por qué no hay nadie? –preguntó Eric, su hijo mayor de siete años.

—Supongo que se habrán ido de vacaciones.

Aparcó el coche al final de calle. La madre sacó las mochilas cargadas de ropa del maletero mientras sus hijos miraban a su alrededor. Nunca habían estado en el pueblo de su abuela, esta nunca había querido que fueran. Su madre, harta por la situación, había decidido ponerle punto y final a las tonterías de esa anciana.

—Mamá, ¿por qué esa casa es negra? –preguntó Henry, el pequeño.

Margaret miró hacia donde su hijo señalaba con su pequeño dedo. Una casa oscura, con un tejado roto y dos árboles grandes, levantándose a ambos lados, cuyas ramas estaban llenas de cuervos, que los miraban fijamente.Un escalofrío recorrió su espalda. Un coche paró justo delante de ellos, bajando la ventanilla, dejando ver a un señor con el rostro pintado de preocupación.

—Señora, ¡usted no es de aquí! ¿Qué hace? ¿Por qué los ha traído? ¡Hoy es luna llena! ¡Váyase! ¡Lléveselos! ¡Póngalos a salvo!

Margaret no entendió nada. Empezaba a comprender por qué su marido había huido de ese lugar y no había querido hablar nunca más de él. Tocó varias veces a la puerta ya que no recibía respuesta alguna. Tras varios minutos de insistir, la anciana la abrió. Su rostro marcado por los estragos de la edad y sus ojos vacíos hicieron que le volviera a dar un escalofrío. Carla, la abuela, no pudo más que dejarles pasar, mirando a cada uno de sus nietos, preguntándose qué iba a ser de ellos. ¿Los dejaría en paz? Sonrió. Conocía la respuesta.

La noche llegó: la luna llena iluminaba todo el pueblo, sin dejar ver ningún rastro de estrellas. Margaret había acostado a los niños y se dispuso a dormir. Le dio las buenas noches a Carla, quien había decidido quedarse levantada viendo la televisión.

—Margaret, ¿te has despedido de ellos?

—Les he dado las buenas noches.

—Bueno, supongo que viene a ser más de lo mismo –no vio el rostro de Carla, pero volvió a sentir un escalofrío recorriendo toda su columna. Ya iban tres en el mismo día.

Eric y Henry dormían mientras que la luz de la luna los bañaba a través de la ventana. Todo parecía tranquilo hasta que un sonido en la ventana despertó al más pequeño. Se incorporó y observó lo que había al otro lado. Sonrió, sintiendo la emoción recorrer cada fibra de su cuerpo. No tardó en levantarse y salir de ese cuarto y de esa casa, sin ser visto por nadie… o eso pensaba.

Margaret, ajena a lo que su hijo había hecho, dormía plácidamente, hasta que sintió que la sacudían. Abrió los ojos, encontrándose con Eric, quien la miraba con preocupación. Le dijo que Henry había desaparecido. Alarmada, salió de la cama, sintiendo que el corazón le latía con mucha rapidez, haciendo que su pecho doliera. Al salir al pasillo, vio la puerta abierta y se temió lo peor.

—¡Carla! ¡Ayúdame a buscar a Henry! –gritó, mirando a su suegra que seguía meciéndose, con los ojos cerrados.

—Ya es tarde.

—¿A qué te refieres?

—Te despediste de él, ¿no? Si no me crees, solo ve a la casa oscura.

Sabía a lo que se refería, la había visto esa tarde.

Salió corriendo, seguida por Eric, que le pedía que lo esperase. Le había pedido que se quedase en casa pero le había dicho que tenía miedo, así que no tuvo más remedio que llevarlo con él. La verja de la casa estaba abierta. Margaret entró sin dudar, llamando a Henry, sin importarle despertar a nadie… aunque parecía que a nadie le importaba los gritos desesperados de una madre por su hijo. Fue entonces cuando la luna iluminó el suelo, dejando ver el pijama de Henry al pie de unos de los árboles.

—¿Henry? ¡¡¿¿Dónde estás??!!

—Mamá, yo también quiero jugar con ellos –dijo Eric, sonriendo, sintiendo la emoción de un nuevo juego recorrer todo su cuerpo.

Margaret no entendía lo que decía su hijo. Tan solo vio que señalaba la copa del árbol que estaba llena de cuervos que los miraban atentamente.

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—¿Qué dices?

—Mamá, Henry está ahí. –Eric señaló una rama, concretamente a un cuervo.

—Eric, ¿qué estás diciendo? ¡Tenemos que seguir buscando a tu hermano!

Donde Margaret solo veía cuervos, Eric veía a pequeños niños sobre los árboles, riendo. Fue entonces cuando el pequeño Henry lo miró, con los ojos en blanco y una sonrisa torcida.

—Eric, mañana iré a por ti.

La adrenalina llenaba cada fibra de su ser, haciendo que sonriera.

