El último acto de bondad

Había dejado de remar, dejando que la barca fuese mecida por el río, conduciéndole sin rumbo fijo. Sus ojos miraban las aguas oscuras mientras se preguntaba una y otra vez por qué había tenido que dejar de luchar por su vida. Las sonrisas de su madre empezaron a invadir sus recuerdos, las risas de su padre se escucharon por encima del agua… ¿Por qué lo había hecho? Intentaba buscar una respuesta, pero era incapaz de encontrarla.

Alzó la mirada, desesperado, observando la orilla desierta. Recordó cuando abrió los ojos y se encontró en un lugar muy parecido. Recordó la incertidumbre y el miedo… ¿Cuánto tiempo había pasado? En un impulso, volvió a coger los remos, dirigiéndose a esa orilla. Necesitaba pisar tierra firme. Necesitaba estar en un lugar que no fuese aquella caverna vigilada por Cerbero. No pudo evitar sentir una oleada de alivio cuando por fin salió de la barca.

the_river

Comenzó a andar, dejando atrás el bote, queriendo así olvidar aquel trabajo que se había visto obligado a aceptar. ¿Era mucho pedir tranquilidad y paz? Eso significaba la muerte, ¿no? Suspiró, sabiendo que todas esas preguntas no tenían respuestas. Por eso, siguió caminando por la orilla, dejando que el sonido del agua lo envolviera. Sin embargo, una roca grande llamó su atención. Se acercó a ella, observando que habían sido trazados cientos de líneas. Pasó las yemas de los dedos por ellas, notando la rugosidad.

«¿Te interesa saber qué son?»

Se sobresaltó al escuchar una voz detrás. Se dio la vuelta, encontrándose a un muchacho más alto que le sonreía. Vio cómo se acercaba, cogía una pequeña piedra que había en el suelo y trazaba otra línea.

«Cada línea representa un día. Lo hago para no perder la cuenta del tiempo que llevo aquí».

«¿No ha venido Caronte a por ti?»

«Estás en el Cocito, la gente que hay aquí son todos aquellos que no tienen dinero para pagar a Caronte».

De pronto, entendió su situación. Lo miró de nuevo, observando cómo su rostro parecía estar sin vida. El muchacho volvió a sonreír, apretando la piedra entre sus manos.

«Vagar por toda la eternidad tampoco está tan mal».

Pero, por supuesto, no le creyó. Su voz sonaba triste. Demasiado triste. Su sonrisa no mostraba felicidad, al contrario, estaba llena de amargura. El chico se sentó, apontocando su espalda sobre la piedra y llevando las piernas al pecho, abrazándolas, clavando la mirada en el río Cocito.

«No me importa vagar eternamente… Hay castigos mucho peores, como olvidar quién eres, ¿no crees? Al menos yo sé quién soy y quién fui. Tengo mis recuerdos que me acompañan siempre… Hay muchos que son condenados a estar en el río Lete, ¿sabes lo que significa eso? Olvido. Si bebes de sus aguas, olvidas quien eres… No. No se está tan mal aquí».

¿Por qué tenía una persona que quedarse vagando aquí solo por no tener una mísera moneda? Era algo que no conseguía entender. ¿Acaso la muerte no los convertía a todos en iguales?

«Yo puedo ayudarte. Puedo llevarte y que pongas fin a todo esto».

De pronto, se vio de nuevo montado en la barca, remando junto con ese muchacho que miraba la orilla mientras sus manos agarraban con fuerza la piedra. Y, por primera vez desde que llegó al Inframundo, sonrió. Por fin sintió que estaba haciendo algo bien. ¿Qué podría haber de malo en eso?

Imagen por nighty

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