Blinking

Everything changes in a blinking.

At the beginning, we are brave. We sink in the oceans that the rain creates on the floor, we burn down the streets in order to face up the fire. We’re not afraid of crying if we fall, because immediately we rise, even if we believe that we have all the time in our hands. Hands cover of wounds of war; they’re not important, we always have a Guardian Angel who heals them.

Our battles fight off bombs and water guns, and the conflicts are resolved with kisses and hugs. They last a couple of hours, maybe a day. However we prefer to laugh. We don’t build walls to isolate ourselves nor to destroy ourselves; the walls are canvas that are used to paint our dreams.

Because we don’t dream when we are sleeping, we never want to go to sleep, we are never tired… we want to keep living a little more, taking advantage of those ephemeral moments even if we don’t know that they will end in a blinking.

But we must close our eyes for a moment, And, when we open them, everything has changed.

Our Guardian Angel has abandoned us and nobody heals our wounds, they are no longer made of mud, they don’t heal in a day. The floor is made of pavement, the place where the world ends and keeps our feet tied.

We don’t fly anymore, we don’t conquer volcanos or universes, we walk carefully, afraid of what we can find around the corner. The time comes to an end, slipping through our fingers and is never enough.

We accumulate battles and we don’t win any of them, because we don’t want to fight and give up. Suddenly we stop, without taking another step, without wanting to know what’s on the other side

Because on the other side there is just a white wall with our dreams painted on it, now unrecognizable for those eyes that look at them.

We dream. We always dream. But, when we open our eyes, everything has changed.

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Inspired in the poem 1910 written by Federico García Lorca.

 

 

Parpadeo

Todo cambia en un parpadeo.

Al principio, somos valientes. Nos sumergimos en los océanos que deja la lluvia en el suelo, incendiamos las calles para enfrentarnos al fuego. No tenemos miedo de llorar si nos caemos, porque enseguida nos levantamos, a pesar de que creemos tener un tiempo infinito en nuestras manos. Manos cubiertas de heridas de guerra; no son importantes, siempre tenemos un ángel de la guarda que nos las cura.

Nuestras batallas se libran con bombas y pistolas de agua, y los conflictos se resuelven con besos y abrazos. Solo duran unas horas, tal vez un día. Pero preferimos reírnos. No levantamos murallas para separarnos ni para destruirnos; las paredes son lienzos en blanco para pintar nuestros sueños.

Porque no soñamos al dormir, nunca queremos irnos a la cama, nunca estamos cansados… queremos seguir viviendo un poco más, aprovechar aquellos momentos efímeros incluso sin saber que se acabarán en un parpadeo.

Pero debemos cerrar los ojos en algún instante. Y, al abrirlos, todo ha cambiado.

Nuestro ángel de la guarda nos ha abandonado y ya nadie cura nuestras heridas, que ya no son de barro, ni se curan en un día. El suelo es asfalto, el lugar donde acaba el mundo y que nos mantiene los pies atados.

Ya no volamos, ya no conquistamos volcanes ni universos, caminamos con pies de plomo, asustados por lo que podamos encontrar a la vuelta de la esquina. El tiempo se acaba, se nos escurre entre los dedos y nunca es suficiente.

Se nos acumulan las batallas y no ganamos ninguna, porque no queremos luchar y nos dejamos vencer. Así que nos detenemos de repente, sin avanzar ni un paso más, sin querer saber qué hay al otro lado.

Porque al otro lado solo hay una pared blanca con nuestros sueños pintados, ahora irreconocibles para los ojos que los miran.

Soñamos, siempre soñamos. Pero, al abrir los ojos, todo ha cambiado.

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Inspirado en 1910, de Federico García Lorca

 

«1910», Federico García Lorca

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos,
ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,
azón que tiembla arrinconado como un caballito de mar.
Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,
el hocico del toro, la seta venenosa
y una luna incomprensible que iluminaba por los rincones
los pedazos de limón seco bajo el negro duro de las botellas.
Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,
en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,
en los tejados del amor, con gemidos y frescas manos,
en un jardín donde los gatos se comían a las ranas.
Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y musgos,
cajas que guardan silencio de cangrejos devorados
en el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad.
Allí mis pequeños ojos.
No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!