—¡Sí! ¡Juguemos mañana!

Mientras tanto, los vecinos que vivían en esa calle, miraban aliviados la escena: sus hijos no habían sido las víctimas esa noche.

Carla, desde la ventana del salón, dejó que las lágrimas salieran de sus ojos. No importaba la distancia, podía ver la figura que se erguía detrás de una de las ventanas de esa casa negra: una mujer joven, con el pelo blanco y los ojos rojos, observaba a los dos intrusos que habían entrado en su propiedad. Se llevó una de las manos llenas de sangre a los labios, lamiendo uno de sus dedos y sonriendo…

Cuenta la leyenda que una bruja consiguió escapar de la caza en un pueblo cerca de Salem y juró vengarse, maldiciendo así a todos los habitantes para que no puedan escapar. Una noche, los niños empezaron a desaparecer después de que un cuervo blanco se posase en su ventana, llamando su atención.  La cantidad de cuervos aumentaba en el pueblo y los niños desaparecían. Los vecinos se dieron cuenta de que ocurría las noches de luna llena, a las que llamaron “la noche de la venganza del cuervo blanco.”

 

 Fuente: Google Imágenes

** Este relato está inspirado en el episodio 3 de la 5º temporada del anime Yami Shibai.

 

 

«Nana, ¿cómo se hace pacto con el demonio?»

Veneno para las hadasPoison for the Fairies (1986) spanish2

  • Título alternativo: Poison for the Fairies
  • Año: 1984
  • Duración: 90 min.
  • País: México
  • Director: Carlos Enrique Taboada
  • Guion: Carlos Enrique Taboada
  • Música: Carlos Jiménez Mabarak
  • Reparto principal: Ana Patricia Rojo, Elsa María Gutiérrez
  • Más información: IMDb; ALLMOVIE; filmaffinity

La historia tiene como protagonistas a dos niñas que se conocerán en el colegio y mantendrán una amistad algo tóxica debido, principalmente, a que una de ellas se considera bruja y se aprovechará de la ingenuidad de la otra.

Un clásico de terror mexicano muy bien elaborado con unas actuaciones magníficas por parte de las pequeñas. Aunque si esperas grandes sustos o hechizos maléficos, te puedes quedar sentado esperando; se trata más bien de abordar el tema de la curiosidad, los cuentos populares, la (dudosa) amistad entre las niñas, la manipulación a través del miedo a lo desconocido e incluso el bullying, si nos ponemos muy extremistas. Lo que más me ha llamado la atención es que las niñas siempre son las protagonistas de las secuencias, apenas verás rostros adultos.

Mi puntuación: 13942261_1269687406409413_895346483_n13942261_1269687406409413_895346483_n13866573_1269687523076068_970961706_n (2 snitchs doradas de 3, entretenida)

A partir de este momento puedes hacer una de estas acciones: preparar palomitas y ver la película o seguir leyendo a sabiendas de que podrías toparte con ciertos detalles que comúnmente llamamos spoilers.

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El día de mi decimoprimer cumpleaños fue una horrible mancha para nuestro apellido. Anduve de un lado a otro, malhumorada y agitada, esperando a que llegase esa maldita carta. Pero lo único que llegó fue el silencio. Miradas cabizbajas, el llanto de mi madre, los labios torcidos de mi abuela y el asentimiento de mi padre se repitieron constantemente pasados unos días.

Llegué, así pues, a un “colegio especial” con niñas como yo: marginadas y apartadas de lo que se nos prometió. La profesora del lugar me hizo compartir pupitre y material con ella. Melena dorada, tez blanca, mirada firme, postura aristocrática… Sabía quién era.

Ella ansiaba lo que el universo nos había arrebatado por derecho. Estaba dispuesta a todo e, inocente de mí, empecé a creer sus historias alocadas. Magia negra, pociones peligrosas, pactos con el demonio, sangre y muerte. Reconozco que me gustaba escuchar sus cuentos. Hasta que la obsesión y la paranoia empezaron a consumirla por dentro.

Ya no solo eran palabras. La luz de las velas me alertaron cuando ella pidió sangre y oscuridad. Huí, mas no fue suficiente. Me usó de tapadera en sus fechorías, robó mis objetos más preciados e intentó acabar con la vida de una profesora que se atrevió a llevarle la contraria. Lo más conveniente, pues, era  separarse de esa tóxica amistad.

Soy una bruja, soy una bruja, me gritaba una y otra vez.

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Hablé con mis padres y escucharon mis miedos. Aún la decepción se escapaba por sus rostros por no haber sido lo que pudo ser. Pero ellos me querían y se encargaron de todo: el cuento acabó.

Comprendí que tal vez el universo me daba la oportunidad de tener una vida normal. Y realmente lo he aceptado: soy una niña normal. Aunque hay veces que todavía puedo escuchar esa voz gritando con desesperación al mundo y desgarrando mi alma:

Soy una bruja, soy una bruja.