El recuerdo dormido

A Antonio Machado 

Quizá he visto el reflejo de mi niñez

atravesando tu ventana charolada

en botas de goma y luces de lluvia

que masticaron tantas veces el invierno.

Quizá la nieve escudriñó a nuestro ejército

en la alfombra y cosió botones rotos

a la costura de las trincheras del salón de juegos.

Quizá los árboles ondearan saboreando

cada gramo de verano desnudo que anidaba en tu cama

y el viento acunara tu garganta.

Quizá, solo quizá, te quise,

entre los besos empañados

y los tipos de vértigo

que salvaguardaban la distancia

entre tus huesos y los míos.

Buscando la calidez humana en aquel hueco

abuhardillado donde solíamos existir y exigir

que el mundo era nuestro, solo nuestro.

Sobre todo tuyo.

Aquella niñez ya no existe, permanece dormida,

como todas las puestas de sol

y las meriendas centinelas de los campos.

Pasamos del rojo de nuestras mejillas

a las heridas del futuro.

De buscar entre colchones

el pulso de los besos repartidos

y las esperanzas rotas, y que eso

de que el tiempo hace el olvido

es una farsa que se escapa

y se marchita.

Guardaré el sabor en mi boca

de cada diciembre

como quien corta una flor

y se impregna de su olor en los dedos.

Sobre todo de ti.

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