«No he visto nada realmente bello desde que nací»

Onibaba

  • Título alternativo: The Demononibaba-427608668-large
  • Año: 1964
  • Duración: 103 min.
  • País: Japón
  • Director: Kaneto Shindô
  • Guion: Kaneto Shindô
  • Música: Hikaru Hayashi
  • Reparto principal: Nobuko Otowa, Jitsuko Yoshimura, Kei Satô
  • Más información: IMDb; ALLMOVIE; filmaffinity

La historia tiene como protagonistas a dos mujeres pobres que sobreviven a duras penas en una guerra que les devolverá un hombre que enturbiará la relación entre ambas y provocará que los demonios internos se hagan reales.

Un clásico de terror japonés que brilla por su carácter simbólico y metafórico. La guerra, la pobreza, el hambre, la muerte, la pérdida, el miedo, la ignorancia, el deseo… Todo ello desarrollado en una naturaleza enigmática e impetuosa que acompaña a los personajes en un ambiente bélico que muestra al ser humano en su más esencia primitiva. Sin duda, lo que más he disfrutado es el final oscuro que nos muestra la máscara endemoniada: pura fealdad humana.

Mi puntuación: 13942261_1269687406409413_895346483_n13942261_1269687406409413_895346483_n13866573_1269687523076068_970961706_n

A partir de este momento puedes hacer una de estas acciones: preparar palomitas y ver la película o seguir leyendo a sabiendas de que podrías toparte con ciertos detalles que comúnmente llamamos spoilers.

♦♦♦


Un día, cuando mi hijo se lanzó a una lucha que no era suya, supe que jamás volvería a verlo. La esperanza se fue con él y mi fe murió en su último aliento. Quise alejarme de aquel violento espacio, pero mis años me pasaban factura y me tuve que quedar en aquellos campos de sueños rotos, ilusiones caídas y futuro sombrío. La que iba a ser esposa de mi hijo me acompañaba día tras día en la pobreza, en el hambre, en el asfixiante verano, en el humo y viento de guerra. ¿De qué viviríamos?

No fue hasta que vi mis manos envueltas en sangre cuando me percaté de que mi vida había caído en lo más bajo: estábamos en el mismo infierno. Matábamos a los soldados heridos y desorientados para vender sus armaduras a cambio de un poco de arroz. ¿Por supervivencia? Quizás.

Pero quizás purgábamos la culpa de la pérdida a través de los cadáveres de esos hombres fundados en sus trajes y espadas, corrompidos por el poder, el odio. Ladrones que arrebataban hijos, hermanos, padres, maridos, amigos a sus seres queridos. ¡Demonios, eso es lo que eran; demonios disfrazados de humanidad! Mi hijo no volvería pero, mientras me quedase un aliento de vida, me esforzaría por destruir a cada uno de esos seres que me habían arrebatado al fruto de mis entrañas.

Sin embargo, mi vejez me pesaba cada día más y la muchacha empezaba a temer lo peor. ¿Cuántos años tenía por aquel entonces? No lo recuerdo. El hedor de muerte manchaba mis carnes y por cada vida que quitaba, yo me hacía un año más vieja. Me miraba en el reflejo del agua y no podía reconocer a la persona que yacía ahí plantada. Pálida, flacucha, sucia, deforme, repugnante, horripilante, engendro. ¿Quién era esa que allí estaba? Yo…, yo me había convertido en un monstruo al igual que ellos, en un demonio. El mismo infierno se atrevió a castigarme por matar a los hombres que me arrebataron al que yo más apreciaba.

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(Imágenes tomadas de IMDb)

— ¿Se convirtió en demonio, abuela? ¿En un demonio malo?

— ¿Es que hay demonios buenos, pequeño?

— Abuela, ¿por qué le cuenta esas historias de miedo inventadas? Acabará creyendo en ellas… Debe contarle la verdad: que usted huyó con su hijo y conmigo al otro lado del país cuando comenzó la guerra.

— Es cierto. Pero una parte de mí se quedó en nuestra granja, aquella granja… Esa es la que se endemonió y sigue aún devorando hombres sin saciar su alma.

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