Ella

Ella quería volar; extender los brazos, sentir el cabello balanceando a su espalda y dejarse caer desde la nube más alta. Viajar por el cielo, atravesar las estrellas, tocar la luna con la punta de los dedos. Dejarse la garganta con gritos de júbilo y risas dulcificadas que encendieran pequeñas luces estelares en la noche penumbrosa. Y no caer nunca. Volar sin destino, ni tiempo, ni límites. Simplemente sentir.

Pero ellos querían atarla, hacerle agachar la cabeza y escuchar sus voces rebotando en las cuatro paredes de su cárcel. Querían enjaularla en un uniforme, entre llamas que nunca se extinguían y quemaban cada vez más. Querían apagar todas sus luces para que no pudiera ver nada y gritar tan fuerte que su voz no se escuchara. Querían empequeñecerla, enterrarla en el subsuelo y romper sus huesos para que nunca volviera a levantarse.

Ellos querían destruirla. Apuntaban armas contra ella e intentaban romperle el corazón. Borraban sus sueños con un paño sucio y pintaban lágrimas en sus mejillas sonrosadas. Machacaban sus ilusiones delante de sus ojos. Y se reían de ella si caía, porque ellos nunca habían sabido cómo levantarse.

Ellos querían conquistarla. Apresarla entre sus brazos y arañarla con sus dientes. Marcar un nuevo territorio en su piel. Proclamar una nueva victoria que llevara su nombre. Ellos querían vestirla y pintarla como a una muñeca, hacerse dueños de su tiempo y de su vida, que los quisiera como si lo merecieran porque sus ojos se habían posado en sus piernas.

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Pero ella era algo más que un corazón roto y un puñado de sueños incumplidos. Era mucho más que unas piernas largas y esbeltas, o un cuerpo escondido en un precioso vestido rojo. Ella tenía los pies en la Tierra mientras pensaba en cómo volar por encima de las nubes. Y antes de que ellos se dieran cuenta, ella bailaba y cantaba, alegre y risueña, sobre sus cabezas.

Ella volaba cada día por encima de su nombre. Caminaba de puntillas sobre las ramas de los árboles. Y fingía que las nubes se deshacían entre sus manos. Miraba hacia arriba, siempre hacia arriba, para no ver que sus pies se posaban en el suelo. Vivía y sentía como si flotara en el aire. Los obstáculos eran los cuerpos celestes que se cruzaban en su camino.

Y ellos… ellos solo eran minúsculos puntos sin rostro que nunca podrían alcanzarla.

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