Equilibrio

Saltas al vacío.

Es lo que has hecho toda la vida, pero ya estás cansado.

Estás cansado de que todo salga mal mientras caminas en zigzag en una fina tela de araña. Si das un paso antes de tiempo, todo cae. Si el fino hilo se rompe, todo cae. Y tú te aferras aún, en una esperanza más añorada que real, preguntándote hacia dónde te diriges.

Entonces te detienes y miras a tu alrededor. Y no ves nada. Te ves solo. Porque mientras intentabas mantener el rumbo, todo se ha desequilibrado. Y cae al vacío antes que tú, como pedazos de hielo roto convertido en una fría lluvia torrencial.

Caminas hacia adelante, pero te tiemblan las piernas. Y te preguntas, en aquel vacío abismal, rodeado de silencio y oscuridad, cuándo escuchaste el último latido de tu corazón. ¿Y el primero? Nunca te diste cuenta de que estabas vivo. Nunca pensaste que podía detenerse. Solo continuaste tu camino sin reparar en nada más.

Ahora llueve. Llueve por todas partes. Pero no sabes evocar el sonido del agua. Y cae, con todo lo que eres, lo que fuiste y lo que ya no serás.

Te sumerges en una lluvia de oro, miras hacia arriba y dos espadas te atraviesan los ojos: la realidad. Te despierta, te araña en la cara y te abrasa. Y te quedas allí, sangrando lentamente y en silencio. Te quemas; el agua te quema y te ahoga. El humo llena tus pulmones, respiras el polvo suspendido en el aire.

Te pierdes en él. Te entierra. Y acabas cuando aún no has empezado.

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